La Sonora Cienfuegos, una de las bandas de la primera ola del ska en Colombia. Archivo Particular.

La lucha se hereda y adapta

A un lado de las escenas comerciales se han alzado en estos 20 años, marginalmente, géneros con seguidores fieles. Todos hijos de los años ochenta y noventa, parecen seguir luchando por sobrevivir.

2017/08/03

Por José E. Plata* Bogotá

La historia de las expresiones musicales urbanas de los últimos 60 años ha sido contada en múltiples ocasiones. A través de ellas la sociedad ha tenido otra forma de documentación y conservación de la memoria, ligada tanto a la cultura masiva como al underground. Esta  hace parte igualmente de un sistema de valores, de nociones de comercio cultural a través de discos, presentaciones, festivales, eventos y también de relaciones humanas entre creadores y público.

Se pensaría que el rock es la expresión musical preferida para expresar un descontento y un desprendimiento generacional. Pero la realidad actual de este género como opción musical lo aparta de un discurso de rebeldía, para ser una música que algunos ya consideran de catálogo. También los artistas latinoamericanos han comenzado a ser parte de repertorios que se consideran clásicos. El rock (no) ha muerto y tal vez (no) muera, pero tiene que replantearse.

Existe una cultura rockera en el país que lleva años buscando espacios y difusión, y que poco se relaciona con el rock mainstream. No se desconocen sus aportes y su historia dentro de la música nacional y del continente. Si bien se habla de redefinir el rock nacional, es cada vez más difícil encontrar esta música dentro de una prioridad para las nuevas generaciones. La oferta es amplia y las tendencias cambian rápidamente. Los procesos de consolidación de artistas son distintos a aquellos que se tuvieron en los setenta, ochenta y noventa, y productos como discos compactos, vinilos u objetos de mercadeo musical se convierten en objetos de culto al ser reemplazados por consumos en streaming o por demanda.

Aun así, el trabajo y la persistencia de eventos como Rock al Parque, Altavoz y otros festivales públicos son la muestra de un sector artístico que lo requiere y ve en ellos una plataforma de validación, pero no se puede pensar que son las únicas plataformas viables. Existen también historias locales de géneros urbanos como el ska, el metal, el hip hop y el punk que se encuentran en algunos puntos, pero que conservan a la vez, cada uno de ellos, sus particularidades.

Estas expresiones tienen una presencia en la sociedad colombiana y se han esforzado en ser un camino artístico para muchos jóvenes, pero también son un legado de dos o tres generaciones de artistas que ya han dejado una obra que se puede revisar. Estos se siguen consumiendo y produciendo en la actualidad, y tienen público y mercado. Revisar su historia y vigencia es también encontrarse con la fragmentada historia de la independencia musical colombiana: la misma que se ha fundado en ausencias, pasiones y esfuerzos de largo aliento.

Hip hop: la voz de los que no tienen voz

El hip hop llega a Colombia como un eco del movimiento social y artístico que la ciudad de Nueva York gesta a mediados de los setenta. En plena crisis social, política y económica, la Gran Manzana alza su voz a través de los fraseos líricos rápidos, que se  convirtieron en la “voz de los que no tienen voz”.

En los ochenta, el hip hop empieza a escribir su historia y comienzan a apropiárselo en distintos lugares. Los llamados cuatro elementos (rap, breakdance, Dj y grafiti) se expanden como un conjunto de realidades propias que consolidan este movimiento.

La primera fuente de difusión del hip hop en Colombia fueron películas como Flashdance, Beat Street y Breakin’ o incluso el espacio televisivo Baila de rumba. El baile y la música como factor de unión hicieron que se crearan los primeros grupos de baile (los llamados crews), que se establecieron en Bogotá, Cali y Medellín.

La música que se hacía no se grababa (hasta los noventa se puede decir que el hip hop en Colombia comienza a ser registrado o grabado), y del grafiti que se hizo en aquella época poco quedó. Aun así, la semilla se sembró. En los noventa el país toma conciencia del poder del hip hop y de cómo este puede ser un canal de expresión que refleje la vida de barrios y comunas, que por años han vivido entre el olvido estatal y la falta de oportunidades.

Las opciones para grabar se abren en los noventa y logran dejar los primeros registros de audio a través de discos compactos y casetes. Nombres de artistas como Gotas de Rap, La Etnnia, Carbono, Rulaz Plazko, Estilo Bajo, Asilo 38 y Cescru Enlace empiezan a darse a conocer y muestran cómo el movimiento tenía así sus valores y búsquedas, sus requerimientos y sus artistas.

Estas canciones son así la voz que muestra a Bogotá como una ciudad dividida (el norte es de los ricos, en el sur hay barrios subnormales y comunidades con necesidades básicas insatisfechas). Medellín tiene en las comunas grandes focos de desigualdad y reductos de pandillas que han nacido como reflejo de la ausencia del Estado. En Cali, el distrito de Aguablanca concentra gran población juvenil vulnerable con pocas alternativas de estudio o trabajo.

En el occidente, el hip hop se convierte en una industria con su propio star system desde los ochenta y se amplía en los noventa. Este modelo no se replica en Colombia. Acceder a las cosas que forman parte de la parafernalia de este mundo capitalista (ropa, autos, equipos sofisticados, joyas) no es algo que se logre de un día para otro. Quienes prensaron sus discos o casetes pudieron darse cuenta de que tenía que hacerse todo, desde la autogestión hasta las ventas, que no iban a ser millonarias o astronómicas. Por otro lado, el hip hop no ha sido una prioridad para las compañías discográficas nacionales. El 95 % de estas producciones son independientes.

Ya en los noventa y en el nuevo milenio, comienza a comprenderse que se requieren esfuerzos colectivos para obtener frutos. Esto hace que compañías de baile se profesionalicen. Así mismo, los gobiernos locales muestran su interés mediante convocatorias, talleres y festivales que han visibilizado la cultura hip hop colombiana en los últimos 20 años.

El hip hop nacional tiene en la actualidad medios propios, escuelas y talleres de trabajo comunitario, festivales abiertos y una constante búsqueda y reflexión de lo que significa esta cultura para un país que ahora se enfrenta a otros retos. Talentos locales como Crack Family y Crew Peligrosos, entre otros, son el reflejo de una generación que asumió las rimas y la búsqueda de esta expresión como una muestra de resistencia. Algunos construyen con ella y piensan en un cambio; otros aún la usan para retratar con crudeza la realidad nacional.

Víctor Casas (promotor, gestor y breaker) reconoce que en el hip hop colombiano “hay una especie de agotamiento reflejado en la situación del país. Las convocatorias han bajado en cantidad y rubros. Aun así, el movimiento es grande. Hay hoppers que se han ido del país y no hay una profesionalización de la escena. No es solo cantar y decir cosas: es asumir un compromiso humano, artístico y empresarial que no se está viendo”.

Ska: voz urbana tropical

La historia del ska en Colombia empieza en los años noventa, momento en el que el resurgir de propuestas independientes se da como respuesta a una búsqueda musical en Bogotá y Medellín, principalmente. Mientras que en ciudades como Caracas, Buenos Aires y Ciudad de México estos sonidos eran familiares en los ochenta con agrupaciones como Desorden Público, Los Fabulosos Cadillacs, Alphonso S’Entrega o La Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, en el país esta expresión comenzó a conocerse en los tempranos noventa a través de los circuitos del punk y del hardcore.

En las capitales latinoamericanas referidas, el gusto por el ska jamaiquino de los años sesenta y tempranos setenta, y también el de la segunda oleada del ska (en Inglaterra a través del sello Two Tone Records de EMI Music y con artistas como The Specials, The Selecter, Madness, The Beat o The Higsons), hizo que se dieran esos primeros acercamientos.

Pero en el caso colombiano, primero se fue dando a conocer el sonido de los grupos británicos que las bases de Jamaica, por su clara temática urbana. El ska en Colombia comenzó siendo una música para un público joven interesado en el punk y en el hardcore: una ampliación de las exploraciones sonoras. Y es en esta misma década cuando en Colombia alzó su propio vuelo, pues fueron apareciendo bandas y eventos dedicados a este sonido en especial.

Es importante mencionar las visitas de artistas como la banda francesa Mano Negra (en 1992, a través de la experiencia Cargo 92 y posteriormente El Expreso del Hielo en 1993) o Los Fabulosos Cadillacs en 1994. Su sonido fue calando y abriendo el espacio para una nueva camada de apreciadores.

Los primeros nombres de bandas que tomaron este camino sonoro son Justicia Natural, Los Elefantes, La Sonora Cienfuegos, La Familia Bastarda, Skartel, Humano X, La Pequeña Nación, Sin Raza Pura, Desorden Social, Skampida, La Severa Matacera, Alerta Kamarada, entre otros. Poco a poco este sonido fue apareciendo y dándose a conocer.

El movimiento ha sido de altibajos. Comenzó fuerte en aquella década y poco a poco fue desvaneciéndose debido a que el reggae tomaba más fuerza. El ska, sonido más comprometido con una mirada social y en ocasiones política sobre la realidad, terminó siendo una curiosidad en algunas ocasiones. También, el fenómeno de radicalización de algunos grupos que reclamaron el contenido político de esta música hizo que algunos grupos decidieran no continuar con sus carreras.

Jorge Rodríguez “Toby”, legendario promotor del ska nacional, comenta: “El ska colombiano fue disminuyendo en su acogida y público por situaciones complejas que incluyeron violencia en algunos eventos y las bandas además buscaron otros horizontes musicales y otros públicos”.

Esta realidad de varios años parece ahora tener un cambio. Scofflaws, un colectivo de trabajo en torno a esta música, ha hecho eventos que buscan detectar nuevos talentos y reconocer la historia de este sonido en el país.

Punk: voz urbana marginal

Los convulsionados setenta en el Reino Unido fueron el terreno fértil para que el descontento juvenil por el desempleo, la falta de oportunidades y las duras condiciones sociales y políticas se convirtieran es una expresión de ruptura y transgresión contra el gobierno y la sociedad. La efervescencia fue rápida. Entre 1976 y 1978 tuvo una vida agitada y luego se expandió a otras ciudades europeas, hasta llegar al continente en los tempranos ochenta.

El punk se convirtió entonces en un canal de descontento que con canciones rápidas, crestas, taches, botas punteras y ropas raídas se coló en el continente. El punk vino con los discos que llegaban de quienes viajaban y luego se empezó a esparcir en casetes. El movimiento subterráneo de los ochenta en Perú también caló en el país, haciendo que se apreciara el sonido de la banda Narcosis.

Se canalizaron así el descontento y la incertidumbre local en ciudades como Bogotá y Medellín. Eran los años de la guerra de carteles y el terrorismo. En comunas y barrios obreros se armaron bandas que con canciones rápidas reflejaron el descontento. Aparecieron los nombres de bandas como I.R.A., Mutantex, La Pestilencia, Morgue, Desadaptadoz, NN, Libra, Fértil Miseria, Polikarpa y sus Viciosas y más, entre 1985 y 1995. Medellín comenzó a desarrollar un movimiento que vendría a conocerse como “Punk Medallo”, con el cual se definiría el sonido de una generación que crecía bajo la amenaza de las bombas y el narcotráfico.

Bogotá desarrollaría su propia versión de la inquietud punk, que ha ido evolucionando y manteniendo así actores y bandas claves. Algunos optan por la versión básica del punk, y otros lo toman como base de un activismo en el que hay resistencia ante las instituciones, trabajo de autogestión y trabajo de base.

Como opción musical urbana, vive su intensidad a través de canciones  desafiantes, discos de tirajes cortos y conciertos limitados.

Nafer Martín, vocalista de la banda Ministerio de Vagancia, reconoce que “el punk va más allá de ser una moda y de que J. Balvin se ponga una chaqueta de taches. El día que el Esmad y que el dinero de la corrupción se vaya a cosas que el pueblo necesita, ese día el punk no tendrá nada que hacer. Mientras los jóvenes sientan que la música no los representa, estará ahí”.

Metal: voz urbana propia

Los mismos setenta que se encargaron de darle al mundo punk y bases del hip hop fueron capaces de dar paso también a un sonido radical que se conserva y ha mutado a través de diversos subgéneros: el metal. En principio esta música llegó al país a través de discos y casetes con personas que salían de Colombia y, al igual que en los otros géneros, se fue dando a conocer de mano en mano.

El sonido extremo del rock, en el que la búsqueda sonora va más allá del agrado, tiene  una expresión fuerte en el país desde los años ochenta. El metal ha ido desarrollándose en la nación en la mayoría de ciudades y poblaciones intermedias, y ha logrado crear una historia que se ha sostenido por casi 40 años y que no solamente es apreciada aquí: también fuera del país se mira con respeto.

Colombia ha seguido con especial interés las diferentes escuelas sonoras del metal, desde el legendario heavy metal, pasando por el thrash, el black, el death, el grindcore, el speed metal y más, que han tenido tanto audiencia local como consumo de producciones extranjeras. Es también destacable recordar el llamado ultrametal, aquel sonido desarrollado en Medellín por la banda Parabellum, que fue escuchado por bandas noruegas que sintieron la crudeza y firmeza de un sonido único.

Desde los años ochenta, ha habido metal en el país con un gran aprecio de un público que ha optado por seguir sus diferentes tendencias. Es, además, uno de los nichos más apreciados dentro de la industria musical, por la respuesta y el compromiso del público ante este sonido. Si bien dos legendarias bandas como Neurosis y Darkness han anunciado su retiro de la escena, el metal nacional tiene pilares sonoros tan sólidos como nuevos.

Grupos como Masacre, Reencarnación, Occultus, Excalibur, Luciferian, Inquisition, Legend Maker, Gaias Pendulum, Witchtrap, Purulent, Agony, Sobibor, Kraken, Internal Suffering, entre otros, han dejado una marca definitiva en este sonido. Algunas de estas bandas ya no existen, pero desconocer su legado o importancia dentro del sonido extremo nacional es dejar atrás más de tres décadas de creación.

El metal nacional es consciente de tener que luchar constantemente contra las críticas que lo señalan como una música anquilosada en su propia iconografía y contra aquellos que ven en ella prácticas ocultas. Sin embargo, los estigmas, lejos de debilitar este movimiento, lo han hecho más fuerte y capaz de sobrevivir.

El país cuenta con publicaciones físicas y digitales, espacios de radio y fanpages, festivales y encuentros públicos y privados, prensajes anuales en discos compactos y vinilos de metal nacional que van creando su propia historia. Algunas bandas giran de manera independiente en el continente o fuera de él, siendo además reconocidas dentro de un circuito metalero. Lejos de pensar en su final, se ve que este se está transmitiendo a una nueva generación, cuyos intereses y posibilidades están también respondiendo a inquietudes propias de una sociedad que no puede aceptar la quietud y la calma como única realidad.

Para Janine Verano León, codirectora de la revista Metallive, “el metal nacional tiene una historia larga, pero es lamentable sentir que el público no apoye y quiera todo gratis. De todos modos, el trabajo que hacemos quiere visibilizar una escena que siempre está dando de qué hablar. Internet ha jugado un papel importante en esta movida, pero no es todo. Hay que ver bandas en vivo”.

Todos tienen que sonar

Si bien el hip hop, el metal, el ska y el punk tienen sus códigos, cada uno defiende sus valores culturales y musicales como tendencia particular. Los punks no quieren a los “plastipunks” (los que se quedan usando la pinta punk como base de diferencia, sin tener ideales). En el metal, no se aprecia al “metalero posudo” (el que hace alarde del pelo largo). En el hip hop se habla del sentir verdadero a través de una esencia humana y alejada de la comercialización. Y en el ska tampoco se aprecia el que tiene una mirada comercial del asunto o que enfoca la música hacia lo tropical.

Cada uno de estos géneros es una expresión que busca una autenticidad, bien sea en un sonido, una expresión lírica o hasta en una vestimenta. Son músicas que subsisten y persisten. 

Conozca el resto del especial del rock colombiano aquí.

*Periodista musical. Ha publicado en medios de España, México y Estados Unidos, entre otros.

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