Foto: Meik De Swaan.

'Dividir para matar': de cómo un Estado puede cometer un genocidio

El sociólogo holandés, Abram de Swaan, quien nació a dos cuadras de la casa de Ana Frank durante la Segunda Guerra Mundial, expone en su más reciente libro las condiciones necesarias para que un estado cometa un genocidio.

2016/04/17

Por Catalina Holguín Jaramillo*

En 1998, la surafricana Antjie Krog escribió Country of My Skull, una memoria periodística sobre la Comisión de la Verdad creada después de la abolición del apartheid. A las voces de perpetradores y víctimas —tomadas de las sesiones a las que asistió durante dos años— se suman reflexiones acerca de la naturaleza de la verdad, la raza, la herencia y la violencia. Así, Krog entreteje un relato denso y estremecedor sobre una nación fracturada por el racismo institucionalizado. “Mientras que algunos hombres estaban en la calle matando personas negras —escribe—, muchos blancos estaban ocupados soñando con una vida sin negros: leyes distintas, servicios separados, iglesias apartadas, hogares aislados, pueblos y países divididos”.

Son justamente estas divisiones o “compartimentos” mentales, institucionales, políticos y sociales ejemplificados por el apartheid la clave para entender el nuevo libro del sociólogo holandés Abram de Swaan. Dividir para matar: Una exploración de la mentalidad genocida hace un recorrido global por distintos episodios de exterminio masivo ocurridos durante el siglo XX para así proponer una teoría sobre las condiciones necesarias para que un Estado pueda exterminar impunemente a un gran número de personas y tenga los perpetradores dispuestos a hacerlo.

El estilo del libro y las respuestas que sugiere reflejan la carrera académica de De Swaan y la amplitud de sus intereses. “Soy un científico social —explica—, entrenado en ciencia política, psicoanálisis y sociología. Pienso que la ciencia acerca de los seres humanos es una sola ciencia. Soy un generalista”. En su carrera ha escrito sobre muchos temas, desde un libro antropológico sobre médicos y pacientes de cáncer hasta un estudio sobre sistemas lingüísticos alrededor del mundo. “Soy como una culebra, siempre cambio de piel”, dice.

De Swaan nació en Holanda en el seno de una familia judía durante la Segunda Guerra Mundial. Al igual que la familia de Ana Frank, y tan solo a dos cuadras de ellos, la familia De Swaan vivió a escondidas durante dos años y medio. Y sobrevivieron, en parte, gracias al silencio de sus vecinos. “Ellos fueron extremadamente cuidadosos. Pero cualquiera te puede traicionar. Solo se necesita un traidor —cuenta De Swaan—. Una vez me paré en el jardín afuera de la casa de los Frank y claro que ves las ventanas, pero la gente se quedó callada”. Especula que el pacto de silencio que mantuvo vivos a los Frank fue una pequeña y silenciosa manifestación de resistencia al régimen nazi, “una conspiración holandesa de un grupo de gente no muy valiente”.

No es de extrañarse que una pregunta recurrente de su libro sea la responsabilidad individual y las elecciones morales tomadas por los perpetradores. La única respuesta a la barbarie no es ni el contexto ni las circunstancias. Si bien los regímenes responsables de los exterminios del siglo XX son fundamentales en su argumento, a De Swaan le intrigan profundamente los perpetradores, aquellos soldados que durante meses se dedican a asesinar a cientos de humanos. Los perpetradores no son autómatas, pero tampoco psicópatas. Es gente que toma elecciones racionales, que crea cotidianidades en torno a la barbarie, que tras el baño de sangre retorna a su vida con la complicidad del Estado, sin ningún remordimiento de conciencia. Si bien los perpetradores tienen una historia personal que determina sus elecciones, estas se enmarcan en un contexto histórico, social y cultural.

El comportamiento de los genocidas depende de cómo una sociedad ha construido su identidad colectiva. “Las identificaciones e identidades nacionales, regionales o étnicas —explica De Swaan— tienen una carga emocional muy fuerte. Te hacen sentir orgullo por alguien de tu tribu, y te hacen sentir que eres parte de algo más grande. Pero esas identificaciones también están fundamentadas en la exclusión, y esas pequeñas divisiones que existen entre grupos son usadas para incitar al odio. Por ejemplo, Donald Trump es muy hábil instigando a la gente. Es un bufón pero también un genio”. Esas divisiones se solidifican según el momento histórico y el gobierno de turno, al punto que penetran todos los niveles de una sociedad: sus instituciones, sus leyes, sus espacios físicos, su lenguaje. Este proceso, que De Swaan bautiza “compartimentación”, es fundamental para crear las condiciones simbólicas y concretas necesarias para llevar a cabo actos de genocidio.

Los mecanismos psicológicos de la compartimentación son particularmente visibles en el documental The Act of Killing (2012), de Joshua Oppenheimer, en el que un grupo de perpetradores del genocidio de comunistas en Indonesia representa ante las cámaras, sin vergüenza ni reparos, las torturas y asesinatos realizadas entre 1965 y 1966. “Al principio —dice De Swaan—, no me gustó ese documental. En el tema del genocidio hay tanta negación y tantas mentiras que uno no debe decir tonterías. No me gustaba que Oppenheimer estuviera haciendo teatro con eso. Pero caí en cuenta de que él había creado el espacio posible para que la gente en Indonesia pudiera hablar de un tema completamente prohibido. La película también crea un espacio que te permite ver que ellos no se sienten culpables ni temen ser castigados”.

“Las comisiones de la verdad —continúa— también crean espacios similares, donde los perpetradores son alentados a hablar sin miedo al castigo”. El libro de Krog pone en relieve la importancia que tienen los espacios demarcados simbólica, legal y físicamente, ya sea para cometer actos de barbarie, o, en este caso, actos de reconciliación. Si bien la comisión no fue un espacio ideal ni proporcionó una justicia perfecta, sí se convirtió en un compartimento único para invocar (y quizás entender) las atrocidades cometidas en esos otros enclaves de muerte y destrucción.

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