¡Date una vuelta en bici!, ilustrado por Philip Hopman y escrito por Joukje Akveld, fue traducido al español para la FILBo. Foto: Cortesía Editorial Querido.
  • Pluk es uno de los personajes más conocidos de la escritora Annie M. G. Schmidt y del ilustrador Fiep Westendorp. Foto: ©FIEP Amsterdam BV; FIEP Westendorp Illustrations.

La literatura infantil holandesa: un referente mundial

En los años cincuenta, la literatura infantil holandesa dio un giro de 180 grados y empezó a consolidarse como un referente mundial. Una editora, un escritor y un ilustrador explican en qué sobresale del resto de los países.

2016/04/17

Por Francisco Giraldo Jaramillo

Tiuri, un joven de 16 años que va a ser nombrado caballero al día siguiente, está en una capilla pasando la noche en vela. No habla, no se mueve y no hace caso a los ruidos extraños, tal y como lo dicta la tradición de la Caballería. En medio de la noche llega un desconocido que con insistencia llama su atención. Incumpliendo las normas, pero siguiendo su intuición, Tiuri decide atender al extraño visitante: este le encarga una carta que debe ser entregada sin demora al Caballero Negro de Escudo Blanco, quien tiene que enviársela al rey de Unawen, un reino vecino. Tiuri, al ver que el Caballero Negro de Escudo Blanco está malherido y que es incapaz de cumplir con la misión, decide llevar él mismo la carta, desobedeciendo todas las reglas y corriendo incontables riesgos.

Así inicia Carta al rey, de Tonke Dragt, uno de los clásicos más importantes de la literatura infantil holandesa. Luciënne van der Leije me confió que hace poco le leyó esta historia a su hijo de 9 años, y que después de unas cuantas páginas, este último afirmó sin rodeos: “Es el mejor libro que he leído en mi vida”. Y no es para menos: en 1963, un año después de su publicación, Carta al rey recibió en Holanda el premio a mejor libro infantil del año, y en 2004 ganó el Griffel der Griffels (el “premio de premios”): fue seleccionado, entre los ganadores a mejor libro infantil del año de los últimos 50 años, como el mejor libro para niños de la segunda mitad del siglo XX en Holanda. Y es que Carta al rey no es un típico cuento de hadas, sino que consiste en una verdadera novela histórica, afirma tajante Van der Leije (que trabaja precisamente para WPG, el grupo editorial que publicó este libro hace 53 años): es una compleja pero dinámica narración que elabora un mundo ficticio donde entran en juego temas tan reales como la tradición, la nobleza, la lealtad, la valentía y la traición.

Desde hace varios años, Holanda se ha consolidado como un punto de referencia en literatura para niños. Además de que algunos de los escritores e ilustradores de historias infantiles más conocidos en el mundo son holandeses, ese país se ha convertido en un punto neurálgico en términos comerciales: Van der Leije calcula que las editoriales holandesas firman más de 100 contratos al año para vender los derechos de sus libros infantiles, y afirma que cada vez es más común ver libros holandeses en las librerías alemanas, chinas, mexicanas y colombianas.

Por lo demás, es muy diciente que durante la reciente crisis europea, y a pesar de que las ventas de libros para adultos se redujeron drásticamente en Holanda, los libros infantiles mantuvieron más o menos su promedio de ventas. ¿En dónde radica la importancia de la literatura infantil holandesa? ¿Qué es lo que la distingue de la literatura para niños de los demás lugares del mundo?

En contravía de lo que a primera vista podría pensarse de la literatura para niños (quizá con buenas razones), los escritores holandeses no estructuran sus historias en función de una parábola: “Somos alérgicos a la educación y a la moraleja en los cuentos para niños”, dice entre risas Ted van Lieshout, uno de los escritores de poemas infantiles más reconocidos en Holanda. Su motivación es otra: lograr entregarles a sus pequeños lectores un producto estéticamente agradable e intelectualmente retador. En efecto, para este poeta, la literatura para niños no debe subestimarse solo porque su audiencia principal sea de corta edad. Al contrario: muchas veces es más exigente que la literatura para adultos, pues requiere meterse en los zapatos de un niño que aún tiene la mirada nueva y la sensibilidad receptiva, y lograr cautivarlo con una historia ficticia: quien escribe para niños debe ser capaz de retar su imaginación, de divertirlo, de entretenerlo, y al mismo tiempo, de plantearle preguntas y de renovar su capacidad de asombro, lo que no es tarea fácil.

Pero esto no siempre fue así, como advierten los entrevistados. A comienzos del siglo pasado, existía un temor a transgredir ciertos límites o a tocar ciertos temas en la literatura infantil: “Todo era como debía ser, todos se vestían como debían, todos se comportaban como debían”, y se podría decir que todo orbitaba al interior de un universo de ficción moral que poco o nada tenía que ver con la realidad. Y fue solo a principio de los años cincuenta que este género se vio revolucionado bajo la pluma de Annie M. G. Schmidt. Esta escritora, la “reina de la literatura infantil holandesa”, le perdió el miedo a aterrizar sus escritos. No solo construyó personajes inspirados en niños comunes y corrientes —niños que se ensuciaban, que se comportaban mal—, sino que asumió el reto de poner a sus lectores frente a situaciones tan complejas y difíciles como lo son a menudo las experiencias de la vida: la guerra, la enfermedad, el divorcio, la muerte, la soledad y la drogadicción dejaron de ser temas tabú y se convirtieron en preguntas abordables en la literatura para niños.

Uno de los ejemplos más representativos de este giro son las historias de los vecinos Jip y Janneke (Mila y Yaco, en su versión en castellano), una niña y un niño que tienen vidas como las de cualquiera de su edad y, sin embargo, cada vez que se encuentran para jugar, hacen de su tarde una travesía llena de aventuras que ellos mismos inventan. Jip y Janneke, cuyos personajes fueron ilustrados por Fiep Westendorp, fueron originalmente unas historias cortas que Schmidt escribió semanalmente para el periódico Het Parool entre 1952 y 1957. A pesar de haber sido publicado solo durante cinco años, sus protagonistas cautivaron el alma de millones de lectores, llegando a ocupar un lugar central en la cultura holandesa. Es posible afirmar, sin temor a equivocarse, que hoy no hay un solo holandés que no se haya reído con las aventuras de Jip y Janneke (recientemente reeditadas en forma de libro y que ya han sido traducidas a varios idiomas).

Otra de las joyas de Schmidt es Pluk van de Petteflet (también ilustrado por Westendorp), un personaje que a primera vista es sencillo, superficial, pero que en realidad encierra mucha complejidad: “Es sin duda mi favorito”, dicen casi en coro los entrevistados. Pluk es un pequeño pelirrojo que maneja una grúa: no tiene familia, vive en un cuartico en la azotea de un edificio de apartamentos, y sus mejores amigos son Zaza (una cucaracha), Meneer Pen (un viejo librero) y Aagje (una niña que será su compañera de aventuras). “Nadie se pregunta por qué no tiene casa o familia… simplemente es así”, dice Van der Leije. Sin duda alguna, Schmidt disolvió el paradigma tradicional de la literatura infantil. Supo adoptar, con un pie en la ficción y el otro en la cruda realidad, una nueva mirada que marcaría por generaciones la manera de escribir y de leer los libros para niños.


Uno de los poemas visuales para niños de Ted van Lieshout. Foto: Cortesía Editorial Leopold.

Pero no solo las historias son las protagonistas de estos libros. La ilustración juega un papel fundamental, y es otra de las razones por las que la literatura infantil de este país es tan especial. Philip Hopman, uno de los ilustradores infantiles más importantes hoy (y que estará en Bogotá durante la FILBo), explica en qué se diferencia la ilustración holandesa de la del resto del mundo: “Nosotros tenemos un estilo más iluminado, más ligero. Hay mucho blanco, mucha luz”.

Además, siempre está gobernada por un sentido del humor muy agudo, por una ironía muy sutil. Es el caso de Ga toch fietsen!, uno de los últimos libros ilustrados por Hopman y que será traducido al español para la FILBo. La expresión que da el título al libro, que se tradujo al español como ¡Date una vuelta en bici!, se utiliza para zanjar de una manera poco amable una discusión que parece no tener fin. El autor de esta historia, Joukje Akveld, decidió tomar esa expresión en su sentido más literal y construir una ingeniosa historia en la que un panda agarra su bicicleta y se va de paseo después de una pelea. El resultado es un maravilloso viaje en el que el lector se sumerge en un inventario ilustrado de paisajes y bicicletas de toda clase: algunas diminutas con llantas desproporcionadas, otras inspiradas en modelos antiguos y otras, en fin, hermosamente improbables.

Es así que varios escritores e ilustradores holandeses, desde hace varios decenios, ocupan hoy un lugar importante en el estante de los clásicos infantiles. Entre muchos otros, se destacan Max Velthuijs (que ganó el reconocido premio Hans Christian Andersen en 2004), Leo Lionni (conocido en especial por la manera tan inteligente con la que aborda temas sensibles) o Guus Kuijer, quien ganó hace cuatro años uno de los premios más importantes en literatura infantil: el ALMA. Pero la nueva generación no se queda atrás, y con ocasión de la FILBo varios estarán en Bogotá: entre ellos, los entrevistados Ted van Lieshout y Philipp Hopman, pero también Marije Tolman y Janny van der Molen.

Es por todo lo anterior, quizá, que la literatura para niños ha alcanzado en Holanda semejante nivel de calidad estética y literaria; tan es así que allí se ha generado un fenómeno muy singular, y es que cada vez son más los adultos (muchas veces padres, pero no siempre) quienes van a las librerías en busca de historias infantiles: compran libros para niños no necesariamente para encontrarse con una lectura fácil, sino para sumergirse en un universo que propone, con ingenio y humor, una mirada distinta y renovada de la realidad. Pues si algo cierto puede decirse de la literatura infantil en Holanda (y con esto creemos responder a nuestras preguntas iniciales) es que, lejos de banalizar la imaginación de los niños, enaltece su mirada y explora cada vez más las posibilidades estéticas y narrativas que esta puede ofrecernos.

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