Cornelis Johannes Jacobus Maria “Cees” Nooteboom nació en La Haya, en 1933. Foto: Marcel Hemelrijk.

Los viajes del escritor holandés Cees Nooteboom

Sin ninguna duda, la literatura de Nooteboom hará parte del legado de este tiempo a un incierto lector futuro. Su obra permanecerá por la portentosa poesía que se encuentra en sus apuntes, novelas y reflexiones. Un viajero. Un hombre que busca a su padre. Alguien que sabe que partir es perder. Un escritor sin ínfulas. Un peregrino.

2016/04/17

Por Álvaro Robledo* Bogotá

Imaginemos a un muchacho holandés que se acerca a los 20 años. Su infancia ha transcurrido en medio del horror de la Segunda Guerra Mundial, de toda esa cobardía. No hace tanto ha terminado de estudiar en un colegio nocturno de Utrecht, luego de haber pasado por muchos otros. Empieza a trabajar en un banco pero ya sabe que lo que quiere es viajar. Sí, viajar, con todas las pretensiones y ensoñaciones que ese verbo comprende. Deja su trabajo y decide hacer autoestop por el norte de su continente. Tiene, seguro, a Jack London, a R. L. Stevenson y a Antoine de Saint-Exupéry en su cabeza. Pero más que nada en su corazón, bombeando entre sus venas.

Este muchacho pronto cumplirá 83 años y en pocos días estará en Bogotá como uno de los invitados de honor en la FILBo, a la edad en que muchos otros están perdidos dentro de una cabeza que ya no aguanta más, intubados o en una silla de ruedas. Hablará, sin duda, sobre sus viajes, la médula que ha recorrido su vida y que, para bien y para mal, le ha servido de etiqueta dentro del mundo literario. ¿Quién sabe de viajes? ¿Quién ha escrito sobre diversos recorridos que van y vienen sobre las vías de este planeta? ¿Quién ama la literatura de viajes y sus autores? ¿Viajes? Cees Nooteboom.

La etiqueta es otra parte de su equipaje. Ese muchacho que ahora es un viejo ha sabido darle la vuelta a esa realidad inevitable para sus compañeros de especie y lo que en algún momento podría haber sido visto como pretencioso o pedante ha sabido transformarlo en arte. Él: “Recuerdo esa puesta de sol inolvidable frente a la unión entre el Tigris y el Éufrates acompañado por un vaso de arak” que algunos compatriotas míos, también escritores, podrían haber escrito sin mayor compasión y sobre todo sin gracia, ha sido transformado en algo distinto por el tiempo y por la constancia, en algo de eso tan esquivo que llamamos belleza. De tanto ir a la fuente supo romper el cántaro. Y sus fuentes han sido la literatura y los viajes, entremezclados. Sabe que la literatura es a menudo un camino que sirve para descubrir el interior de la propia alma, que la literatura es una metáfora del viaje. Me responde cuando le pregunto qué ha representado la experiencia del viaje en su vida: “Toda mi vida ha sido el viaje. Escribir ha estado, desde sus inicios, íntimamente conectado con esa experiencia del viaje. Mi primera novela, Felipe y los otros (edición original danesa de 1955), fue en parte ficción, parte una inspiración tomada de mis viajes realizados haciendo autoestop a Suecia y a Dinamarca en los primeros años de la década del cincuenta y mis primeras visitas a Arles y a la Provenza, en el sur de Francia. Lo mismo ocurre con novelas posteriores, como Paraíso perdido, en la que dos muchachas brasileñas viajan a Australia. Nunca hubiera podido escribir este libro si no hubiera visitado muchas veces esos dos países”.

Desde que era un muchacho decidió partir, como muchos de sus ancestros. Los holandeses, tal vez cansados de la planicie, deciden pronto levar las anclas. Desde ese entonces no ha parado de moverse por el mundo. Con el tiempo ha ido acompañando sus viajes con ideas. Ideas a las que, en ocasiones, prefiere nombrar como meditaciones. En Hotel Nómada, uno de los libros que más explora la naturaleza del viaje, nos ofrece una de ellas: “El verdadero viajero se halla continuamente en el ojo del huracán. El huracán es el mundo; el ojo, aquello con que el viajero contempla el mundo. La meteorología nos enseña que en el interior de este ojo reina la calma, tal vez la misma calma que en la celda de un monje. Quien aprenda a mirar por este ojo quizás aprenda también a distinguir lo esencial de lo fútil o, cuando menos, a ver en qué se diferencian en qué son iguales las personas y las cosas”. Muchas veces compara la vida del viajero, del aventurero, con la vida monacal. El viajero no hace más que, en últimas, moverse dentro de los confines extensivos de su propia celda, una celda inmensa que es el mundo, si queremos verlo así. Cees lo hace, sin duda: “El mundo –con toda su fuerza dramática y su absurda belleza y su asombrosa turbulencia de países, personas e historias– es un viajero él mismo en un universo que viaja sin cesar, un viajero de camino a nuevos viajes”.

Lo único que cambia es la manera en la que medimos el tamaño de nuestra celda. Aquí volvemos al punto de lo macro y lo micro, del arriba y el abajo, del adentro y del afuera, que el místico, el tonto y el iluminado saben que son uno y el mismo. Escribe Cees en sus respuestas a mis preguntas: “El viaje, la peregrinación y la vida son metáforas las unas de las otras. Todas simbolizan a su propia manera nuestro largo recorrido por lo que la Biblia ha llamado este valle de lágrimas”. Luego la celda del monje trapense o esa otra celda que es el mundo viajan al tiempo por el cosmos. Y a la misma velocidad. Ambas no quieren pertenecer a nada y recopilarlo todo. Para eso nos quedan las palabras: “Recuerda, nunca estás en alguna parte que no tenga un nombre, en la montaña, en un lugar con un nombre que fue inventado por otros –siempre permaneces en una u otra palabra: nunca vista, hace tiempo olvidada–, una palabra que alguna vez fue escrita por primera vez. Siempre estamos en palabras”, comenta Nooteboom en una de sus meditaciones conscientes dentro de El desvío a Santiago. Sabe que después del viaje regresamos “más vacíos aún”, pero cargados con palabras. “El viaje estimula los ensueños y las fantasías, sobre todo allí donde lo visible no puede ser enteramente nombrado”.

El camino de Santiago de Compostela y España toda han sido unas de sus obsesiones, una tierra en la que se ha sentido, por momentos, en casa. Recuerdo que hace casi dos décadas leí por primera vez su Hotel Nómada, mientras yo también vivía en España y soñaba con viajar y todas esas cosas. En uno de los apartados del capítulo Hotel Nooteboom 1 recuerdo haber leído la frase: “Un portero que a uno le gustaría haber tenido de padre”, cuando habla del portero del hotel Ritz de Barcelona. No sé muy bien por qué esta frase se quedó grabada en mi memoria, que ahora no funciona tan bien como antes. Por ese entonces tenía una relación más bien lejana con mi padre, por lo que tal vez la frase quedó rebotando dentro de las paredes de mi cabeza como una bala en una mina. Tengo esa duda atorada durante años que son días y que son horas y le pregunto, tal vez intentando hacerme un poco el interesante: “¿Por qué los viajes son un espacio privilegiado para la revelación posible de una vida más auténtica o contemplada por primera vez y que rompen el yugo de la convención?  Esta pregunta la hago pensando en Hotel Nómada, en el aparte en el que usted habla del portero del hotel Ritz de Barcelona, a quien usted sentía o hubiera querido ver como a su padre”. Él me responde, generoso: “En ocasiones los lectores me sorprenden, sobre todo cuando están buscando un significado especial en algo que escribí inocentemente. La pieza a la que haces referencia es algo que escribí hace 35 años. No recuerdo particularmente a este portero. Tu pregunta me intrigó, por eso tuve que buscar ese pasaje. No releo con frecuencia mis libros y a menudo los lectores me sorprenden con sus preguntas, cuando ven algo que el escritor no vio aun cuando lo hubiera escrito. Esto es bien misterioso, pero encaja en mi teoría de que un libro consta de dos personas: el escritor y el lector. Y aunque en ocasiones un libro pueda tener muchos lectores, para mí siempre hay solo uno: la persona que lee el libro en solitario en una esquina. Es el lector quien termina el libro con el escritor, y lo finaliza a su propia manera: el escritor no puede decirle al lector cómo leer el libro. Entonces, para este caso particular, has señalado a ese portero. En ese sentido la pregunta parece tener más que ver contigo que conmigo, porque no solo no lo recuerdo sino que no pude encontrarlo. Quizá tiene que ver con el hecho de que crecí sin un padre. Tal vez todavía lo estoy buscando”.

Nooteboom, en este momento de su vida, sabe como pocos que estamos hechos de tiempo y de palabras, que todo lo que tal vez buscamos, más que permanecer, es desaparecer, luego de respondernos un par de preguntas que solo son importantes para nosotros mismos. Ese es uno de los puntos del viaje: desaparecer. “Si lo que quieres es integrarte en un nuevo mundo, hay mucho que debes dejar en casa. Tus máscaras ya no sirven. Para un bereber de Goulimine, tú podrías ser tanto de Ohio como de cualquier otro lugar, lo que significa que todos los matices que confirman nuestra identidad, conquistados con dolor y esfuerzo a lo largo del tiempo, se desvanecen”.

Viajar, vivir y escribir son formas distintas de existir, pero ante todo, de desaparecer. Tienen que ver con la escritura, con la lectura, pero sobre todo, con la vista, con una forma de mirar. Dejamos por un tiempo nuestra estela brillante de babosa sobre la tierra, con suerte un par de libros permanecerán durante unos años que pueden ser décadas o siglos, todo eso creado para el olvido, equipaje de ese vehículo en el que todos viajamos por el cosmos y que también se detendrá algún día.

Cees ha viajado, escrito, leído y vivido mucho. Al menos así lo dice la etiqueta que leemos cuando sabemos de él en un artículo escrito por algún periodista con afanes y que no puede abstenerse de ser obvio porque le teme al silencio, otra búsqueda de nuestro autor en medio del ruido. Probablemente sonreirá con el comentario, ya tan común para él como oír su apellido tras su nombre en un puesto de aduanas. Sí, ha viajado mucho y ha leído y escrito mucho, sin saber muy bien qué es lo que ha estado buscando. ¿Fama? ¿Experiencias? ¿Silencio? ¿Reconocimiento?¿A su padre? Tal vez todas las anteriores y ninguna. Y si le preguntan sobre los viajes nos responderá, muchacho de 83 años ahora sí sabio, quizás a pesar de sí mismo: “Tal vez no debiera atribuirme el título honorífico de nómada, no soy un tuareg, no soy un peregrino medieval camino de Jerusalén o de Santiago, no soy un aborigen recorriendo el vacío infinito del desierto australiano, donde a los dos días moriría de hambre y de sed por no ser, como ellos, capaz de descubrir agua y alimentos bajo el rastro más oculto”. Sabe que “el auténtico viajero vive de su desgarramiento, de la tensión entre el volver-a-encontrar y el volver-a-dejar, y al mismo tiempo ese desgarramiento es la esencia de su vida, no pertenece a ninguna parte. En el todas-partes que frecuenta constantemente faltará siempre algo, es el eterno peregrino de lo carente, de la pérdida…”. Tal vez, como el mundo.

*Escritor y editor 

El escritor Cees Nooteboom estará el sábado 23 de abril de 2016 en la Feria Internacional del Libro de Bogotá
Hora: 2:00pm
Lugar: Auditorio José Asunción Silva 

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