Foto: Joel Saget / AFP

Édouard Louis: el renacer gay de Eddy Bellegueule

En 1992, Eddy Bellegueule nació condenado. Hombre y obrero, parecía destinado a trabajar en una fábrica. De la mano de la literatura, sin embargo, cambió de piel: se transformó en Édouard Louis, un escritor gay sin apellido, sin ataduras, y no tardó en convertirse en la nueva estrella de la literatura francesa.

2016/04/17

Por Mario Henao* Bogotá

En 1991, Jennie Livingston estrenó el documental Paris is Burning. La película revelaba un mundo desconocido pero sorprendente, el de los barrios negros de Nueva York, en donde un grupo de homosexuales reproducía las imágenes dominantes, construía con ellas una nueva cultura y con ello demostraba que su intento por ser como los blancos resultaba en un producto más interesante que el modelo imitado. El documental daba cuenta de una realidad determinante: hay personas que nacen con una desventaja y con una marca que los excluye. La primera frase es la de uno de los protagonistas que recuerda lo que su padre le decía: “Tú tienes tres cosas en tu contra. Todo negro tiene dos, que es hombre y que es negro. Pero tú eres hombre y eres negro y eres gay. Vas a pasarla mal. Pero si decides ser así, vas a tener que ser más fuerte de lo que jamás imaginaste”.

Más de 20 años después, en 2014, Édouard Louis publica en París, con la editorial Éditions du Seuil, y traducida al español por Salamandra, la novela autobiográfica Para acabar con Eddy Belleguele, en la que también se revela un mundo, uno que parecía haberse superado. La novela de Louis sorprende, no porque exponga un mundo desconocido, como lo hizo Paris is Burning, sino porque demuestra la fragilidad de las ideas de igualdad, liberalismo y fraternidad, que se suponen mayoritarias en un país como Francia. Tal vez eso fue lo que llamó la atención del editor cuando recibió el manuscrito enviado por correo postal, y eso mismo fue lo que hizo que muchos otros editores lo rechazaran, por considerarlo alejado de la realidad. La historia de Eddy Bellegueule da cuenta de una situación de exclusión, la de la homofobia aún presente en la sociedad. Y como los negros de Nueva York, Eddy hizo todo lo posible por mimetizarse, pero el resultado fue su inexistencia.

Eddy Bellegueule nació condenado. También tenía tres cosas en su contra: era hombre, obrero y gay. Como hombre estaba destinado a ser un tipo duro (“Un padre reforzaba su identidad masculina mediante sus hijos, a quienes tenía que transmitir sus valores viriles, y mi padre iba a hacerlo, iba a ser de mí un tío duro”); como obrero, su camino estaba marcado para trabajar en una fábrica, en donde podría demostrar su virilidad. Pero en esa doble determinación (de género y de clase) se interpuso una fuerza y Eddy sufrió las consecuencias de un impulso que lo desviaba de su destino y que le imponía uno menos definido. Era inconcebible ser homosexual en un medio que solo acepta a los chicos duros, y en donde incluso las mujeres deben demostrar su masculinidad. Allí Eddy no podía existir. Por eso la novela se presenta como una lucha constante, no por aceptar la diferencia, sino por eliminarla, por lograr ser como los otros, por alcanzar ese destino social marcado por su origen y su género, pero del que se había desviado por “una fuerza desconocida que se adueñó de mí al nacer y me convirtió en prisionero de mi cuerpo”.

Édouard Louis, nacido Eddy Bellegueule, visitará Bogotá para la próxima FILBo. Comenta que su novela no trata sobre la diferencia y las posibilidades que esta ofrece: “Lo que yo quería mostrar era hasta qué punto es difícil para Eddy Bellegueule acabar consigo mismo. Hasta qué punto es difícil tener la voluntad de partir”. Louis afirma que este texto no es la historia de huida de un chico, sino la de un niño “que sueña ser como los otros, como aquellos que lo insultan. El libro es una lucha por la conformidad. Es muy tarde cuando Eddy toma conciencia de que debe cambiar. En este sentido el libro expone los dos movimientos: el de la voluntad de conformidad y el de transformación”. Por lo tanto, no es como Paris is Burning, donde se nos muestra una realidad que ha hecho de la diferencia un mérito.

Toda la novela es una exposición de su difícil situación, una que se sigue repitiendo en muchos niños y jóvenes del mundo. En el colegio, dos chicos golpean a Eddy. La causa es solo su inadecuación con la imagen tradicional de hombre y el estar identificado como el afeminado. “En el pasillo me preguntaron si era yo ese Bellegueule del que todo el mundo hablaba. Me hicieron esta pregunta que me pasé luego meses y años repitiéndome incansablemente. ¿Tú eres el marica? Esa pregunta, al hacérmela, me la grabaron para siempre, como un estigma, como eso que los griegos marcaban en el cuerpo, con un hierro al rojo o con un cuchillo, a los individuos que se apartaban de la norma y eran un peligro para la comunidad. Imposible librarme de ella. Lo que se me quedó clavado fue la sorpresa, y eso que no era la primera vez que me decían algo así. Nunca se acostumbra uno a que lo insulten”. Son las ofensas las que constituyen a Eddy Bellegueule y de esa imagen que representa ese nombre es de la que quiere escapar. Pero todos sus intentos son fallidos, fracasa constantemente en su intención de no ser ese que los otros ya identificaron. Eddy nos muestra que en ocasiones la identidad es algo impuesto por los otros. Dice el autor: “Si Eddy no nació diferente, eso quiere decir que se convirtió en diferente, que los otros lo volvieron así y que la diferencia es algo que se puede crear, que no hay simplemente individuos diferentes, sino que hay una forma de politizar la diferencia”.

El modelo que le dice quién debe ser viene de su propia familia, esa institución disciplinaria que moldea el cuerpo, la personalidad y las actitudes de sus integrantes. Pero él no correspondió con el modelo enseñado, sus padres y sus hermanos lo acusan constantemente de no adecuarse a la disciplina de su familia, tradición y clase social. El padre de Eddy, postrado en una cama, lo llama para decirle “te quiero y a pesar de todo eres mi hijo, mi primer chiquillo”. El papá lo perdona de una culpa que Eddy nunca pudo identificar. Pero ese mismo padre es el que le remarca su inadecuación, su homosexualidad y lo convierte en un objeto de burla. La familia, tan defendida por la tradición y “en peligro” cuando está conformada por dos hombres, rechaza a quienes no encajan con su modelo. Por eso Eddy debe ser exiliado. Lo que ocurre es que ese exilio es el punto de partida para una nueva vida. Eddy murió en el momento en que no pudo ser un tipo duro y nació, entonces, Édouard Louis, quien efectivamente cambió su nombre, renunció al apellido familiar y lo reemplazó por el nombre de su mejor amigo.

*

Las ganancias que la lucha lgbt ha obtenido hacen pensar que cada vez es más posible para un homosexual vivir plenamente en la sociedad. Sin embargo, esas ganancias se ponen en duda ante los hechos violentos que siguen ocurriendo. Hace casi dos años, en Bogotá, un joven de 16 años se suicidó después de que en su colegio lo obligaran a declarar su homosexualidad. Ser homosexual hizo que Sergio Urrego fuera acusado de acoso sexual porque tenía una relación con un chico cuyos padres no aceptarían tener un hijo gay. Para ellos, la única opción viable era pensar que su hijo había sido pervertido por un homosexual declarado.

La historia de Eddy Bellegueule no es producto de la ficción o del resentimiento de un joven por una infancia terrible: es la exposición de que estamos muy lejos de reconocer la diversidad de sujetos. Urrego y Eddy son solo dos ejemplos de lo que constantemente ocurre en los colegios, los barrios, los hogares y en la sociedad en general. Ambos tuvieron que desaparecer para poder existir, la diferencia es que Urrego literalmente acabó consigo mismo, mientras que Bellegueule desapareció de la materialidad para transformarse en una realidad literaria que permitió que Édouard Louis empezara a existir.

La novela de Louis, como el documental de Livingstone o la acción de Urrego, permiten reconocer que hay sujetos que nacen obligados a la sobrevivencia, a luchar por la existencia. Para ser alguien hay que acabar con uno mismo, de otra forma serán los otros los que den fin a la existencia del diferente. Y a estos tres ejemplos se puede sumar toda una serie de testimonios literarios y biográficos que dan cuenta del peligro que significa desviarse de la norma y del lugar que se les asigna a los que lo hacen. Jean Genet expuso en su obra literaria que para la sociedad ser homosexual es tener un vicio y que el único espacio permitido para ellos es el de lo prohibido, el del crimen y la maldad. El proceso en contra de Óscar Wilde es también una muestra de que la sexualidad no es un asunto privado, sino un problema social por el que se debe condenar a los ciudadanos. Yukio Mishima expuso en Confesiones de una máscara que alejarse de la norma es un motivo para sentirse culpable. Y la novela de Fernando Molano, Vista desde una acera, y la de Félix Ángel, Te quiero mucho, poquito o nada, son algunos de los documentos que expresan esa realidad en Colombia.

Pareciera que la homosexualidad ya no es un motivo de discriminación, pues cada vez se visibiliza más, pero no siempre es así en todos los espacios y clases sociales. Mientras el homosexualismo se convierte en un estilo de vida comercializable en consonancia con la sociedad de consumo, la homofobia y la discriminación aumentan, porque no hay un interés en reconocer las causas de esa actitud violenta, sino en disminuir las consecuencias de la exclusión y la molestia que los militantes generan. Paco Vidarte, el teórico queer español, afirma que hay una similitud en todas las historias infantiles de los homosexuales, la de haber sido víctimas del acoso escolar, de la burla y la humillación por ser diferentes. Y esa situación no ha cambiado, pues, según Vidarte, los niños siguen construyendo su identidad con base en una virilidad que los autoriza a ser violentos con los diferentes, “la raíz del problema es que el bullying rubrica la heterosexualidad de los agresores en una edad temprana donde buscan afirmar su virilidad e identidad sexual como pueden, como ven, como siempre se ha enseñado”.

Acabar con Eddy Bellegueule es necesario porque él nunca alcanzará la representación que se le ha impuesto. Renunciar al nombre es, dice el mismo Louis, “terminar con una historia y crear otra”, es darse la posibilidad de crear un destino nuevo que no solo esté marcado por lo que la sociedad impone, pues el nombre “es una manera que el mundo tiene para contarnos”, por lo tanto, darse uno nuevo es obligarse a uno mismo a contar su propia historia.

Louis explica que su nombre no tiene apellido, por lo tanto no hay una tradición familiar a la que deba responder. Esas tres desventajas con las que nació Bellegueule se desvanecen cuando el nombre cambia, porque ahora él decide a qué familia pertenecer y a qué imagen responder. Para acabar con Eddy Bellegueule es una experiencia compartida que apunta a la transformación, y Eddy, lamentablemente, tiene que seguir acabando siempre, porque aún va a seguir habiendo sujetos que tengan que desviarse de su destino y acabar con ellos mismos para poder dar lugar a nuevas formas de vida.

*Literato 

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