RevistaArcadia.com

22 novelas (y una colección) que se estrenan en la Feria del Libro

Además del más reciente trabajo de Mario Vargas Llosa, en los pabellones de Corferias se podrá encontrar libros de Roberto Burgos Cantor, Paolo Giordano y Herman Koch, entre otros.

2016/04/17

Dolores de crecimiento

La promesa de Pisa, Mano Bouzamour. Rey Naranjo

Laura Martínez Duque, practicante de Arcadia.

Samir Zafar es un joven marroquí que vive en Ámsterdam junto a sus padres, musulmanes devotos, dos hermanas gemelas que trabajan como cajeras en un supermercado y su hermano mayor. El mismo día que Sam consigue ingresar en un prestigioso instituto secundario, decidido a obtener su diploma y lograr lo que nadie en la familia ha logrado, la policía arresta a su hermano por robo a mano armada.

Samir se debate entre dos pulsiones: la promesa hecha al hermano de no seguir sus pasos y de convertirse en la mejor versión de sí mismo, y un angustiante deseo de venganza por la ausencia de su héroe y mentor. En el medio, Sam debe enfrentar una adolescencia de retos y trampas en un colegio de jóvenes blancos holandeses de clase alta.

La escritura de Bouzamour, que tenía 22 años cuando publicó la novela, es sencilla y atrapante. Los nueve capítulos logran condensar en escenas cinematográficas el proceso de un niño convirtiéndose en un joven adulto que, gracias a su voz mordaz y provocadora, logra que el lector vea el  mundo a través de los ojos de un inmigrante, sin reparos ni pudor para mostrar las complejidades y prejuicios que lo atraviesan.

Sam no es como el resto de sus compañeros. Es marroquí, pobre y antes de ir a la secundaria nunca había utilizado un tenedor o un cuchillo para comer. También es sordo de un oído, pero aprendió a tocar el piano de cola y solo le interesan las piezas clásicas.

Desde Preludios de Chopin hasta el Canto Ostinato de Simeon ten Holt, pasando por Beethoven con su Claro de luna e incluso la invectiva del rapero Tupac, La promesa de Pisa construye un hilo narrativo a partir de la música: El Trío n.° 2 de Schubert describe el barrio De Pijp, mientras Sam lo recorre en su Vespa. La Marcha Radetzky de Strauss, ejecutada con violencia, sirve para vengarse de un vecino molesto, o llegar al orgasmo emulando el tempo de un Nocturno de Chopin. Para Sam, la música es liberación, melancolía y hasta una forma de erotismo, su única promesa.

La anatomía del poder

El médico del emperador y su hermano, Roberto Burgos Cantor. Planeta

Andrés Gómez, literato

"¿De qué murió este hombre, su paciente rebelde, desdeñoso? Sonrió, se muere de muerte”. La vida muchas veces se define en instantes marcados por la gloria y la derrota, instantes únicos y fugaces, que marcan el paso entre la vida y la muerte. Es por esto que el hilo conductor de la novela de Roberto Burgos Cantor, tal como se menciona en uno de sus pasajes, es acerca de la libertad de morirse en soledad y la posibilidad única e irrepetible de mirar y contemplar el mar en silencio como última posibilidad de existencia en la que los elogios, los agravios, las heridas y las victorias son solo un margen del recuerdo de quienes fueron héroes. 

Se narra entonces que Napoleón, el emperador, el paciente remiso, el enfermo desertor, el interno sublevado, después de perder la batalla de Waterloo, es enviado a la isla de Santa Elena, prisión de los británicos ubicada en el océano Atlántico, a pasar los últimos días de su vida como castigo y condena por sus ambiciones. En la isla, el médico Francesco Antommarchi, nacido en Córcega al igual que Napoleón, estuvo allí para llevar a cabo una difícil tarea: tratar y estudiar las enfermedades del emperador, que no eran más que la derrota y la tristeza, y lidiar con los delirios y los sueños perdidos, que eran tres: Francia, Josephine y el ejército, manifestaciones del amor, la posesión y el dominio.

Tras la muerte del emperador, Antommarchi emprende un viaje a Cuba para estudiar las enfermedades tropicales. Allí, como preso del destino, encuentra la muerte a causa de su curiosidad, y deja como legado una serie valiosa de planchas que son el retrato de sus estudios exhaustivos de la anatomía humana.

Este agudo e interesante libro, con un estilo directo y despojado de elogios hacia el emperador, muestra al ídolo, o quizás a un dios terrenal, en el ocaso de su vida. De igual forma, muestra la relación entre el poder y su anatomía, que, con el pasar de los años, es solo recuerdo y muchas veces tormento de quien lo tuvo y en un instante lo perdió.

Un adolescente en Florencia

Los años queman, Jaime Arracó. Rey Naranjo 

Daniella Sánchez Russo, periodista

Aunque la prosa de la novela de Jaime Arracó es dinámica y no permite, por sus frases cortas y concisas, el aburrimiento, a su trama le falta explorar la figura del adolescente por fuera del lugar común. El protagonista de la novela Los años queman es un joven español recién llegado a Florencia (Italia) que, mientras empieza a preguntarse lo que significa asumir una identidad por fuera del núcleo familiar del que se siente alejado, se extasía (como tantas otras historias iniciáticas) en un universo donde convergen el sexo, las drogas y el alcohol. “No podía estar más feliz, el alcohol y el hachís me daban la seguridad de que la segunda oportunidad con Gaia iba a ser perfecta.

Me pareció más guapa que la primera vez”, dice Alberto, el protagonista, un muchacho que, aunque se describe a sí mismo como introvertido, intelectual, inseguro, llegando a aducir que no entiende por qué otros quieren compartir su tiempo con él, luego afirma: “He estado con chicas, me masturbo, robo, me drogo, miento, miento sin parar (…) Siempre me salgo con la mía y cuando no sea así habré ganado tantas veces injustamente que aceptaré ser el fracasado”. Así, en esta historia, el tránsito de la niñez a la adultez se da por medio de la rebeldía por lo que la figura del adolescente cae en el estereotipo: por ejemplo, ya hemos visto a este personaje en la novela ¡Que viva la música!, de Andrés Caicedo, o en la película Rebelde sin causa, dirigida por Nicholas Ray.

A favor de Los años queman está, sin embargo, un protagonista que sabe observar la ciudad en la que vive —una urbe renacentista cuya arquitectura permanece intacta en nuestro tiempo— y que se pregunta por su lugar dentro de ella: “Para mis amigos todo estaba bien hecho, Florencia les permitía todo. Si algo fuese mal, Florencia los cuidaría por siempre a pesar de ellos mismos (…) ¿Conmigo qué pasaría? (…) ¿Tendría que vivir en los recuerdos, distante de la vida que me tocara vivir en el futuro?”. También está un escritor con un registro fresco, que, de adentrarse más en sus temáticas, podría llegar a convertirse en una voz imperdible. 

Cristo, un mafioso de la Antigüedad

El resucitado, Gustavo Álvarez Gardeazábal. Planeta

Luis Londoño, periodista de Semana Educación.

Jesucristo y un mafioso del Valle aparecen unidos, como si fueran la misma persona. Al menos así ocurre en El resucitado, la novela de Gustavo Álvarez Gardeazábal. Pero el libro no describe al mesías piadoso de los Evangelios, sino al bandido de Palestina. Desde que huyó a Egipto para que no lapidaran a su madre por serle infiel a José, Cristo se había dedicado a los embustes. Vivía de engañar con los cuentos que aprendió en sus viajes, mientras comandaba una cuadrilla de rufianes que desafiaba al Imperio romano. 

Ramsés Cruz había empezado como un repartidor de mazamorra. Después se convirtió en un exportador de drogas. Sin embargo, no era un mafioso cualquiera: era sencillo como el Señor. Odiaba los lujos y las grandes camionetas. Al igual que Jesús, él no estaba tentado por los placeres de este mundo ni respetaba a los poderosos. Cada vez que le llegaba una paca de dólares la rociaba con aguardiente, por si acaso estaba maldita.

Los dos minaban a los imperios desde afuera: Jesús exportaba a Roma cristianos revolucionarios desde el Medio Oriente, que acababan con todos los valores que no fueran los suyos, y Ramsés llenaba a Estados Unidos de mulas cargadas de cocaína colombiana. Ambos fueron arrestados. Al mesías lo capturaron, lo juzgaron y lo condenaron los romanos, mientras que Ramsés Cruz se entregó, con la condición de que fuera encarcelado en Colombia. 

Ramsés Cruz acordó con el gobierno de Gaviria que no sería extraditado.  Y todo iba bien, hasta que Uribe llegó a la presidencia y empezó a enviar a los mafiosos a las cárceles gringas. Entonces, el narco empezó a organizar su delirante fuga. Seguiría los pasos del Señor, al menos, los que creía que había dado para escapar; Jesús no había muerto en la cruz: todo fue un montaje. El mesías había tomado mandrágora para simular su muerte. Luego, cuando pensaban que descansaba eternamente, escapó, airoso, de la condena del Imperio.

Un Remake y poco más

Lorenza y nada más, Andrés Arias. Laguna.

Mario Jursich Durán, editor.

El remake es un procedimiento bastante común del cine. Brian De Palma —por solo citar un ejemplo entre varios a la mano— no solo rehizo 50 años más tarde la legendaria Scarface de 1932, sino que logró convertirla en un nuevo hito de las películas de gángsters. En la literatura es distinto. Pocos autores plantean sus libros como la rehechura de un texto anterior, aunque no falten los ejemplos y aunque nada más sea por temor a los abogados de una viuda irascible. Cabrera Infante (no se nos olvide) publicó en 1976 una irreverente versión del El hacedor de Jorge Luis Borges, y Fogwill hizo otro tanto en 1982 con Help a él, su maliciosa y paródica reescritura de El Aleph. No hubo entonces reparos, ni amenazas de cárcel, tal vez por el prestigio de las firmas, la calidad incontestable de los textos y —detalle fundamental— porque fueron editados en vida de Borges, cuando él mismo decidía sus asuntos y se complacía en propiciar maldades parecidas.

Al margen de estas disputas, sin ningún espíritu polémico, Andrés Arias plantea su nuevo libro Lorenza y nada más como un remake de Intimidad, la célebre y desgarrada novela de Hanif Kureishi. Naturalmente, como es habitual en los remakes, dándose el lujo de hacer cambios sustanciales: si en Intimidad el foco narrativo está en un guionista de 40 años que ha tomado la decisión de abandonar a su mujer luego de seis años de convivencia, en Lorenza y nada más la luz se proyecta sobre una comunicadora de 34 que, tras un lustro de matrimonio, decide romper con su marido sin saber muy bien el porqué.

Los críticos, siempre tan pesimistas, solemos coincidir en que los remakes rara vez superan a las obras originales. Aun a riesgo de ser injusto, me voy a sumar a ese lugar común: Lorenza y nada más es un libro sumamente fluido, con humor y que se lee con extraordinaria facilidad. Por desgracia, también es un libro con personajes poco perfilados y escasa penetración psicológica. Si se me permite una segunda comparación, es como esas comedias románticas que pasan un domingo en la noche, que se ven con inmenso agrado y que, ay Dios, se olvidan un segundo después de apagar la luz del velador.

La saga de los escritores

Por ejemplo Horacio, Mauricio Bernal. El Peregrino

Édgar Blanco, librero de La Madriguera del Conejo.

El argumento en la novela es un elemento sólido y organizado que se manifiesta al lector paulatinamente porque está en cada detalle de las partes que componen la obra; atrae los fragmentos a su cuerpo y se nutre de estos de manera que da acceso a los mensajes que emite la escritura. Es lo que recordamos al terminar la lectura, los puntos guía para acceder a algo que ya no es sencillo describir.

En la novela Por ejemplo Horacio, de Mauricio Bernal, el argumento tiene una fuerza poderosa que provoca esa atracción de elementos con mucha notoriedad: construye cuatro casos particulares de personajes vinculados con la escritura en una relación vital y solitaria; primero recrea la época de las radionovelas en Bogotá con la historia de un guionista que acarició la fama y creyó en la capacidad de modelar su vida como lo hacía con sus historias olvidando o desconociendo el riesgo de convertirse en un héroe trágico, capaz de crear una enfermedad de casta que transmitirá al protagonista, a Reinaldo.

La transmisión del hado de padre a hijo lo representa un manuscrito, una obra literaria que debería devolver el esplendor vivido y justificar el esfuerzo de un escritor destinado a serlo. Esta herencia es el motor de las otras historias, la de Horacio, “el maestro de la noche”, un escritor y docente universitario que deambula en Barcelona por los límites entre la experiencia estética y la decadencia; la de Vicente, también escritor, hijo de Horacio, con quien que se devela una historia cercana de violencia, belleza y abandono.

La ambición imperiosa de Reinaldo por hallar un argumento que resuelva la enfermedad de la escritura, que organice y justifique su vida en la vida de otros, provoca la búsqueda que lo lanza a los recuerdos, a las sospechas e interpretaciones, a Bogotá, a La Guajira, a Barcelona. La novela de Mauricio Bernal, que entra y sale de lo literario, puebla de detalles las acciones descritas con lo cual las historias se amplifican conectándose por un trazado sutil en un mundo reconocible que crea y destruye estereotipos.

Desde el ojo de Dios

La experiencia dramática, Sergio Chejfec. Alfaguara.

Sara Malagón Llano, periodista de Semana.

En una ciudad incierta, que en el primer párrafo del libro se describe desde la mirada de Dios —o lo que es allí casi igual, un satélite de Google Maps—, un par de flâneurs contemporános deambulan juntos mientras observan, recuerdan y piensan como si estuvieran solos.

Luego, la mirada baja a la Tierra y aterriza en la interioridad de esos personajes, dos amigos, Félix y Rose. La narración se sitúa en un espacio urbano que sirve de telón de fondo del mundo mental y las conversaciones de los personajes, que aparecen y desaparecen de manera intermitente entre un flujo de ideas y recuerdos.

Aunque Félix y Rose se encuentran cada semana para conversar, la palabra no les es concedida: lo que piensan y lo que hablan está solo en boca del narrador, como en un gran monólogo. En esta novela, el experimento es narrar el diálogo y el pensamiento, ponerlos en escena, y hacerlo de corrido, en un solo bloque de texto.

Con esa intermediación férrea del narrador, que los personajes no pueden romper, se representa un abismo que empieza en el lenguaje: el encuentro y el desencuentro concebidos como una misma experiencia vital, como aquello que atraviesa las lecturas que hacemos del mundo y de los demás, los modos del recuerdo, la construcción de nosotros mismos y las relaciones humanas, frustradas en parte por el inaprensible mundo interior de los otros: en este caso, un hombre que se inventa a una mujer para disimular la sensación de desamparo, una mujer en búsqueda de su mayor experiencia dramática.

En esta novela Chejfec se muestra como un autor racional cuya escritura es más cercana al discurrir del filósofo que a la narración del escritor de ficción. Una voz reflexiva, analítica y dominante —un narrador más que omnipresente— impone su mirada y unas reflexiones que parecen suyas, controla cada gesto de los personajes, anula la posibilidad de identificarlos con una voz propia, alejándolos así del lector, haciéndolos inaccesibles. No parece gratuito que la historia empiece con la idea de Dios.

Colores invisibles

Los perales tienen la flor blanca, Gerbrand Bakker. Rayo Verde.

Carolina Gutiérrez, periodista de Semana.

Un día, la mamá de Gerson, y de sus hermanos gemelos Klaas y Kees, salió y no volvió a casa. A partir de ese momento, la escena familiar de los domingos y de las vacaciones sería la de cuatro hombres —los tres chicos y su papá, Gerard— a bordo de una “cafetera vieja” rumbo a la finca de los abuelos; “una cafetera lenta de color moco” en la que los cuatro van en silencio o riendo o escuchando a Gerson, el menor, quien insiste, en contra de la opinión del resto, que los árboles de flores blancas que se levantan junto a la carretera son perales; si fueran manzanos tendrían flores de color rosa.

Pero el abandono de la madre no es la prueba más difícil que tienen que resistir los cuatro. En Los perales tienen la flor blanca, del escritor holandés Gerbrand Bakker, hay una tristeza más profunda que muy probablemente se quedará encajada en el lector aún después de las 153 páginas del libro.

En un viaje a casa de los abuelos ocurre un accidente en el que Gerson, el adolecente de 13 años, el niño de la familia, recibe un golpe brutal en sus ojos verdes, en sus ojos “bonitos y atípicos” que nunca volverán a ver. Gerson queda condenado a vivir en negro el resto de la vida, como aquel juego que él y sus hermanos habían bautizado así, “negro”, y que consistía en recorrer con los ojos cerrados un camino de obstáculos hasta llegar a  una meta establecida por los tres.

El libro de Bakker —filólogo, jardinero e instructor de patinaje de velocidad sobre hielo, como reza en la solapa del libro de la editorial Rayo Verde— es además la historia de una familia condenada a cargar no solo con la tragedia de un niño ciego, sino con el drama de un desesperanzado que vio morir en el accidente esa cosa intangible que se lleva por dentro y hace que los seres se sientan vivos. 

“Quiero dormir. Si duermo, sueño, y si sueño, al menos veo algo”, dice Gerson. Y Klaas y Kees, sus hermanos; Gerard, su padre, y Daan, su perro “de pelo duro”, lo contemplan, lo siguen, lo cargan, lo guían. Los cuatro hombres en una cafetera vieja se preguntan cómo se reescribe la vida después de un golpe como este. Se preguntan, incluso, si es posible reescribirla. 

Arte y estafa

Puertas demasiado pequeñas, Ave Barrera. Laguna Libros.

Martín Franco, editor internacional de Soho.

Una serie de buenas referencias preceden a esta novela, la primera de la escritora mexicana Ave Barrera (Guadalajara, 1980): el Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo de la Universidad Veracruzana en 2013 es apenas una de ellas. Y, quizá, la más llamativa.

Puertas demasiado pequeñas cuenta la historia de José Federico Burgos, un pintor sin un peso que, a punto de quedarse sin techo por culpa de su insolvencia, se encuentra con la oportunidad de su vida: falsificar La morisca, una valiosa obra del siglo XVI, por encargo de un millonario que busca estafar a los herederos en Europa. Burgos se traslada entonces a su casa, donde se topa con una serie de personajes que desfilan por las páginas del libro y lo llevan a un desenlace, digamos, inesperado. 

Hasta aquí todo pinta bien. Sin embargo, algo falla en este libro: más allá de su prosa eficaz y sin adornos, de sus destellos de humor que el lector agradece y de su historia curiosa —en apariencia—, uno llega a las últimas páginas con la sensación de que no le ha sucedido nada. De que ha salido indemne. O, mejor dicho, de que ha quedado justo igual a como estaba antes de leerla. Eso es lo más curioso: no es que sea aburrida, ni pretenciosa, ni difícil. Es que no pasa mayor cosa en el lector. Y, para ser sinceros, no sé si al final eso resulte peor. 

Cierto es, también, que no le ayuda mucho la edición de Laguna, color fucsia chillón y letra pequeña, con puntos que parecen asteriscos en vez de ser simplemente eso, puntos. Pero eso no es culpa de Barrera. Lo mejor es que cada quien asuma el riesgo de leerla; de repente alguno logra pasar, al menos, un buen rato. Pero no fue mi caso.

Un coro para un suicida

Sin freno por la senda equivocada, Orlando Echeverri. El Peregrino.

Felipe Botero, filósofo.

Leonard Garner, un estadounidense negro exiliado en Cartagena, se suicida pegándose un tiro en las Islas del Rosario. Alrededor de su muerte, Orlando Echeverri Benedetti teje un conjunto de relatos narrados por distintas voces que de alguna manera tienen que ver con el muerto.

Por un lado, está Lino Rodríguez, periodista encargado de escribir el obituario del suicida, a quien vagamente conocía. Por otro lado, está Lin Wei, una colombiana de ascendencia china que conoce a Garner en Estados Unidos y con quien termina fugándose a Colombia en medio de misteriosas circunstancias. En tercer lugar, está Reinaldo Polo, el bonachón fotógrafo del diario donde trabaja Lino, quien conoce a Garner a la salida de un casino y comparte con él una pasión por el ron y la comida gratis de los cocteles de la Ciudad Vieja. Por último, está la voz del propio Garner, quien, como si fuera un viejo disco de blues, cuenta el lado A y el lado B de su increíble vida.

Con un lenguaje preciso, en ocasiones poético y en ocasiones crudo, incluso burdo, Echeverri desentraña la trama de sus personajes de manera simple, sin adornar innecesariamente la prosa de sus historias. Todos los relatos son en primera persona y los delirantes sucesos que narran sugieren que lo que une a este disímil grupo de personas es que todos van “sin freno por la senda equivocada”, la figura que le da título a la obra.

Es virtud de Echeverri que el libro mejora a medida que avanza la lectura, pues sus personajes son cada vez más interesantes. Joyce y Pessoa coincidían en pensar que el artista vive un proceso de despersonalización en el marco de su creación que hace que sus personajes sean cada vez más autónomos y diferentes de la personalidad que los engendró. Este puede ser el caso de Echeverri y Sin freno por la senda equivocada, ya que si bien el primer narrador, Lino Rodríguez, parece un alter ego desesperado del escritor, la última voz que se escucha en el libro es la del improbable Leonard Garner, un personaje fascinante cuya extraordinaria vida, poblada de mágicos encuentros y amargos desencuentros, es la que origina y le da sabor a esta novela.

El tiempo inquisidor

Cosas peores, Margarita García Robayo. Alfaguara.

Laura Panqueva O., periodista de Semana.

En siete relatos cortos, la escritora colombiana Margarita García Robayo plantea la humanidad contemporánea, occidental, inmersa en sus desdichas más íntimas. Sus personajes —hombres y mujeres que se enfrentan a situaciones complejas y desgarradoras— son cuerpos alterados, deshechos, abandonados. Ellos observan con insistencia sus figuras, reflejos de una carga que llevan consigo y que no se desprende porque está ligada a sus raíces, a su familia. Estas personas padecen pérdidas, enfermedades, soledades y rupturas. Por ejemplo, a un padre se le suicida su hija, una madre pierde el bebé que espera, otra padece cáncer y un joven con obesidad mórbida vive un encierro físico y mental. ¿Quién puede salvarse de la desgracia?, parecieran preguntarse estos personajes nada desconocidos para la sociedad actual.

Lo inconcluso es otro de los supuestos en este libro. El lector tiene toda la libertad de darle un final, que en ocasiones se traduce en un eterno silencio. Sin lugares tan precisos, ni fechas específicas, estos relatos dan una sensación de universalidad. Y en este sentido se comprende que los puntos de inflexión en la vida de cualquier persona pueden repetirse sin fin. Ahora, el tiempo aparece como un enemigo, un inquisidor. Siempre hay un momento anterior, un pasado complejo y aturdido por los fracasos, el azar y las apariencias. Si bien cada uno de esos protagonistas se ve envuelto en situaciones inesperadas, hay una razón de fondo por la que no logran, finalmente, superar sus dramas. Se trata, entonces, de un universo congestionado, cansado, algunas veces inocente y otras, ególatra, que parte desde lo sencillo, la vida única; el individuo como centro de interacciones y relaciones complicadas, que pretende continuar, a pesar de ser consciente de que ya nada es como antes. O que ese antes siempre fue una simple aceptación del estar atado a un rol. Los disfraces humanos quedan descubiertos mientras cada persona se detalla su piel.

Memoria y olvido

Entre brumas, J. Bernlef. Plataforma.

Considerada una de las mejores novelas de Bernlef (pseudónimo del escritor y poeta holandés Hendrik Jan Marsman), Entre brumas es el monólogo en primera persona de Marteen Klein, un hombre jubilado de poco más de 70 años que va perdiendo lentamente su contacto con la realidad. Escrita con lirismo y sobriedad, el lector se sumerge junto con Klein entre las brumas de su propio pensamiento en el que el presente que se entremezcla con el pasado, y los recuerdos se confunden con el deseo.

Un largo duelo

Como de la familia, Paolo Giordano. Salamandra.

Christopher Tibble, editor de Arcadia.

La muerte recorre Como de la familia, la tercera novela del físico italiano Paolo Giordano (1982). Se advierte en los símbolos, como un pájaro silvestre que augura el deceso; también en los diálogos, tan esporádicos y propensos al conflicto, pero sobre todo en la figura de la señora A., la empleada doméstica de Nora y su marido, cuya enfermedad no solo protagoniza la novela, sino que logra inmiscuirse en todos los recovecos de la casa y en las reflexiones de los demás personajes. 

Como de la familia es una obra melancólica. Contada desde la perspectiva del marido, un físico teórico que se desempeña como el asistente de un catedrático en una universidad, se presenta como el retrato de una familia pequeño-burguesa, de una pareja funcional pero vacilante, insegura de cómo proseguir, y de un hijo, Emmanuel, cuya inteligencia por debajo del promedio perturba a su padre. Pero en realidad, por las tangentes, se revela como un elogio a la tosca y pragmática señora A., la campesina que hace funcionar la vida familiar y que, ya anciana, se enferma de cáncer. 

Durante ocho años, y por medio de su rigor y entrega, la empleada pone en marcha los engranajes domésticos. Se convierte, por ejemplo, en la abuela adoptiva de Emmanuel, a quien consiente y mima constantemente. Pasa a ser, también, la confidente de Nora, su refugio, y la figura que cimienta y reafirma la masculinidad del marido. Su presencia, que con el tiempo se había desvanecido en el trajín cotidiano, vuelve a cobrar importancia cuando un día llama y, en medio de un ataque de tos, avisa que está enferma. Entonces, con una ternura casi científica, Giordano desmonta los rituales y las convicciones de la pareja al tiempo que torna su atención a la vida de esa mujer bucólica, religiosa, sin sombra de duda, en todo caso de otra época. 

Construida a partir de pequeñas emociones, de momentos encontrados, la novela pone en evidencia la evolución narrativa —ahora más depurada y madura— del autor, que saltó a la fama mundial en 2008 con La soledad de los números primos. Como de la familia es un paso adelante, y es un paso bienvenido.

Réquiem no sentimental

Canción de tumba, Julián Herbert. Literatura Random House.

César Rojas Ángel, editor de revistaarcadia.com

Julián Herbert le dice al lector: “Esto que escribo es una pieza de suspenso. No por su técnica: en su poética. No para ti sino para mí. ¿Qué será de estas páginas si mi madre no muere?”. Pero el mexicano también se escribe a sí mismo y, en conjunto, a su madre. O al menos a la que cumple ese papel en Canción de tumba, una novela breve con tintes autobiográficos publicada originalmente en México, en noviembre de 2011, que acaba de llegar a Colombia con la colección de Literatura Random House.

Herbert nació en Acapulco en 1971 y ha dedicado su carrera a la poesía y los cuentos. Con esta suma tres novelas (Un mundo infiel, 2004, y La casa del dolor ajeno, 2015). Canción de tumba es la historia de Guadalupe Chávez, de Lorena Menchaca, de Marisela Acosta, de Vicky o de Juana, no importa, todas son la misma prostituta andariega que entre burdeles, carreteras y habitaciones precarias crio a Julián, el de la mitad de cinco hermanos que pronto cogieron rumbos separados hasta que la enfermedad de su madre los vuelve a poner en contacto. 

En parte, de eso habla esta novela del escritor que ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen (2003) y el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola (2006). Herbert escribe sobre la familia, la individualidad y la idiosincrasia mexicana a partir de un relato íntimo que esconde la ficción en los elementos más veraces de su propia vida. A partir de los testimonios sobre su pasado y el de su madre, expone el derrumbe de una idea de nación que hasta hace unos años era sólida y próspera. 

Por la vida de Guadalupe Chávez transcurre marginalmente una realidad política y social que Herbert presenta desde la inocencia del niño o desde las cicatrices del adulto. No hay condescendencias de ninguna índole, pero la astucia del autor radica en su capacidad de transmitir cierta esperanza a partir de la historia cruda de su madre, su familia y una parte de la historia mexicana.

Una mirada al espejo

Estimado señor M, Herman Koch. Salamandra.

Andrés Osorio, periodista.

La superioridad moral de los intelectuales, la mediocridad de la escuela como un espacio de conocimiento, así como la hipocresía de una sociedad que se mira a sí misma como políticamente correcta, son algunos elementos de los que hecha mano el escritor Herman Koch para construir su relato Estimado señor M.

El personaje de M —así, a secas— es un escritor tan famoso que no hace falta develar su nombre completo. Por lo general, sus libros abordan el tema de la guerra; sin embargo, el título que lo catapultó a la fama narra la historia del presunto asesinato de un profesor, quien se involucró con una de sus alumnas del instituto. La joven se cansó de él y decidió meterse con uno de sus compañeros de clase. La trama —que parece ser un thriller inspirado en Truman Capote— gira en torno a la culpabilidad o inocencia de dichos jóvenes en la desaparición del maestro.

Por momentos, la voz que cuenta la historia de Estimado señor M es un vecino obsesionado con el escritor, que tiene razones de sobra para interesarse en su vida; una vida llena de vanidad alimentada por el círculo de escritores que le admiran y del mundo literario del que hace parte.

El libro se desarrolla en medio de las casualidades que terminan cruzando las vidas del señor M y los personajes de su obra, así como a través de las calles de Ámsterdam y algunas pequeñas poblaciones holandesas. 

Koch logra restarles culpabilidad a los autores del presunto asesinato y sumársela a la sociedad que los vio crecer y que, en últimas, se convierte en su cómplice. Esa sociedad, caracterizada por una clase burguesa que a pesar del paso del tiempo y de dos guerras mundiales no ha podido mirarse en el espejo por otra razón que no sea vanidad. 

Hernan Koch es reconocido por su best seller La cena (2010), un libro que narra el asesinato de una mujer indigente en un cajero de Barcelona. La obra, que fue adaptada al cine, parece ser el punto de partida de Estimado señor M, en el que, además de la trama de un asesinato, hay un buen ejercicio de metaliteratura.

La ironía de nuestra idiosincrasia

Los hijos de la fiesta, Andrés Hoyos Restrepo. Libros Malpensante.

Los hijos de la fiesta es el undécimo libro del escritor y columnista Andrés Hoyos, conocido sobre todo por sus novelas Por el sendero de los ángeles caídos (1989) y Vera (2002), y más recientemente, por su Manual de escritura (2015). Como se lee en la contraportada, esta novela escrita con ironía e irreverencia nos recuerda que “nuestra idiosincrasia suele hacer que los episodios más propicios para el llanto converjan con la embriaguez eufórica de la celebración”.

Nostalgia de una exiliada

Una chica en inviernoPhilip Larkin. Impedimenta.

Andrea Maussa, periodista de Semana.

Estar a solas con Katherine Lind, protagonista de esta historia, es una invitación al diálogo permanente. Es como mantener una conversación en la que se es honesto, aunque no siempre se quiera, y se permite la libertad del humor y de un sarcasmo, incluso cruel, en cada pensamiento. 

Philip Larkin, uno de los poetas más reconocidos del siglo XX, escribió esta novela —considerada por muchos su obra maestra— a sus 22 años, y no deja de ser impresionante como logra, con sutileza y elegancia, mostrar a una mujer que, en su condición de extranjera, pasa sus horas debatiéndose entre recuerdos amables y románticos de su primera experiencia en un país extraño, Inglaterra, y su vida actual en ese mismo lugar que en el presente no es más que un espacio para refugiarse de la guerra. 

El invierno inglés es devastador y demasiado gris para Katherine. Su trabajo como bibliotecaria en una ciudad de provincias no resulta del todo satisfactorio, y las personas que se cruzan en su vida le parecen irrelevantes. La única sensación de alegría está ligada a su primer amor, pero la desesperanza y la añoranza, emociones propias del exilio, la alejan de ese sentimiento, y ser feliz empieza a ser más un recuerdo que una realidad.  

Una chica en invierno propone momentos de catarsis constantes. Las reflexiones de su protagonista se ofrecen como pequeñas oportunidades para el lector, que puede llegar a identificarse con las situaciones de una adolescente enamorada que trata de centrarse en un presente que la desubica y solo le genera remembranzas pasadas. 

En uno más de sus tediosos días, Katherine espera ansiosa por reencontrarse con ese amor que perdió tratando de hallar el momento adecuado. Pero el autor no permite entregarse a la facilidad de un final feliz, rápidamente su personaje principal descubre que ya no pertenece al grupo de los que aceptan ser felices, y que por el contrario ha aprendido a disfrutar la amargura que viene con el hecho de aceptar que algo que se quiso mucho nunca hubiera funcionado. 

La ruptura es parte inseparable de esta novela y tal vez sea ese el elemento esencial que la convierte en una obra que si llega a sus manos no puede pasar desapercibida.

Entre los volcanes de islandia

La deshumanización, Valter Hugo Mãe. Tragaluz.

Felipe Cammaert, literato.

Hace ya algún tiempo, Jorge Luis Borges escribió sobre la cultura y la mitología islandesas. Recordemos su ensayo sobre las kenningar, antiquísimas metáforas poéticas de esta lengua que, en las líneas de Borges, hasta parecían cercanas. La deshumanización es la mirada a estas remotas tierras islandesas por Valter Hugo Mãe, uno de los escritores portugueses más leídos en la actualidad, dueño de una obra literaria tan heteróclita como sorprendente. Sus primeros libros fueron escritos sin mayúsculas (incluyendo el propio nombre del autor) para, entre otras cosas, llamar la atención sobre el acto de libertad inherente a la escritura. 

Esta vez, Valter Hugo Mãe compone una historia sobre la redención, con los fiordos islandeses como paisaje de fondo. El autor nos lleva lejos, a una cultura y a una geografía bastante distanciadas de su universo personal, para abordar cuestiones que, en últimas, le son muy familiares: la muerte, la infancia y, sobre todo, la soledad. En otras palabras, temas universales insertos en una realidad local. Y que quede claro que La deshumanización no es un relato de viajes, ni una guía turística, como tampoco un amasijo de clichés sobre las tierras volcánicas de Björk. El libro cuenta la historia de una niña cuya hermana gemela ha muerto, de una niña que se enamora del bobo del pueblo, de su vida en un rincón perdido del noroeste de la isla. Todo esto, envuelto en un paisaje mitológico de agua, piedra, viento y fuego con referencias concretas al arte, la cultura, la literatura y la música locales. Extraña, aunque valiosa obra.

Tal vez el elemento más impactante de este libro, más allá del exótico escenario en el que se desarrolla, es la manera como Valter Hugo Mãe logra armar un universo tangible y cautivante alrededor de la voz narrativa de Halldora, la protagonista, cuya mirada sobre el mundo que la rodea es tan sensible como contundente. La deshumanización habla, en últimas, de la noción de humanidad desde la inocencia de la infancia. 

Moral y transgresión

Pecado, Laura Restrepo. Alfaguara.

Luz Mary Giraldo, poeta y crítica literaria.

El diálogo entre literatura y arte siempre es significativo, como en Pecado, de Laura Restrepo, conjunto de relatos con unidad propia (unos conocidos), en los que explora confesiones sobre la naturaleza de los instintos que la moral condena. La perspectiva minuciosa de ese teatro del mundo que es El jardín de las delicias, de Hieronymus Bosch, tríptico que perteneció al soberbio y nada indulgente rey Felipe II, atraviesa y pone en acción bondad y maldad, y explícita o implícitamente asocia con Dante, Juan de la Cruz, Federico Nietzsche y “el temible Dios vivo del que habla Pablo de Tarso”. 

Peccata mundi I y II, primero y último, enmarcan la estructura simbólica de ese universo complejo, cuya ausencia de códigos morales se impone, y placer y castigo equivalen a una ética ambigua. El lector es llevado a diversos escenarios y personajes tiernos e inescrupulosos que entre paraíso e infierno se juegan la vida en el nada vale y definen la naturaleza del mal en los desafíos de los pecados. Y si está el erotismo, la muerte marca derroteros: “Dios le tiene miedo al sexo”, anticipa la relación erótica entre un sirviente y su altiva matrona; al padre e hija que degustan el amor incestuoso con dura culpa para él e indiferencia para ella; al marido cínico tentado por el adulterio que siente derecho a ser infiel; al Ángel Exterminador, lado oscuro del personaje de Dulce compañía, sicario adolescente y perverso que mata o hace daño por placer; al calculador artista del crimen que ve la muerte como a “una amante celosa” y a la conciencia, como “un libro sin hojas”; a la parábola del profeta pedante opuesto a Cristo que exhibe el sufrimiento; al testimonio de la joven prisionera que no acepta la injusticia de estar encarcelada por asesinar y descuartizar a su novio. 

Como Carmina Burana y hace poco Relatos salvajes, con ironía y sin juicios, Pecado sigue ritmo, estilo y voces que exigen las situaciones, y sacude con la apabullante maldición de vivir en el borde de lo bello y lo horrendo. 

Genealogía de un romance

Historia oficial del amor, Ricardo Silva Romero. Alfaguara.

Adrián Atehortúa, editor web de soho.com.co

Las historias de amor abundan, pero no todas merecen una novela para contarse. El caso de Historia oficial del amor es todo lo contrario y su título no es en vano. De principio a fin, tiene todo lo que un lector quiere encontrar en una novedad literaria por la que se arriesga: hay una historia atrapante sin excesos melodramáticos, tiene una narración justa e ingeniosa sin caer en errores creativos y, sobre todo, es un texto con el que es difícil no sentirse identificado.

Para reconstruir la historia de amor de sus padres, digna de una obra como esta, Ricardo Silva Romero, uno de los mejores y más indispensables columnistas del momento —que también ha brillado en géneros literarios como la crónica, el cuento, la poesía y la crítica cinematográfica—, ha escrito un libro hecho de capas de afecto e intimidad que se atan a la convulsionada historia política de Colombia en el último siglo.

Con una rigurosidad periodística sorprendente, en la que Silva Romero habla con los integrantes de su familia para hacer un viaje a la semilla de su árbol genealógico, el libro avanza del presente al pasado durante casi 100 años buscando, fecha por fecha y con nombres propios y reales, los acontecimientos que con el tiempo formaron una bella historia de amor a pesar de un país como Colombia.

Dicho así suena extraño, como una suerte de experimento de géneros narrativos, pero el hilo con el que se teje este relato, de aparente sencillez, lleva al lector a querer saber los detalles y las pistas que van apareciendo en la marcha para enterarse de cómo empezó todo, al contrario de las historias de amor en las que uno quiere saber cómo terminará todo.

Historia oficial del amor es una novela —¿unas memorias? ¿Una investigación?— que cualquier colombiano contemporáneo debería leer. No debe ser fácil ni cómodo indagar en los secretos de la propia familia para contar una historia, que también es el reflejo de un país, sin una pizca de ficción. Ricardo Silva Romero lo ha hecho, y su victoria es un libro sincero que también es una lección sobre cómo contar una historia de amor.

Los cohetes de Laguna

Elefantes en el cuarto, Sindy Elefante. Cohete Cómics.

Uncle Bill, Bef. Cohete Cómics.

Dos Aldos, P. Guerra y H. Díaz. Cohete Cómics.

Caminos condenados, AA.VV. Cohete Cómics.

Laguna libros lanzará Cohete Cómics, un nuevo sello editorial especializado en novela gráfica, con cuatro novedades que serán presentadas en el marco de la FILBo. Elefantes en el cuarto, de Sindy Elefante, nos muestra a la misma Sindy organizando su cuarto, llevándonos por todo un río de recuerdos y anécdotas de infancia: el amor por el deporte y el dibujo, la relación con el hermano y los primeros amores. Uncle Bill, de Bef (Bernardo Fernández), narra la historia de un joven mexicano obsesionado con el desenfrenado viaje que el escritor de culto William Burroughs hizo por México. En Dos Aldos, de Pablo Guerra y Henry Díaz, un laboratorio de neurobotánica en medio del desierto se convierte en el escenario de un extraño triángulo amoroso. Y Caminos condenados (de Pablo Guerra, Henry Díaz, Camilo Aguirre y Diana Ojeda) consiste en un recorrido por los Montes de María durante el cual el lector comprenderá las problemáticas que han aquejado históricamente este territorio.

De regreso a lima

Cinco esquinas, Mario Vargas Llosa. Alfaguara.

Juan David Correa, director de Arcadia.

Cinco esquinas es un punto en los Barrios Altos de Lima, en el centro de la capital peruana. En dicho lugar confluyen cinco calles que le sirven de escenario —y de título— a la más reciente novela del premio Nobel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa, para regresar a su ciudad, en la décimo octava novela que ha publicado con 80 años cumplidos. 

La novela de Vargas Llosa tiene tantas virtudes como defectos. A un tibio comienzo, plagado de un erotismo algo facilón y cursi, le sigue una emotiva trama sobre el poder, el sensacionalismo, la indefensión de las clases populares y la dictadura tenebrosa de Alberto Fujimori. Vargas Llosa ha decidido regresar al territorio de una Lima que ha quedado para siempre grabada en la mente de los lectores en libros comoConversación en La Catedral o La tía Julia y el escribidor. En Cinco esquinas, además, vuelve sobre el periodismo, uno de sus temas recurrentes, esta vez de la mano de Rolando Garro, el director deDestapes, un pasquín de crónica roja que se ha convertido en el fortín para desacreditar con morbo a los opositores del régimen fujimorista de la mano de “el Doctor”, Vladimiro Montesinos. 

Alrededor de Garro y de la editora del periódico, Julieta Leguizamón, “la Retaquita”, se urde una trama de sobornos y desprestigio hacia el industrial Enrique Cárdenas, la contraparte burguesa de la novela, quien resulta involucrado en un escándalo sexual por cuenta de unas fotografías tomadas en una orgía junto a un misterioso extranjero serbio de apellido Kosut. Al lado de Quique, de su mejor amigo, el abogado Luciano Casabellas, y de sus dos respectivas esposas, Marisa y Chabela, quienes viven un amorío lésbico, la novela navega en dos aguas algo desiguales: mientras que en el territorio de lo popular el escritor sabe moverse como un pez en el agua; en la descripción del mundo arribista y despiadado de las clases altas, parece un poco artificial e incómodo.

En todo caso, Vargas Llosa sigue siendo un gran contador de historias, capaz de armar estructuras novelísticas audaces, de crear personajes conmovedores a pesar de que al final se le note que hubo algo de prisa para concluir. Pero no hay literatura perfecta. Y eso lo sabe Vargas Llosa. 

La lógica de la muerte

El mar en Casablanca, Francisco José Viegas. Panamericana.

Laura María Ayala, editora de revista Avianca.

Jaime Ramos sabía que el pasado vendría algún día a encontrarse con él, en una llamada a media noche, tocando su puerta, sentado frente a su escritorio en la inspección de policía o, quizás, acostado en la mesa del forense por donde había visto pasar tantos cuerpos, unos con nombre y domicilio, y otros condenados al anonimato, al olvido. Jaime Ramos lo sabía, pero no se preparó para el embate de sus recuerdos. Pese a ser un inspector experimentado, de los mejores y de los pocos que no se refugian en el alcohol ni en las drogas, tampoco sospechó que ese homicidio despertaría los fantasmas de su juventud. 

La escena del crimen no era escandalosa. Ahí estaba, junto al lago de un viejo hotel, un hombre vestido de etiqueta con dos balas en el abdomen. Una quedó atrapada en una vértebra y la otra, la que lo mató, fue a parar al hígado. Así empezaron las pesquisas que lo llevaron al segundo cadáver, en una granja, ultimado por la misma arma. Se trataba, aparentemente, de un caso más para Jaime Ramos: el detective de ficción más conocido en Portugal. 

Desde 1991, cuando apareció por primera vez en las páginas de Morte no Estádio, del escritor Francisco José Viegas, Ramos ha protagonizado ocho novelas policiacas, pero con El mar en Casablanca su historia se reescribe. Viegas, considerado uno de los autores centrales de la literatura lusa, conserva el enigma de un crimen y la figura del investigador siguiendo pistas, tratando de establecer un orden, una lógica a la muerte, pero cambia el sentido de la búsqueda. 

Lleva al lector por un viaje desde las calles de Oporto hasta África, a la feroz lucha del Partido Comunista en Angola en 1977; a Marruecos, exactamente a Casablanca, donde —se queja Ramos— “hay mar, pero no se ve”, y a la guerra colonial en Guinea, que le dejó al detective mucho más que una sordera crónica. Descubrir quién fue Ramos, desentrañar su pasado, se convierte en una necesidad. “Y es que él nunca sabía dónde estaba la verdad, ni sobre su vida ni sobre la de los demás; pero sabía más de la vida de los otros que de la suya”. Eso estaba a punto de cambiar.

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