Un pogo en el festival Rock al Parque, el más grande a cielo abierto de América Latina. Crédito: Eitan Abramovich / AFP.

Háblame de rock

¿Qué pasó después de 1995? ¿Las audiencias adultas se perdieron 22 años de historia y se quedaron oyendo con nostalgia a las Almas y a Ultrágeno? ¿Hubo vida después del gran estruendo de los noventa?

2017/08/03

Por Umberto Pérez* Bogotá

La tarde del lunes 29 de mayo de 1995, la arena y las gradas de la plaza de toros La Santamaría eran un hervidero. Miles de jóvenes bogotanos celebraban la culminación de Rock al Parque, un festival de música que durante cuatro días había reunido a la comunidad rockera de la ciudad en torno a las bandas y, sin proponérselo, empezaba a escribir un nuevo y largo capítulo en la historia del rock hecho en Colombia. 

Esa tarde, el color de los cerros se fue transformando al igual que el público lo hacía cada vez que en la tarima alguna de las bandas derrochaba energía, desenfreno y talento. Esa tarde, los encargados del arrebato fueron Aterciopelados, 1280 Almas, Marlo Hábil, La Derecha, Seguridad Social –de España– y los mexicanos Fobia; los días previos el turno había sido para Catedral, Morfonia, Vértigo, El Zut, Danny Dodge y Darkness, entre otros. Esa tarde, Rock al Parque conjuró los espíritus del Concierto de Conciertos, acontecido en 1988, y de festivales como el de la Vida o el de la Amistad, celebrados a comienzos de los años setenta, para que, contrario a ellos, el esfuerzo redituara en algo que permaneciera en el tiempo más allá de una estela eléctrica y mestiza. 

1280 Almas. Crédito: Gustav Arvidsson.

Veintidós años después, esa historia se sigue escribiendo sin perder el aliento. Durante dos décadas el rock colombiano ha ido creciendo de forma lenta, tal vez muy lenta, a veces dando pasos seguros y a veces dando tumbos, pero sin perder la alegría y la capacidad de sorprender desde el sustrato callejero de alguna ciudad. La eclosión rockera que condensó la primera edición de Rock al Parque coincidió con el nacimiento de dos medios de comunicación dedicados a la cultura alternativa: la Frecuencia Joven de la Radiodifusora Nacional de Colombia 99.1 y la revista Shock; los tres, junto al canal de televisión MTV Latino, que empezaba a marcar tendencia en la juventud continental, abonaron el terreno para que el rock que se creaba en el país empezara a echar raíces fuertes a la par que empezaba a crecer. 

Los frutos de esa etapa, impulsados por el trabajo –previo a Rock al Parque– gestado en bares sin condiciones técnicas, salas de ensayo precarias e improvisadas y estudios de grabación anticuados, estremecieron de tal manera a la estructura misma del rock colombiano que su brillo genuino aún sigue irradiando. Sin saber muy bien cómo se hacían las cosas pero con una voluntad inquebrantable, puñados de jóvenes escribieron su nombre con fuego en la memoria colectiva del rock nacional. Álbumes como Con el corazón en la mano, de Aterciopelados; La muerte… un compromiso de todos, de La Pestilencia; Verdun 1916, de Neurosis, los discos homónimos de Estados Alterados y La Derecha, y Háblame de horror, el casete debut de 1280 Almas, son parte del testimonio sonoro de un despertar creativo que quedó tatuado con sudor en las paredes de bares y auditorios en donde oficios como la ingeniería de sonido y la ingeniería de luces eran interrogantes enormes que debían resolverse en el acto, a como diera lugar, pasara lo que pasara. 

La Derecha. Crédito: Juan Carlos Sierra

Lo anterior, sumado a la exposición de dichas bandas en MTV al lado de ídolos propios como Caifanes y Soda Stereo, y pares creativos como Café Tacvba y Los Fabulosos Cadillacs, enchapó en oro ese momento incipiente del periodo más fértil y duradero del rock colombiano, cuyo legado alcanza a estos días. 

A la vez que el tiempo y el inconsciente colectivo encapsulaban canciones y discos, nuevas bandas asumían un riesgo estético de alto vuelo que empezaría a generar una fractura con un sector radical del público rockero; Ciegossordomudos, Superlitio, Bajotierra y, especialmente, Bloque de Búsqueda, exhibían sin asco todas sus influencias sonoras, provenientes de las músicas tradicionales y populares del continente: salsa, cumbia, boleros, guasca, rancheras, entre otras. 

Rock al Parque creció y en cuestión de tres ediciones se consolidó como el festival de rock más importante de América Latina, que para entonces bullía en sonidos inéditos provenientes de toda la región, con un elemento en común: el mestizaje sonoro, una comunión entre el rock y la tradición; “rock alterlatino” lo bautizó el periodismo especializado. En 1999, por las tarimas del festival desfilaron los nombres gordos del momento: Café Tacvba, Illya Kuryaki & The Valderramas, Julieta Venegas, Molotov, Control Machete y una banda nacional que para entonces y después de una titánica gira mundial era considerada por la crítica angloparlante como la mejor banda de rock latino: Bloque (originalmente, Bloque de Búsqueda). 

Liderada por Iván Benavides y Ernesto “Teto” Ocampo, Bloque estaba conformada por Pablo Bernal, Carlos Iván Medina, Mayte Montero, Gilbert Martínez, Álex Martínez –es decir, gran parte de La Provincia de Carlos Vives– y soportada en vivo por Juan Carlos “Chato” Rivas, Rodrigo Mancera, Andrés “Glóbulo” Álvarez, Jimena Ángel y Johana Marín. El lunes 18 de octubre de 1999, Bloque fue abucheado e insultado durante su concierto en el festival por el sector más radical del público. En diferentes ocasiones también le ocurrió a Ciegossordomudos y a La Banda del Gusano, liderada por Andrés Cepeda. Al mismo tiempo que el rock colombiano alcanzaba cotas creativas impensadas, también se radicalizaba un sector del público en torno a una definición rudimentaria del rock. Una década más tarde, en 2011, un suceso similar ocurriría durante el cierre del festival a cargo de ChocQuibTown, aclamados por la crítica internacional, maltratados por “el público rockero”. 

El nuevo siglo llegó con cambios significativos para la música nacional. El disco del Bloque, junto a trabajos como La tierra del olvido, de Carlos Vives y La Provincia, y Travesía, de Antonio Arnedo, marca el origen del camino de lo que más tarde se conocería como Nuevas Músicas Colombianas –una reelaboración de las músicas tradicionales colombianas a partir de un acercamiento y una investigación sonora desde el jazz– de la que brotarían grupos como Curupira y Mojarra Eléctrica. Esta exploración profunda al interior de la música de los litorales colombianos también fructificó en esferas sonoras alternativas como la música electrónica en proyectos como Sidestepper, del británico Richard Blair, y Pernett & The Caribbean Ravers.

Asimismo, mientras la música tradicional esparcía su influjo a comienzos de la década de los dos mil, bandas como Ultrágeno, Koyi K Utho, Diva Gash, Severa Matacera, Pornomotora, Elefantes y Doctor Krápula, daban un nuevo aliento al rock colombiano que, de paso, empezó a encontrar espacios para nuevos públicos en festivales descentralizados en ciudades como Medellín, Barranquilla, Manizales, Ibagué y Cali. La aparición de la edición nacional de la revista Rolling Stone en 2003 también jugó a favor del rock y la música alternativa gracias a un comité editorial que se dio a la tarea de indagar con juicio qué sonidos se estaban cocinando en Colombia.

El final de la primera década del siglo que corre coincidió con la reivindicación de la memorias histórica del rock colombiano a través de la reedición de discos clásicos, la publicación de investigaciones y la celebración de exposiciones; también con el ascenso de bandas que, influenciadas por las nuevas músicas colombianas y la idea concebida por Sidestepper, exaltaban la música de sus regiones como la cumbia, el currulao y la champeta, apoyadas en sonoridades contemporáneas como la electrónica y el rap; Bomba Estéreo, ChocQuibTown y –más adelante– Systema Solar se convertirían en la punta de lanza de otro momento estelar para la música alternativa en Colombia. Junto a ellos, grupos más experimentales como Velandia y la Tigra, Meridian Brothers y Frente Cumbiero; artistas con una abierta connotación pop como Esteman y Monsieur Periné; bandas como Diamante Eléctrico, Telebit y Revólver Plateado; y agrupaciones de hip hop como Crew Peligrosos, LosPetitFellas y Alkolirykoz, entre otros, se han integrado a diferentes circuitos de festivales en América Latina y Europa. Pero ese buen momento del que goza la música alternativa colombiana en el exterior contrasta con un panorama local confuso. Diferentes voces coinciden en que se atraviesa por una etapa inmejorable a nivel creativo, de producción y de oferta, pero también que no es correspondida en aspectos como las audiencias, los medios y los espacios para circular. 

Systema Solar. Crédito: León Darío Peláez.

Para Carlos Solano, editor de cultura del diario El Tiempo, “las audiencias del rock colombiano siempre han sido un problema pero hoy, particularmente, con una sobreoferta sumada a un desprendimiento de las audiencias, hace que haya muchas bandas con muy buenas ideas tocando para no se sabe quién. ¿Para qué públicos están tocando?”. 

Carlos Ardila, quien ha trabajado como editor para Colombia de diferentes plataformas de streaming, plantea un escenario difícil: “El rock no solamente compite con el resto de géneros de música popular, también está compitiendo contra los memes, lo videos cortos de YouTube, contra un sinfín de alternativas de entretenimiento que hacen que el rock tenga una barrera de entrada alta. Eso, sumado a que el rock y los géneros alternativos, en el último par de décadas, padecen de la cola larga de mucha oferta pero nada supergrande. Eso hace que la comunicación en audiencias jóvenes se difumine, que no esté concentrada”.

Álvaro González “el Profe”, coordinador del sistema de emisoras públicas Radiónica, acentúa el planteamiento de Solano: “Las bandas en Colombia no tienen un público, el rock todavía no tiene un público, lo que dificulta que las bandas sean proyectos autosostenibles”; pero también destaca que “el rock colombiano, entendido como toda una familia con el hip hop, el reggae, el ska, la electrónica, entre otros, está pasando por uno de los momentos más interesantes de la música colombiana y está contando otras historias del país, diferentes a las que cuentan los géneros musicales más establecidos”.

En su comentario, González pasa sobre uno de los asuntos que más ruido generan entre el público y un sector de la prensa: ¿De qué hablamos cuando hablamos de rock colombiano? Aunque no deja de ser un sinsentido, 60 años después de la aparición del rock, su definición en Colombia despierta muchas pasiones. De la pregunta en cuestión se desprenden otras preguntas: ¿Para qué sirve definir o delimitar el rock? ¿Qué aporta a una discusión profunda sobre el rock colombiano y la música alternativa su delimitación? La mayoría de aficionados radicales se aferran a una sonoridad básica en donde la guitarra eléctrica distorsionada es el elemento esencial; también aducen una suerte de pureza del género, desconociendo su innegable carácter mestizo y bastardo. 
Nicolás Vallejo –cofundador de los canales musicales de la plataforma Vice: Noisey y Thump y exeditor de la revista Shock– resuelve el entuerto de una manera sencilla: “Es paradójico porque tres grandes canciones referentes del rock colombiano no son tal cosa: Bolero falaz,de Aterciopelados, es un bolero; Ay, qué dolor, de La Derecha, es una salsa y El platanal, de las Almas, es una cumbia”. Rodrigo Mancera, guitarrista fundador de Morfonia, se desprende de la discusión con más desparpajo aún: “Colombia no es un exportador de rock, es un exportador de música buena, pero de rock no, porque no es rock, es otra cosa, es más chévere que el rock. El rock es apenas un paso”. Otro gran referente del rock colombiano de finales de siglo, Amos Piñeros, líder de las bandas Catedral y Ultrágeno, zanja el asunto: “Dividir cuando se hace electrónica, o folclore, o cosas que están más permeadas por el jazz, o que no están inscritas dentro del rock es un tema tan difuso y da para una discusión tan larga y tan tonta que creo que no es necesaria”. Por su parte, Felipe Arias, historiador y curador de la recordada exposición Nación Rock –realizada por el Museo Nacional–, va un paso más adelante para liberar cualquier tensión posible: “Muchos de los proyectos que podríamos considerar dentro de una cultura alternativa no encajan en ese estereotipo de lo que hace dos décadas considerábamos como un grupo de rock, ni siquiera se definen como tal ni les interesa definirse así”.

La guitarra de Andrea Echeverry de Aterciopelados. Crédito: Noel Vásquez / Getty Images

Así como la creatividad y la calidad en la producción han aumentado, las audiencias también se han ido transformando. Es innegable el enorme rol que desempeña Rock al Parque en el panorama de la música nacional, pero muchas veces se ha criticado el carácter de gratuidad que lo caracteriza, sobre todo porque fue creando una cultura de lo gratuito en detrimento de la sostenibilidad económica del rock. Sin embargo, en la última década, la consolidación de una oferta privada de espectáculos de rock y una cultura de lo pago reflejan un cambio en la mentalidad del público. Para Héctor Mora, periodista, director del Concierto Radiónica y exdirector de Rock al Parque, el estado actual es resultado de un proceso largo que aún continúa: “Las políticas culturales surtieron efecto y hoy en día existen festivales del sector privado que contemplan artistas colombianos en el grueso de su programación, y todo eso porque existieron proyectos de conciertos netamente sentados en estos públicos, yo sí creo que existe un festival Estéreo Picnic porque existió Rock al Parque”. 
La circulación es otra de las debilidades del momento que atraviesa el rock colombiano en su propio territorio. Por una parte, las grandes ciudades carecen de escenarios ideales para generar una cultura de recitales alejada de la cultura de la rumba y el consumo de alcohol que impide establecer una relación ideal entre el rock y los menores de edad, y por otra, empiezan a agotarse como puntos de un circuito nacional. González es contundente al respecto: “En Bogotá no hay un circuito de recitales. La mayoría de los conciertos que se hacen en la capital son para un público de rumba y de trago, y empiezan a la medianoche en un país que madruga mucho”. De lo anterior se deriva que no haya espacios para consumir rock de una manera diferente y a los que los menores de edad puedan acceder para conocerlo. El Profe enfatiza: “El menor de edad se le entrega muy fácil al género de moda y no hay una opción democrática para que el niño pueda escoger en lo que se refiere al entretenimiento masivo”. 

Sobre ese aspecto, Ricardo Durán, jefe de investigación de Rolling Stone Colombia, es lapidario: “El rock solo se fija en la gente cuando ya tiene cédula y tiene plata para comprar trago; le importan menos los colegios y comete el error de no preocuparse por los menores de edad”, y establece un paralelo con la movida hip hop de la ciudad: “Si los raperos van a lanzar un disco, hacen dos shows, uno en la tarde para menores de edad y otro en la noche; están cultivando una base no solo en términos geográficos sino también de edad”. Para Durán, en términos de circulación, el rap colombiano también tiene algo que aportar: “El rock se limita a un sector de Bogotá, entre ‘Cuadrapicha’ y la 82, y se acabó. En el rap hay un tema barrial muy importante, quienes lo hacen conciben el espacio de otra forma, “la ciudad y el país son más grandes para ellos”. Mora coincide en ello: “La creación de un circuito alterno va a permitir que las bandas puedan aumentar sus audiencias y que la escena crezca en ciudades como Bucaramanga, Tunja, Neiva, Ibagué, Villavicencio, Pasto, el Eje Cafetero y Yumbo”. Un nuevo mapa rockero en Colombia.

Los medios de comunicación también han jugado un papel definitivo en la difusión del rock nacional. En los últimos años, gracias a las herramientas tecnológicas y al acceso a la información, han aumentado los canales de divulgación, pero, paradójicamente, se echa de menos una prensa crítica capaz de reconocer no solo las virtudes de bandas y discos, sino también sus flaquezas en aras del crecimiento de la escena local. Según Mora, “deben existir medios que digan cosas distintas, que trasciendan, que tengan una visión que complemente, aporte y que forme”; y aunque Vallejo es menos propositivo, da en dos clavos importantes: “No existe la crítica, el criterio editorial está sujeto a una cantidad de variables comerciales que simplemente le extirpan su espíritu independiente. Los accesos comprometen la voz del periodista, que le cambian por escarapelas”, y continúa: “En este país la crítica resulta inconveniente, el circuito se interpreta como un boicot. Como les ha costado tanto emerger, una voz crítica se interpreta como saboteo, y como no existe respeto por el oficio periodístico, entonces hay consenso de que [los periodistas] están boicoteando un esfuerzo. Los artistas no están preparados para la crítica”. 

Dos décadas después del cimbronazo que significó el despegue del rock colombiano, una inquietud permanece latente entre la prensa y los aficionados. ¿Existe un relevo generacional después de Aterciopelados y sus coetáneos? Héctor Mora explica que, si bien existe, las condiciones son diferentes: “El relevo se ve en el crecimiento, no depende de que alguien llegue, sino de que también tenga una historia que contar y esa historia trascienda. Yo siento que en el arte, el tiempo tiene un efecto de curaduría muy potente, y es la recordación”. 

Para Catalina Ceballos, directora de Canal 13, el hecho de que Bomba Estéreo, Crew Peligrosos, Systema Solar, Monsieur Periné, Ghetto Kumbé, Diamante Eléctrico, Cero 39 y Freaky Colectivo estén de gira por el verano europeo, no solo habla de un relevo sino de un crecimiento de la música como sector creativo y productivo. Sin embargo, es claro que aún hay mucho por hacer: “Estoy convencida de que tiene que haber una política pública pensando en el tema, en toda la cadena de valor de la música, desde la creación hasta la distribución, pasando por la promoción. La parte legal y financiera de la cadena de valor se tiene que fortalecer. También debe haber un mejor entendimiento de la cadena por parte de los creadores, una mayor apuesta de recursos de los privados y grandes discusiones en las mesas de trabajo de las emisoras trabajando en la programación, para acercar cada vez más al público a nuestra sonoridad”.

Bomba Estéreo. Cortesía: Héctor Mora.

Al margen de todas las debilidades que padece el rock nacional, un vistazo final reafirma que Colombia atraviesa por un momento particularmente alentador. La variedad del sonido nacional lo ubica como uno de los referentes obligados de la música alternativa de América Latina y los carteles de festivales como Rock al Parque, Cosquín Rock Colombia o Día de Rock revelan que la nostalgia y el presente pueden convivir en una misma fiesta. El periodista Eduardo Arias, locutor y cantante de la banda Hora Local, resume el panorama de manera escueta: “Hay mucho entusiasmo y ese entusiasmo me llama la atención, porque si algo está llevado del putas en este momento es la música”. Mientras el entusiasmo se mantenga, una nueva canción es posible.

Conozca el resto del especial del rock colombiano aquí.

*Historiador e investigador musical. Autor de Bogotá, epicentro del rock colombiano entre 1957 y 1975.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.