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¿Una historia triste con final feliz?

La historia del actor norteamericano podría ser el guión perfecto de una película titulada Ascenso y caída de un héroe de ficción: de ser el símbolo sexual en los ochenta a un desfigurado y compasivo hombre en este siglo XXI, en el medio hubo de todo. ¿Cuál es la historia del protagonista de El luchador que se estrena el próximo mes en Colombia?

2010/07/31

Por Manuel Kalmanovitz G.

¡Cómo gustan las historias de redención! Nada como los cuentos de hijos pródigos, de ovejas perdidas, de naufragios evitados por un pelito para que sintamos vibrar alguna cuerda escondida pero poderosa en medio de la tripa y el corazón. Y si son de la vida real, tanto mejor. Porque nos refuerzan la idea de que la redención está por ahí, disponible para todos, esperándonos en alguna parte del mundo a la que aún no hemos llegado. Pero a la que llegaremos, seguro. Porque historias como estas así lo demuestran.

Así aparece ante nuestros ojos la historia de Mickey Rourke: llena de altos y bajos, subidas y caídas y más subidas. Ahora, de nuevo en lo alto, ¿cómo podría la prensa no celebrar su renacimiento? Es para historias así que existen los periódicos: historias tristes pero con final feliz. Como lector, historias así lo hacen sentir a uno mal, mal, mal y al final bien. Luego es posible cerrar el periódico e irse tranquilo a dormir, pensando que sí se puede.

Esta nueva subida vino con el papel que interpreta en El luchador, de Darren Aronofsky, por el que ganó un Globo de Oro. Es, además, un personaje hecho a su medida; resulta imposible ver la película y no pensar en la vida de Rourke.

Es más, la película es efectiva en buena parte por la tragedia de Rourke —una tragedia que, aún sin saber los detalles, se ve en esos ojos vivaces rodeados de un rostro inexpresivo y sobreoperado, en esos labios en puchero permanente, en ese cuerpo imposiblemente inflado.

¿Y cuál fue su tragedia? Nada, una caída particularmente estrepitosa y visible. Una caída con daños faciales, con bíceps inflados a punta de esteroides, con acusaciones de maltrato doméstico, con historias increíbles de indisciplina en los sets de filmación.

Y particularmente dramática por la promesa demostrada al comienzo de su carrera que se desintegró, poco a poco y película a película, hasta quedar en el pozo sin fin de las películas directas a video en los años noventa, pozo del que apenas ahora parece salir.

¿Qué pasó entonces? Habría que empezar por el principio, por una niñez traumática en barrios pobres de Miami, donde Rourke y su hermano eran abusados por su padrastro. A los 11 años, comenzó a practicar el boxeo. Un amigo del colegio lo invitó a una audición para una obra de teatro y el joven Mickey quedó enganchado. Al boxeo retornaría luego, con los resultados que su rostro enseña.

Siguiendo el camino de otros chicos sensibles y rudos, el camino de Marlon Brando, James Dean y Montgomery Clift, llegó a Nueva York a estudiar en el Actor’s Studio de Lee Strasberg. De sus años en el Studio salió siendo un “purista”, como dijo él en una entrevista en 1994. Un enamorado de la actuación, pero incapaz de lidiar con los aspectos prácticos de su carrera: la fama, las relaciones con los ejecutivos de los estudios, con los directores mediocres. “Pensé que se trataba de actuar y no más —no pude lidiar con el hecho de que no era cuestión de quién era el mejor actor, quién supera a quién, quién logra momentos que nadie más logra”.

Pero eso vendría luego. Empezó con partes pequeñas pero desde el principio mostró una mezcla de “dureza y vulnerabilidad”, como escribió hace poco el director Barry Levinson, quien le dio uno de sus primeros papeles cinematográficos en Diner, en 1982. “Había cierta fragilidad que era parte de la naturaleza de Mickey, y esa combinación de fuerza y fragilidad me impresionó”.

Era el chico que trataba mal a la chica, pero que lo hacía no por crueldad o por ser mala gente, sino por un exceso de vulnerabilidad, por tener el corazón desprotegido. Un macho feminizado, o el molde que James Dean creó en Rebelde sin causa. Solo que Rourke era físicamente mucho más imponente, más acuerpado, más fuerte, más intimidante —y sin la chispa de inteligencia de Dean. Un bruto sensible, pues.

Quizás sea esa sensibilidad tan visible lo que hace particularmente dolorosa la caída que llegaría después, como que esa vulnerabilidad hace que todo el horror sea aún más horrible, por haberle pasado a alguien tan expuesto.

Fue la mejor etapa de su carrera. Trabajó con Francis Ford Coppola en Rumble Fish, con Nicolas Roeg en Eureka, con Michael Cimino en El año del Dragón. Hacía, en síntesis, películas serias cuando los aires de seriedad de los sesenta y setenta aún permitían que se hicieran películas así, cuando los directores del nuevo cine americano tenían las riendas del negocio.

Es en esta época que Rourke pasa de ser un actor común y corriente, aunque particularmente carismático, a ser una estrella de cine. Aparece con Kim Basinger en esa joya del sadomasoquismo light que es 9 semanas y media y logra un papel de borracho convincente interpretando a Henry Chinaski, álter ego de Charles Bukowski, en Barfly, de Barbet Schroeder en 1987.

¿Será demasiado ver en ese personaje alcohólico y perdido, haciéndose pequeños levantes de bar, un avance de lo que le esperaba? ¿Lo sabría él? Porque estaba en lo más alto de su carrera. Era actor, era estrella, podía hacer lo que se le diera la gana. Pero sus películas comenzaron a no recaudar tanto dinero. Y los productores empezaron a quejarse de trabajar con él, de sus caprichos y exigencias (los caprichos no importaban cuando tenía éxito, claro).

Los buenos guiones dejaron de llegarle y terminó haciendo fotocopias desteñidas de papeles anteriores. Así, en Orquídea salvaje, de 1989, hace lo mismo que en 9 semanas y media, pero bajándolo todo de nivel. Así, Kim Basinger es reemplazada por Carre Otis, una modelo con quien salía; y el director Adrian Lyne (de por sí cursi y lobo) por Zalman King (más cursi, más lobo e incapaz de escribir un diálogo creíble).

La relación con Otis, con quien se casó en 1992, fue pura tormenta. Vivían peleando, ella se volvió adicta a la heroína, él terminó en la cárcel acusado de pegarle (retiraron la acusación cuando ella rehusó testificar) y hasta el sol de hoy dice que ella es el gran amor de su vida, que sin ella no quiere tener nada serio con nadie.

En las entrevistas de la época Rourke explicaba su caída como la venganza de los burócratas: era cuestión de los contadores que lo manejaban todo y que no podían lidiar con un artista. “Creo que en esa época me di cuenta de que no tenía las herramientas ni la inteligencia para lidiar con todo ese juego de Hollywood de ‘esto es un negocio’. No sabía cómo lidiar con eso y me dije ‘más vale salir de este negocio antes de perder la cabeza’”.

Aunque cabe preguntarse qué quiere decir Rourke con lo de artista, porque en el contexto suena a sinónimo de caprichoso.

El productor Mark Damon escribe en un libro autobiográfico que en Orquídea salvaje, Rourke insistió en que le hicieran primeros planos de todo su cuerpo mientras nadaba desnudo, así no pudieran usarse en la película. También que llegaba drogado al rodaje e interfería con las instrucciones que Zalman King le daba a Otis. Y que en la escena culminante decidió, para más realismo y desconcierto de los presentes, acostarse de verdad con Otis frente a las cámaras.

Puede ser cuestión no de que los contadores odien a los artistas; sino de que los contadores hacen cálculos y ponen de un lado el costo y del otro el beneficio de trabajar con Rourke y, tras hacerlo, prefieren no llamarlo.

Para escapar de Hollywood, Rourke regresó al boxeo, esta vez como profesional. Entre 1991 y 1994 tuvo ocho peleas: seis nocáuts y dos empates. También terminó con la cara desfigurada e inexpresiva, los ojos demasiado abiertos, los labios brotados, el cuerpo inflado. Para corregirle su nariz destrozada le sacaron cartílago de la oreja.

Los noventa fueron años oscuros para Rourke, con malas decisiones y problemas personales. Rechazó el papel que revitalizó a John Travolta en Pulp Fiction, perdió su casa y sus autos, a su mujer y su prestigio.

Solamente en el nuevo milenio las cosas comenzaron a mejorar. Trabajó con sus amigos y ex compañeros Sean Penn y Sylvester Stallone. Una nueva generación de cineastas estadounidenses, como Robert Rodríguez y Darren Aronofsky, que crecieron viendo al joven y apuesto Rourke y que sabían aprovechar su peso simbólico, empezaron a hacer películas. Y lo querían a él, sin importar la mala fama ganada en los ochenta y noventa.

El nuevo ascenso fue inesperado hasta para Rourke. “Nunca pensé darme por vencido, no es algo que yo haga, —dijo a The Observer—. Pero pensé ‘la embarré’. Nunca creí que volvería a este nivel. Tenía esperanzas, pero pensé que ya había pasado demasiado tiempo”.

Y el Rourke que encontraron los directores y productores era otra persona, no solo por su rostro. Nada de caprichos, nada de exigencias, puro agradecimiento. Hasta con la prensa ahora es locuaz y encantador.

Pero esta historia de redención tiene un componente adicional. Hay en el fondo algo culposo y condescendiente. Como un padre que se da cuenta de que fue excesivo en su castigo y, para compensar, llena de regalos a su criatura. Pero el daño hecho por la caída es evidente, imposible de ocultar y ningún regalo, ninguna lluvia de halagos, puede cambiarlo.

Aunque, bueno, la lástima trae sus dividendos. En los premios Óscar que se fallaron ayer (después del cierre de esta edición), Rourke estaba entre los nominados a mejor actor. Competía contra Sean Penn, Brad Pitt, Frank Langella y Richard Jenkins. Y, con lo sentimentales que son los votantes al Óscar, era muy posible que se lo ganara.

Pero faltará algo más. Faltará lo que viene. Porque lo triste de esta historia es que, con su rostro y su cuerpo, Mickey Rourke ha quedado condenado a interpretar personajes monstruosos. O semi monstruosos. Personajes de rostros inexpresivos y ojos vivaces que andan por ahí con un pedazo de oreja en la nariz. Personajes que nos recuerdan que la vida a veces es una aplanadora, que hasta los finales felices tienen mala pinta.

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