El cuadro La ronda nocturna (1642), de Rembrandt. Foto: Cortesía Rjksmuseum.

Holanda: una mirada desde la cultura y la literatura

En Holanda hay una librería por cada 10.000 habitantes y por lo menos un millón de personas escribe. Pero, más allá de las cifras, su literatura refleja la mentalidad del país: sus comienzos democráticos, su pasado imperialista y su fijación con la moralidad.

2016/04/17

Por Christopher Tibble* Ámsterdam

Los hombres, adustos y dispuestos, se preparan para el combate. Circundan al capitán Frans Banninck Cocq, varias veces alcalde de Ámsterdam y yerno de uno de los fundadores de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, la primera corporación multinacional del mundo. Hay abogados, banqueros y comerciantes, incluso un mercante de vinos. La pálida luz del norte de Europa, empleada con maestría, se vierte sobre el líder y un acompañante, al tiempo que las figuras lindantes, armadas con fusiles y tambores, se disponen a defender al gremio que, gracias a la inmensa prosperidad de la época, los ha convertido en algunos de los empresarios más poderosos del mundo.

Abierto al público en 1885, el actual edificio del Rijksmuseum –la respuesta del país al Louvre– se alzó como el símbolo máximo del nacionalismo holandés. Después de que Napoleón trasladó la sede del museo a Ámsterdam en 1808, y tras un siglo marcado por conflictos y la búsqueda de identidad, Holanda quería consolidar su patriotismo en un edificio. Pero, por su diseño en parte renacentista, y a pesar de que no tardó en agrupar las principales obras de arte del país –que hoy supera el millón de objetos–, muchos protestantes rechazaron la estructura comparándola con una catedral. El rey Guillermo III, de hecho, no acudió a la inauguración y luego, indignado, añadió: “Nunca voy a ir a ese maldito monasterio”.

La similitud del museo con una iglesia, sin embargo, no se limitó a la fachada: el arquitecto Pierre Cuypers lo diseñó para que solo al final del recorrido, en la parte delantera de la nave central, en el espacio reservado para el púlpito, donde el cura pronuncia la misa, el visitante encontrara la manifestación más sublime y absoluta del genio holandés: el cuadro del capitán Banninck y su milicia: La ronda nocturna, de Rembrandt. El lienzo, elaborado en 1642, representa la cúspide del Siglo de Oro, cuando el país, en medio de su independencia de España, se convirtió durante por lo menos dos décadas en el principal imperio del mundo. “Es el cuadro más sagrado de nuestra historia”, dice Marko Kassenaar, empleado del museo.

Pero la obra, por encima de su grandilocuencia y de representar a una élite, devela una característica esencial del pueblo holandés: al igual que el resto del arte de la época, los sujetos pictóricos no son reyes o nobles o santos: son neerlandeses. Pues Holanda, antes de ser una monarquía o un imperio, fue una democracia. “Esta es una nación hecha por el ser humano –afirma Koen Sizoo, jefe económico de la embajada del Reino de los Países Bajos en Colombia entre 2013 y 2015–. Los ingleses dicen que ‘Dios creó la tierra y los holandeses crearon Holanda’. Tienen razón, pues tuvimos que ganarle una parte del terreno al mar. Acá la naturaleza es artificial. Este es el país de las líneas rectas. Y así somos nosotros. Desde el siglo xii, todos, ricos y pobres, han tenido el mismo interés en trabajar juntos para luchar contra el agua. De eso, decimos nosotros, viene nuestra democracia: la primera parte de nuestra organización estatal fueron los consejos de agua. Y también de ahí, como teníamos que colaborar, viene nuestro sentido de la igualdad”.

Ese sentimiento igualitario, más adelante exacerbado por la doctrina de Juan Calvino, se manifiesta en la idiosincrasia holandesa, en expresiones sutiles como no cerrar las cortinas de las casas –para mostrar que no se esconde nada–, en no gastar de más en comida o ropa, en la frugalidad, pero también en la misma organización política del país, donde el primer ministro no es una figura con poderes excepcionales, sino apenas el funcionario más destacado del gabinete. También está presente en los cuadros de Rembrandt, Frans Hals o Johannes Vermeer, en los que muchas veces la gente del común son los sujetos, por no mencionar los primeros esfuerzos creativos de Van Gogh, como Los comedores de papas (1885). Y, finalmente, esa tendencia al realismo, a la moralidad, también se encuentra, como se lee en el ensayo del académico Onno Blom La huella dactilar de Dios, en la literatura del país.

Los libros

Para algunos, como Bárbara Den Ouden, gerente de becas de ficción de la Fundación Holandesa para las Letras, el inicio del canon literario neerlandés tiene nombre propio: Max Havelaar (1860), la gran novela de Multatuli –el pseudónimo de Eduard Douwes Dekker–, una crítica a las políticas coloniales de Holanda en Indonesia, país bajo yugo neerlandés entre 1602 y 1949. El éxito de la obra, hoy traducida a 34 idiomas, no solo fue consecuencia de la trama, sino de sus repercusiones jurídicas: al mostrar las míseras condiciones de vida de los indonesios, la novela impulsó la creación de la Política de Ética Holandesa en 1901, una ley con la que el gobierno se responsabilizó por el bienestar de los nativos. Para el novelista indonesio Pramoedya Ananta Toer, Max Havelaar fue “el libro que destruyó el colonialismo”.

Casi un siglo después de la publicación de la novela de Multatuli, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, y sin descontar los méritos de quienes escribieron durante esos años, como Menno ter Braak y Edgar du Perron, surgió la primera gran generación literaria holandesa. Se trató de tres escritores jóvenes, conocidos como Los Tres Grandes, que redefinieron el curso de las letras de su país y que, como el autor de Max Havelaar, se esforzaron por explorar las consecuencias morales y los matices de las tiranías, en este caso la de Hitler: W.F. Hermans, Gerard Reve y Harry Mulisch. El primero denunció la heroica imagen de la resistencia holandesa durante los años de la ocupación, el segundo utilizó el humor y su homosexualidad para retratar los años del conflicto y el tercero, paradójicamente hijo de un colaborador y de una judía, se concentró en examinar su pasado personal. En esos años también germinaron figuras literarias femeninas como Hella S. Haasse, “la gran dama de la literatura holandesa”; la adolescente Ana Frank, cuyo diario ha sido estudiado en colegios alrededor del mundo; y Annie M. G. Schmidt, “la reina de la literatura infantil neerlandesa”.

En la actualidad, y para seguir con los trípticos, Den Ouden identifica una triada de corrientes literarias, todas ancladas en las tradiciones novelísticas del país: “En la primera están los escritores que permanecen cerca de casa, que escriben de manera calvinista sobre vacas y fincas y ellos mismos. Un ejemplo es Gerbrand Bakker, autor de Todo está tranquilo arriba, que ganó en 2010 el Premio Literario Internacional Impac de Dublín. Luego hay autores a quienes sí les gusta viajar, que son más cosmopolitas, más sociables, como Cees Nooteboom y Tommy Wieringa, que estarán en la Feria del Libro de Bogotá. Sus novelas se desarrollan en muchos países y son el producto de sus viajes. A la tercera categoría pertenecen los escritores de novelas psicológicas, donde la trama es menos importante que el mundo interno de los protagonistas, como es el caso de Roxy, la novela de Esther Gerritsen que se traducirá para la FILBo”.

Hay, como es natural, excepciones. Entre ellas, cabe destacar La cena (2009), de Herman Koch, uno de los invitados a la feria. La novela, con más de dos millones de ejemplares vendidos alrededor del mundo, es el libro holandés más exitoso de la última década. Trata –oh, sorpresa– de un conflicto ético: dos parejas burguesas se reúnen en un restaurante elegante para discutir sobre sus hijos adolescentes, quienes incineraron a un indigente en un cajero automático.

Pero, más allá de las posibles generalizaciones y los temas recurrentes, cuando se habla de literatura y Holanda no hay que obviar el contexto. “Leer y escribir es importante en Holanda –dice Mireille Berman, especialista de no ficción en la Fundación para las Letras Holandesas–: en este país hay alrededor de 17 millones de personas y por lo menos un millón escribe diarios, poemas o quizá novelas secretas. Tenemos una librería por cada 10.000 personas (en Colombia hay una por cada 80.000), 96 editoriales grandes, además de muchos clubes de lectura y festivales”. Una cultura lectora que, no sobra decirlo, no solo superó la crisis financiera de 2008, sino que en el último lustro ha aprendido a aprovecharla.

La crisis y la oportunidad

Cuando el mercado estadounidense de préstamos hipotecarios de alto riesgo desató la peor recesión económica de los últimos tiempos, el mundo editorial holandés sintió los efectos. Según un informe de cpnb, una organización privada en Ámsterdam que representa los intereses de las editoriales, librerías y bibliotecas, los ingresos por ventas de libros pasaron de más de 600 millones de euros en 2009 a menos de 500 millones en 2014; en ese mismo lapso el número de libros vendidos bajó de 50 millones a 36 millones y cerraron 54 librerías (de 1.523 a 1.471) y unas 70 bibliotecas públicas. El año pasado, sin embargo, la cantidad de títulos vendidos subió a 39 millones, un alza que, como explica Gijs van Schunselaar, director diputado del cpnb, tiene que ver con que ahora “la gente ha vuelto a tener fe en la economía”.

La mentalidad del mercado editorial, de todas formas, ha cambiado. Y para bien. “En los noventa, cuando los holandeses leían en promedio 24 libros al año (ahora leen entre siete y ocho mientras que en Colombia se leen 1,8), se pensaba que si se publicaban muchos libros habría por lo menos un par de best sellers para justificar el resto, pero ahora, porque la situación está más difícil, intentamos tener más cuidado y los editores corrigen los libros unas ocho veces antes de publicarlos”, dice Marijke Nagtegaal, de la editorial De Bezige Bij, para quien esa nueva meticulosidad se traduce en mejor calidad literaria.

Para Maarten Asscher, director de la librería Athenaeum, ubicada en el corazón del distrito bohemio de Ámsterdam, la crisis económica de 2008 demostró ser una oportunidad interesante: “Muchas editoriales redujeron su catálogo, algunos grandes conglomerados decidieron que la literatura no era para ellos, quebraron las cadenas gigantes, que en su momento controlaban un 25 % del mercado. Todos fuimos confrontados con nuestras propias posibilidades. El lado bueno de la crisis es que empezaron a surgir muchas editoriales independientes y generó gran entusiasmo en torno a los factores de la independencia, a ver a las editoriales como entidades reconocibles y no como gigantes anónimos, a ver a las librerías como espacios tan importantes como la casa o la oficina. Ese es el futuro: ser de tamaño mediano. En la crisis se creó una atmósfera de inspiración, unos nuevos niveles de perfección a los que ahora todos apuntamos. En un palabra, nos exigió repensar tanto las ventas como la creatividad, dos elementos que, en mi opinión, siempre deberían estar ligados”.

Asscher celebra, entre otras cosas, la política de los precios fijos, que obliga a las librerías a vender los libros de acuerdo con el precio decidido por las editoriales. Así el campo de batalla se nivela. Pero Asscher celebra, sobre todo, una victoria moral: que gracias a la recesión producida por los banqueros, la nueva meta de las librerías y de las editoriales es ser independientes y de tamaño módico. “Nuestra rentabilidad es del 1, 2 o 3 % al año, pero no tenemos que satisfacer a inversionistas o a bancos –ríe sentado en el último piso del Athenaeum–, y claro, no creo que ahora a los bancos les interese un mercado como el nuestro”.

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