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Whiplash: música y obsesión

Después de ganar tres premios Óscar, la película del director Damien Chazelle ha generado furor. La cinta no sólo presenta actuaciones esterales, sino que también resalta una importante cuestión: ¿A cuánto se está dispuesto a renunciar para convertirse en el mejor?

2015/02/27

Por María Camila Pérez B.

La trama es sencilla y, para muchos, podría parecer tediosa. No obstante, la genialidad de Whiplash no radica en la grandeza de sus escenas, sino más bien en la intensidad, en el tempo, con el que Chazelle construye una trama aparentemente cotidiana. Andrew Nieman, un joven de 19 años interpretado por Miles Teller (The Spectacular Now), es un prometedor baterista de jazz que estudia en Shaffer, la academia musical más famosa del país. Terence Fletcher, personaje que le valió un Globo de Oro y un Óscar al actor J.K. Simmons (The Closer), es un director de orquesta perfeccionista y excesivo que intenta obtener lo mejor de sus estudiantes por medio de métodos poco convencionales. Alumno y maestro se enfrentan en un duelo que, a medida que avanza la trama, se intensifica cada vez más hasta detonarse por completo en una brillante escena final. 

 

La noción de entregarlo todo por el arte es una temática que se ha visto antes, y la película de Chazelle la lleva a su máxima expresión. Para Fletcher, el joven baterista es una persona fácilmente manipulable, pues hay poco que ocupe en su vida un lugar tan importante como la música. A través de un juego psicológico, Fletcher ataca constantemente a su pupilo, utilizando el fracaso de su padre y el abandono de su madre para recalcar su incapacidad para sobresalir. El personaje, más que un maestro, es un sargento que tiraniza, agrede y provoca a sus estudiantes para obtener lo mejor de cada uno, pues, como le gusta afirmar, no existen dos palabras más dañinas que “buen trabajo”.   

El espectador ve como todo se desenvuelve a través de los ojos del obsesivo baterista que no se detiene ante las agresiones físicas y psicológicas de su profesor y destruye aquello que considera un obstáculo en su camino, como su relación sentimental y sus vínculos familiares. En un punto de la cinta, el joven se deja llevar por su sed de perfección y decide cortar su vínculo amoroso con la joven e ingenua Nicole (Melissa Benoist), pues cree que estar con ella es un impedimento para su trayectoria musical. Nieman se entrega totalmente a su pasión. Suda, llora y sangra, literalmente, debido a la necesidad insaciable de complacer a su director y demostrar su máximo potencial.  

Para Rodrigo Duarte, director de Zinema Zombie, la cinta de Chazelle es "desafiante a lo que normalmente se presenta en la Academia", pues sin estar respaldada por grandes nombres o grandes presupuestos logró posicionarse como una de las mejores del año. Es, según Duarte, una "lección para cineastas". 

El encuentro final entre Fletcher y Neiman es electrizante y mantiene al espectador al borde de su silla con los ojos entre-cerrados, pero deseoso de saber cómo culminará una batalla cuya intensidad ha ido en crescendo durante 106 minutos. Cuando estas dos figuras chocan por última vez, se produce un estallido musical y cinematográfico que no muchos lograrían interpretar, y mucho menos capturar. Al igual que el jazz que las acompaña, las tomas finales se componen de movimientos rápidos, constantes e inesperados que dejan atónita a la audiencia.

Tanto Simmons como Teller transmiten una potencia que tira y empuja constantemente, y la dirección de Hazelle es impecable. El corte a negro y el silencio después del clímax ansiosamente deseado y lleno de nerviosismo, obliga a la audiencia a cuestionarse una vez más sobre la obsesión de Neiman: ¿en realidad vale la pena tanto sufrimiento para alcanzar la perfección?

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