Fermín Muguruza en Sidney, en 2013. Foto: Juan Naharro Gimenez / Gettyimages

Fermín Muguruza: ska, punk y novela gráfica

El fundador de Kortatu y Negu Gorriak, dos de las bandas ska punk y hardcore esenciales de los años ochenta y noventa en España, y en particular del País Vasco, viene a la FILBo a presentar su libro 'Black is Beltza' y un documental sobre Nueva Orleans a diez años de la tragedia del Katrina. Retrato de un compromiso con la vida.

2016/04/17

Por Sebastiá Jovani* Barcelona

«Irakatsitako Historioa /
Hitzaileek Idatzi Zuten
La Historia que nos enseñaron /
la escribieron los asesinos»
Negu Gorriak

A mitad de la década de los ochenta, el Estado español vivía sumergido en una laguna Estigia a la que, sin embargo, se le otorgaba categoría de oasis tropical. La cacareada transición hacia la democracia, obra de un protocolo de sabios cuyos miembros ideológicos (tardofranquistas, pequeñoburgueses trepadores, comunistas anémicos o socialdemócratas invertebrados, entre otros) harían temblar a los temidos Siete de Sión, fue en realidad la institucionalización de un barbecho político gestionado desde la amnesia histórica y la urgencia del libre mercado. Eso sí, se cantaba a la libertad, a la concordia, a espantar los miedos y la ira, porque “hay libertad y (ojo al detalle) si no la hay, sin duda la habrá”, como cantaba el grupo Jarcha, en un fragmento de la canción Libertad sin ira, que sirvió como cantinela promocional para la salida al mercado del rotativo Diario 16, en 1976, pero que enseguida fue incorporada al imaginario colectivo como himno de la Transición.

Enterrado el caudillo Franco se limó la áspera angulosidad iconográfica de una dictadura sangrienta y longeva como pocas, pero el sustrato sociológico, cultural y político que la había mantenido en pie incluso cuando parecía ya no ser capaz de sostenerse se había garantizado la permanencia en escena por medio de calculadas estrategias de maquillaje y un oportuno cambio de sastrería.

Armado el enredo, lo que se despliega en los años venideros es el triunfo de la posmodernidad más trivial y grosera: la de la política estetizada, los guaperas, las discothèques ideológicas, el horizonte olímpico, la deforestación de la jungla industrial y la reconversión del Estado en una oficina de servicios e intercambio de postales. Un enésimo milagro, un verdadero espectáculo de carácter ejemplar en el que el franquismo es prudentemente obviado, la utopía marxista lánguidamente abandonada y el libertarismo arrinconado en los puntos ciegos de callejuelas que apestan a orines, secreciones tóxicas y alcohol inflamable.

Aunque por supuesto la realidad es tozuda, cabezona y se entesta en sacar la cabeza en forma de episodios indeseables. El underground cultural y la rabia periférica martillean sin contemplaciones allí donde tienen la ocasión de mancillar el mármol (si bien en muchos casos acaban devastados por la heroína, una plaga cuya redundacia y potencia genera más de una suspicacia); la lucha obrera vive situaciones de recrudecimiento motivadas por la implacable aniquilación del tejido industrial (el caso de los Altos Hornos de Bilbao es un botón de muestra ejemplar) y por las grietas del artificio territorial amalgamado a trancas y barrancas desde la mismísima tropelía monárquica de los Reyes Católicos (eso llamado España) empiezan a surgir brotes de cólera y sangre que traspasan el marco de la ya inadecuada “resistencia antifranquista”.

Es en las brasas de ese mapa tramposo, esquizofrénico, donde el rock, desenfrenadamente mutado con el punk y con el ska, abre la veda de una nueva radicalidad y de un posicionamiento político visceral, carente de toda flemática intelectualizada. Y es en Euskadi, en el País Vasco donde adquiere uno de sus mayores puntos de ebullición justo a mediados de esa milagrosa década de los ochenta. Lo que vendrá a denominarse Rock Radical Vasco. Y entre aquellos nombres uno destaca de manera sintomática: Kortatu. Es en las filas de Kortatu (pero no solo en ellas, sino en las de todo el ecosistema al que la banda pertenece y del que se impregna, en todas las líneas del frente en las que se posiciona como artefacto de agitación musical, política y cultural) donde empieza la singladura de Fermín Muguruza por el desfiladero del compromiso y la ingobernabilidad.

Recordando cómo prendía en esa época la chispa de la rabia, cómo se interconectaron la identificación con la causa del territorio de Euskal Herria y la pasión internacionalista, Muguruza narra lo siguiente: “Con 14 años pintaba una bandera ilegal en todos los lugares en los que podía. Esa bandera estaba prohibida y al llevarla pintada en mi carpeta, un día al salir del colegio había un grupo de antidisturbios de la policía y uno se dirigió a mí. Vio que intentaba taparla y me dio un porrazo en la mano que hizo que la carpeta cayera. Después pisoteó la carpeta. Me dolió más la humillación que el golpe, pero hoy en día cada vez que cierro el puño internacionalista, cinco continentes en uno, y lo levanto, veo ondear la bandera vasca”.

La resistencia

Kortatu empezó en 1984, fundado por Fermín y su hermano Iñigo. En sus canciones, en sus conciertos y acciones públicas, en su iconografía respiraba esa voluntad de combatir la humillación. Revertir el curso de unos acontecimientos que en el País Vasco, en particular, y en el Estado español, en general, reflejaban la impunidad con la que los resortes del poder pisoteaban no solo banderas sino también derechos, aspiraciones legítimas, memorias y formas materiales de subsistencia. Kortatu nació como un encadenamiento de gritos de rabia (proferidos en castellano y en euskera) contra esa impunidad, gritos en los que se señalaba sin pudor a culpables y cómplices y cuya reverberación era como un reguero de pólvora que armaba la munición de todo un pueblo. La única munición de la que disponía después de que la guerra que siguió al levantamiento fascista de 1936 y la Historia con mayúsculas (ya saben, esa que Walter Benjamin decía que siempre la escriben los vencedores) impusieran la tiranía única de sus armas, sus banderas y sus consignas.

Parece que ha pasado mucho tiempo, no ya desde esa década de los ochenta, en la que se percutió la espoleta de Kortatu (y junto a ella la de otras muchas formaciones como Cicatriz, Eskorbuto, Hertzainak, Vulpess, cada una de ellas librando particulares y necesarias batallas), sino desde ese 1936 que marcó el inicio de la miserable epopeya fascista en España (y también en el resto de Europa). Pero la historia es en realidad algo bastante más minúsculo, un organismo moroso cuyo avance resulta lento, en ocasiones poco significativo, cuya vida apenas si presenta a veces cambios sustanciales. Un ser vivo que puede llegar a confundirse con un fósil de sí mismo, una huella petrificada.

“La historia de la humanidad no avanza a la velocidad que algunos quisiéramos y en este periodo de tiempo que nos ha tocado vivir, donde el capitalismo del desastre se ha convertido en un gran negocio, los de abajo tenemos que estar en alerta permanente”, dice Muguruza. Y agrega: “Este es un mundo minado, lleno de trampas. La trinchera es el lugar donde refugiarte, tomar respiro, reconocerte con el de al lado. La trinchera es el barrio, la comunidad. El grupo Rage Against the Machine hizo una poderosa canción titulada Conoce a tus enemigos y yo repliqué con otra: Conoce a tus amigos”.

El vocabulario que emplea Fermín Muguruza a la hora de hablar sobre esa Historia con mayúscula no deja lugar a dudas: el asunto compete al conflicto abierto, a la lucha sin cuartel. A la guerrilla, entendida en un sentido amplio, no siempre metafórico.

El proyecto musical que siguió a Kortatu, Negu Gorriak, ahondó más, si cabe, en esa manera de armar y articular el activismo cultural y el compromiso político. En ocasiones uno tenía la sensación, en medio del pogo que estallaba en sus conciertos, que se estaba en realidad preparando para la guerra. Una guerra incierta que podía surgir en cualquier rincón (prepara tu mente / para encontrarnos en la línea del frente, había proclamado ya Kortatu en 1986) y que obligaba a mantener tenso y tonificado ese estado de alerta del que habla Muguruza. Si podía hacerse por medio del baile, aunque fuera un baile rabioso, violento, mejor (si no se puede bailar no es mi revolución); pero nada aseguraba que la coreografía no pudiera mutar en un barrizal de auténtica pesadilla bélica, de verdadero conflicto a fuego y sangre.

Negu Gorriak significa Crudo Invierno en euskera y eso es precisamente para lo que músicos y seguidores llevaban a cabo en sus actuaciones, escuchando sus discos: prepararse con todos los recursos a su alcance para la llegada de ese crudo invierno en el que sobrevivir va a resultar especialmente complejo porque, como apunta la canción Borreruak Baditu Milaka Aurpegi (del disco homónimo de Negu Gorriak), el verdugo es el hombre / de las mil caras.

La carrera de Fermín Muguruza y la peripecia de sus distintos proyectos ha ido siempre acompañada por la sesgada perspectiva que los poderes fácticos y la moral pública y mediática han aplicado a su compromiso con la libertad de Euskal Herria y con la lucha política y social de la izquierda abertzale (término que en euskera significa “amante de la patria”). El asunto del terrorismo de eta (que se ha procurado siempre limitar desde las instituciones a una cuestión jurídica y policial cuando en realidad se trata de un problema de corte eminentemente político, como todas las luchas armadas que competen a las aspiraciones de libertad de un pueblo o territorio), de la kale borroka (lucha callejera) y de todo lo asociado a la resistencia que buena parte de la sociedad vasca ha mantenido frente a la sectaria dominación que las oligarquías políticas españolas han impuesto intramuros del territorio estatal ha situado a Fermín Muguruza y a otros muchos en la picota de una pretendida polémica que buscaba, y sigue buscando, el socavamiento ético de su compromiso elaborando un perfil que en todo caso estaba más cerca de la caricatura tendenciosa y que se basa en el uso hegemónico de la violencia y en el dogmatismo del juicio de valor: “La organización actual del sistema basado en el neoliberalismo es terroríficamente violento. Que el terrorismo de Estado se adjudique el monopolio de la violencia como algo legítimo es algo que no acepto. El 26 de septiembre de 1975, víspera de los últimos fusilamientos ordenados por Franco, pude ver manifestaciones de protesta desde la ventana de mi casa. Tenía 12 años. Enseguida supe de qué lado de la barricada tenía que estar. Cuando alguien me llama filoterrorista, mi respuesta es: “‘Como Nelson Mandela’”.

Dirimir de manera ecuánime estas consideraciones sobre la violencia y la resistencia social debe resultar algo tan obligado como complejo ahora que Muguruza será uno de los autores invitados a la próxima FILBo con motivo de la presentación de su novela gráfica Black is Beltza. Colombia acumula en la piel y en las vísceras de su historia reciente mucha y legítima experiencia acerca del concepto de violencia. Una experiencia en la que a menudo se interconectan de manera confusa facciones, usos y abusos de la lucha armada, términos tan sobrecargados de exposición pública como “ejército”, “guerrilla” o “paramilitar”. Habrá sin duda quien no perderá ni un instante en asediar de manera interesada y deforme el compromiso de Muguruza, buscando hacer de él algo parecido a un mercenario transformista, un soldado de fortuna parapetado tras el ropaje del arte y de la cultura. Pero cualquiera que haya seguido con cierto tino su trayectoria sabe que eso es una falacia solo al alcance del cerebro de un cretino. Cuando Muguruza repasa los focos en los que más recientemente se aposenta su carrera el resultado es diáfano. La x de la ecuación sigue poniendo en primer plano el arte, la música en este caso. La cultura y su vertiente crítica siguen siendo los catalizadores de la resistencia, cada vez más transversal y cada vez más internacionalista (a pesar de que esa bandera que llevaba Fermín Muguruza hace ya 38 años y que la policía pisoteó siga remitiendo a la realidad intrínseca e intransferible del pueblo vasco).

“Mis dos áreas de trabajo fundamental en los últimos años son la música y el documentalismo. Mi último documental, que podrá verse en la FILBo, está dedicado a la ciudad de Nueva Orleans, diez años después del Katrina. Una ciudad con habitantes orgullosos de pertenecer a ella, sabedores de que se han convertido en un símbolo de resistencia comunitaria, pues si no llega a ser por ellos Nueva Orleans probablemente hoy no existiría. La celebración de la vida y la muerte a través de la música es algo único en esa ciudad. Y aquí, en el País Vasco, sigue teniendo esa función social, quizá menos que en otros años, pero la respuesta que dimos al desalojo de Kortxoenea, un espacio autogestionado, o hace 15 días cuando nos visitó Angela Davis y organizamos un concierto que emocionó a la propia Angela y que nos hizo saber cómo se puede sentir ser libre, parafraseando a Nina Simone. Es en esos momentos en los que sigo sintiendo cómo la música, el arte, la creación en el País Vasco siguen siendo imprescindibles y pienso que los músicos somos parte esencial de esta sociedad”.

Y sobre todo late en todo ello una apelación radiante, furibunda: no hay que ceder. No hay que ceder terreno al desánimo ni al silencio. Hay que hacer de la resistencia una forma de entusiasta perseverancia vital. “No podemos enfermar ante la epidemia de escepticismo. Hace poco los fascistas españoles gritaban ‘Viva la muerte’, y nosotros perseveramos: ‘Viva la vida’”.

*Escritor catalán

Juan David Correa, director de la revista Arcadia, conversará con Fermín Muguruza, seguido de un acto musical en la FILBo 2016
Fecha: Domingo 1 de mayo
Lugar:Carpa VIP
Hora: 6:00pm 

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