La banda Cultura Profética en el festival Estéreo Picnic de 2014. Crédito: Vanessa Pérez / Jetset.com

De festival en festival

Tras 22 años de Rock al Parque, en el país han surgido diversos festivales que copan la agenda de decenas de grupos internacionales. ¿Tienen las bandas nacionales el lugar que se merecen?

2017/08/03

Por Jaime Zapata Villareal* Medellín

Muchos recuerdan el Festival de Ancón, de 1971, como una especie de Woodstock colombiano. Para su primera edición, la sede escogida no fue Bogotá ni Medellín, sino un parque de La Estrella, un pequeño municipio antioqueño que acogió, según algunas cifras, a casi 200.000 personas de todo el país. Durante tres días los asistentes pudieron vivir en un oasis hippie de rock, drogas y fraternidad, algo nunca antes visto en Colombia, que buscaba emular los festivales que se realizaban desde hacía varios años en Estados Unidos y Europa.

El festival fue un éxito. Después, en parte gracias a la vehemencia de los recuerdos de quienes participaron en él, se convirtió en un hito musical y cultural, además de un modelo para los festivales que se hicieron posteriormente en el país. Y esto no fue tanto por su organización –Germán Castro Caycedo, quien lo cubrió para El Tiempo en esa época, aseguró que era una “cosa armada más con buena voluntad que con conocimientos”–, sino por ser la primera apuesta en generar un espacio para la contracultura musical, por la oportunidad que significó para las nuevas bandas nacionales de darse a conocer ante un público acostumbrado, en su mayoría, a consumir música extranjera. “Ese fue nuestro intento de Woodstock y fue muy exitoso. En 2005 se intentó hacer otra versión, pero esta sí fue un rotundo fracaso”, recuerda Gustavo “Chucky” García, programador artístico de Rock al Parque.

Después vendrían otras experiencias como el Concierto de conciertos en Bogotá, en 1988, que retomó parte del modelo heredado por el Festival de Ancón, aunque con un enfoque musical y experiencial muy distinto. Tuvieron que pasar varios años hasta que en 1995 se inauguró el que se convertiría, con los años, no solo en el festival más importante del país, sino en uno de los más grandes del mundo: Rock al Parque.

Rock al Parque 2017. Crédito: Eitan Abramovich /AFP photo.

Para Alejandro Marín, periodista y locutor musical de La X, si bien el rock puede estar “muriendo en términos económicos y patrimoniales”, Rock al Parque sigue siendo una parada indiscutible cada año para los amantes de los festivales. “Rock al Parque es monolítico: es un edificio de cultura rock demasiado fuerte, a pesar de todos los problemas y críticas que se le pueden hacer. Es el quinto festival más grande del mundo, entre los privados y públicos, y esto es un mérito indiscutible”, agregó.

Siempre será complicado establecer una cifra exacta de cuántos festivales de música se realizan al año en el país, en parte por el hecho de que muchos no sobreviven a una primera edición y terminan convirtiéndose en cifras de estadística. A pesar de esto, el reconocimiento de que el mercado de los festivales de música en Colombia ha crecido, al menos en los últimos 20 años, es unánime. Tal vez, porque como dijeron varios expertos, simplemente hace 20 años no había festivales.

Por eso, para el periodista musical Diego Londoño, el nivel de los festivales es muy bueno, ya que cada vez el espectro crece y se diversifica en algunas ciudades, lo que para él demuestra que ese eslabón de la circulación está siendo efectivo. En la actualidad, se reconocen cuatro grandes festivales en el país: Rock al Parque, Altavoz, Estéreo Picnic y Breakfest, pero también hay otros ejemplos sólidos como Unirock Alternativo en Cali, el Galeras Rock en Pasto o el Manizales Grita Rock. Según Felipe Trujillo, director del festival Altavoz, Bogotá y Medellín tienen festivales de mucho nivel gracias a la proliferación de pequeños festivales satélite que buscan captar un nicho muy específico, con propuestas centradas en estéticas de vanguardia.

Otra opinión tiene Alejandro Vélez, productor, Dj y coordinador del proyecto Patio Sonoro en el Museo de Antioquia, quien si bien reconoce el avance en términos generales, cree que todavía estamos en una etapa joven en comparación con otros mercados que nos llevan muchos años en la construcción y afianzamiento de una relación entre promotores, músicos, públicos y entidades privadas y públicas. “Claro, ahora hay unos ejemplos muy puntuales e interesantes de festivales que son diferentes en algunos aspectos pero que a la larga le apuestan a lo mismo. Son diferentes en términos de concepción, pero tienen muy poco espacio para músicas más arriesgadas o experimentales. Y si los comparamos con los festivales europeos del verano –que es el ejemplo que muchos promotores quieren emular– hay un claro desbalance, ya que el éxito de esos festivales es desde el rubro musical, sus propuestas son muy diversas y arriesgadas, y eso es algo que nos falta acá”.

Éxitos y fracasos

¿Bajo qué parámetros es posible medir el fracaso o el éxito de un festival musical? Para Juan Sebastián Barriga, periodista de Noisey Colombia, una de las razones principales del éxito de festivales como Rock al Parque, Altavoz o Estéreo Picnic es que los tres se volvieron insignia en sus ciudades y lograron formar un público fiel que los espera todos los años, siendo una actividad obligada y a la que mucha gente sueña con ir cada año: “Eso es gracias a las bandas que han traído. Uno puede quejarse de los carteles, pero siempre son buenos y ese trabajo de organización y curaduría los ha blindado contra el fracaso”.

Esto lo confirma Trujillo, al asegurar que en el caso de Altavoz es muy importante entender y ser coherentes con el perfil del público, que significa ser fieles a una personalidad propia del festival como parte de un sello ya establecido: “De hecho, es muy estimulante ver que nos llaman de Bogotá y otras partes del país meses antes de que empiece el festival para averiguar la fecha exacta del inicio, sea porque quieren reservar un vuelo o un hotel; esto sin saber antes quiénes vendrán y cuál será el espectáculo. Eso no importa, ellos tienen la confianza de que será un buen show y de que no los defraudaremos”.

Chucky García recuerda como uno de los fracasos más sonados al festival Ecomundo, en Cali, en 1992, que tuvo uno de las carteleras más importantes de la historia del rock en Colombia, casi irrepetible: Roger Daltrey, de The Who; David Gilmour, de Pink Floyd, y Eurythmics, entre varios más. El festival, que se anunciaba como el espectáculo más grande jamás visto en Colombia, solo dejó deudas, quiebras emocionales y económicas, además de una frustración entre los promotores y el público. Expectantes, vieron cómo un espectáculo de ese tipo se presentaba ante un estadio semivacío: no más de 3.000 personas asistieron en total.

Para Alejandro Vélez, en cambio, es relativa la lectura que se puede hacer del éxito o del fracaso de un festival, ya que se tendría que mirar cuáles son sus objetivos e intereses, que suelen variar significativamente entre unos y otros. “Voy a poner dos ejemplos: Medelink fue un festival que se hizo dos veces en Medellín y que, aunque le apostaba más a la cultura digital, la música era un componente sumamente importante para su desarrollo. En el aspecto económico, fue un fracaso: era gratuito y no tenía un sentido comercial, pero en cambio dejó una marca tremenda en la memoria colectiva de las artes digitales en Medellín, porque logró reunir muchos colectivos alrededor del festival, hubo unas conferencias tremendas, talleres, y en cuanto a la música, le apostaron a propuestas arriesgadas, innovadoras y que se volvieron un referente musical para la ciudad”.

Londoño, por su parte, cree que más que fracasar muchos festivales están en un momento de crecimiento y experimentación. “Hasta incluiría a Rock al Parque, que ha tenido tanto caídas como momentos altos en su historia. Lo que pasa con este y con otros festivales en el país es una evolución en ciertos aspectos importantes. Están tratando de experimentar más y salirse de su zona de confort, crecer dentro de su mismo circuito. Por ahí hay un camino interesante que aportará mucho a la música y al público colombiano”.

Una ventana para los nuevos talentos

La crítica más constante que se les hace a muchos festivales del país es el poco o mediocre espacio que conceden en su programación para los nuevos artistas o bandas. Pero ¿esto realmente es así? En el caso de Altavoz, dice Trujillo, uno de los aspectos fundamentales de su filosofía es impulsar el nuevo talento: cada año, 28 bandas entran por convocatoria. “Siempre tenemos bandas nuevas de Medellín. Y algo extraordinario que he visto es que el público es cada vez más receptivo con las nuevas bandas del país y de Latinoamérica, lo que es muy alentador para nosotros, porque el público es decisivo en este aspecto”. Chucky García recuerda que en Rock al Parque iniciaron varias de las bandas que ahora son insignia de la música nacional, y que el cometido para ellos siempre ha sido descubrir e impulsar nuevos talentos del país.

Según Juan Sebastián Barriga, el asunto es conflictivo porque bien o mal los festivales –al menos los privados– tienen que vender y traer gente. “En general, creo que sí pasa. Por ejemplo, este año Estéreo Picnic estuvo lleno de varias de las propuestas emergentes más interesantes de estos últimos dos años. Sí hay mucho apoyo por este nuevo talento, pero obviamente un festival de solo nuevos talentos no funciona. Se tiene que tener un cartel con bandas que jalen, ya sean nacionales o extranjeras”.

Para Barriga, un ejemplo de éxito es Bestiario, una banda que pasó de tocar en las calles a tocar en el festival Centro, y de ahí directo a Rock al Parque. Ahora ya tiene dos giras internacionales, toca muy seguido y se ha vuelto un valor seguro para los festivales.

Alejandro Marín, por su parte, cree que los festivales sí están apoyando lo emergente local, pero el problema radica en que estos nuevos grupos no venden boletas: “Y en eso tiene que ver el público, que en su mayoría no va a los festivales a ver artistas sino a conectarse a través de la música con otra gente y a vivir nuevas experiencias, sentirse parte de un determinado círculo social. Eso se logra, en gran medida, con una cartelera de artistas reconocida y familiar, que generalmente está compuesta por artistas internacionales”.

Precisamente otro de los aspectos clave en esta discusión es la responsabilidad del público en la estructuración de una cartelera más equilibrada entre talentos nuevos y artistas reconocidos, en particular en los festivales privados. “Creo que debería haber una ley o una política para que en todos los festivales, públicos o privados, haya una cuota o un porcentaje de nuevos artistas en comparación con los internacionales, y que los promotores, festivales y público entiendan y respeten eso, sobre todo estos últimos”, dice Diego Londoño.

Vélez cree que nos hace falta ser más tolerantes, como público, con la diferencia y con las nuevas propuestas de los artistas, porque de eso depende que los festivales los sigan programando. “Tenemos que ser más educados. No es posible que nos cueste ir temprano a un concierto, que es el momento en el que programan a las nuevas bandas. Si programas un festival a la 1:00 de la tarde, la gente te llega a las 8:00, cuando el artista principal se presenta. Todo es parte de un circuito –promotores, festivales, artistas, público– que necesita engranarse mejor y dialogar entre sí, para ver cómo se puede equilibrar el asunto cada vez más”.

Conozca el resto del especial del rock colombiano aquí.

*Periodista egresado de la Universidad de Antioquia

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