De pie, Vicky Hernández y Carlos Mayolo durante el rodaje de 'La mansión de Araucaíma´. Foto: Eduardo "La Rata" Carvajal.

“Ya no existe la Cali de ¡Que viva la música!”

Desde 'La mansión de Araucaíma' hasta 'La vendedora de rosas', Eduardo 'La rata' Carvajal lleva más de cuarenta años documentando con su cámara el detrás de escenas de algunas de las películas más emblemáticas del cine nacional. Arcadia habló con él en el Ficci.

2016/03/05

Por Christopher Tibble, Cartagena de Indias

A Eduardo Carvajal, de 67 años, no le gustan las fotos. Tampoco las entrevistas. Prefiere, en cambio, hablar con imágenes: desde comienzos de la década de los setenta, el caleño ha trabajado de la mano directores como Carlos Mayolo, Luis Ospina, Víctor Gaviria y, más recientemente, Carlos Moreno.

Cámara en mano, ha participado en los rodajes de decenas de cintas documentando el proceso creativo, a sus protagonistas, a sus locaciones. Ahora, al cumplirse treinta años de La mansión de Araucaíma, película relanzada en el marco de FICCI, el festival homenajea al fotógrafo con una exposición de las fotos que tomó durante ese rodaje. A pesar de su aversión a las entrevistas, el caleño de estatura baja y cola de caballo salpicada de canas se sentó con Arcadia para conversar sobre su carrera. 

¿Cuándo arrancó a tomar fotos?

Con la fotografía arranqué desde muy temprana edad. Con mis hermanos en la casa, en el barrio, durante los paseos. Tenía una cámara sencilla, de esas brownie de fiesta. Así empecé, en una edad muy temprana, tenía unos siete u ocho años. 

¿Se trataba de un pasatiempo o ya estaba pensando dedicarse a la fotografía?

Desde entonces tenía la meta de que quería ser fotógrafo. Definitivamente por eso no estudié: tenía la idea de que iba a ser fotógrafo

¿Cómo reaccionó su familia?

Con la familia fue un poco complicado porque en esa época los fotógrafos eran los que hacían las fotos en los parques. No era ninguna profesión. También había los que hacían retratos, los eventos sociales, pero era una clase de trabajo un poco desprestigiado. No era lo que anhelaba una familia para un hijo. 

En la Cali de los años sesenta, ¿se podía estudiar fotografía? 

No, ni en la universidad ni en un instituto. En los comics que tenía había una pagina atrás con el aviso de una escuela de fotografía mexicana por correspondencia. Les escribí varias veces pero me pareció tan ridículo que nunca me lo tomé enserio (risas). Hasta ahí llegaron mis ganas de estudiar fotografía. Me dediqué mas bien a trabajar y tomar fotos. Me fui a trabajar a la Universidad del Valle, al departamento de bilogía como fotógrafo ayudante. Ahí conocí por primera vez un laboratorio. Ahí me fui familiarizando con la fotografía, la parte técnica. Así entré de forma más formal. 

¿Cómo era la escena de cine en esa época?

Creo que en ese entonces el cine estaba prácticamente muerto. Mayolo tal vez estaba haciendo algo, pero yo no estaba enterado de eso. Había un pequeño cineclub de Jaime Vásquez en el TEC. Uno iba mucho a ver cine en Cali, a los matinés y por las tardes a los cines dobles. Se volaba uno del colegio para ir. 

 ¿Cómo fue su primer encuentro con Grupo de Cali, con Mayolo, Ospina y Caicedo?

En Cali había un sitio llamado Ciudad Solar. Ahí prácticamente se llevó a cabo el nacimiento del Grupo de Cali. Era una casa antigua en el centro de la ciudad que fundó Hernando Guerrero donde había varios departamentos: galería de arte, artesanías, departamento de fotografía, se manejaba el cine club de Cali. Ahí vivía Caicedo, vivía Guerrero. Era prácticamente una comuna cultural. Ya sabía un poco de fotografía por mi paso en la Universidad del Valle y cuando me enteré de que comenzaba el departamento de fotografía, me fui allá. Yo ya había comprado una cámara, algo que no era fácil a los comienzos de los setenta en Cali, así que me ofrecí como voluntario para ayudar a fundarlo. 

¿Qué tal fue esa primera experiencia en un set de cine, con Caicedo y Mayolo en Angelita y Miguel Ángel (1971)?

Esa fue una película inconclusa. Yo no tenía conocimiento de cómo era el trabajo. Era mi primera experiencia. Fui inicialmente como curioso, para ayudar a cargar cosas, era un rodaje muy rudimentario y elemental. Al segundo día me di cuenta que había que documentarlo así que llegué con mi cámara para tomar fotos del rodaje. 

¿Cómo fueron esos rodajes con Mayolo, Ospina y Caicedo?

Empezamos con esa película como un pequeño grupo, cuatro o cinco personas. Luego fue creciendo y todo se fue volviendo más indisciplinado (risas). No, llevábamos una vida bastante indisciplinada pero cuando estábamos trabajando estábamos trabajando. Después de Angelita y Miguel Ángel, cuando hicimos Cali de película durante una feria de Cali, nos llegaron los primeros patrocinios y el trabajo se volvió más cómodo. 

Las películas del llamado grupo de Cali se han convertido en un referente del cine nacional. En esa época, ¿sabían que estaban rompiendo esquemas? ¿Pensaban en que quizá serían recordados?

Cualquiera que estuviera haciendo cine en los setenta estaba rompiendo todos los esquemas. Pero no era tanto que pensáramos que íbamos a hacer un buen ejemplo o un mal ejemplo, o que iba a nacer un movimiento, pero cuando uno empieza algo sí cree que va a ocurrir algo…cuando uno hace una actividad cultural la hace para que perdure. Nosotros pensábamos que esa cultura iba a crecer y así fue. Cada día más gente quería asistir a los rodajes, quería ir al cine club de Caicedo, la cosa fue creciendo. El cine de Cali hoy tiene sus semillas en los setenta. 

¿Qué buscaba retratar en los rodajes?

Cada rodaje es diferente, con su director, equipo, guion e iluminación. Yo tengo un estilo que fui adquiriendo a través de los rodajes. Me gusta mucho el detrás de cámara y creo que me concentro más en lo que ocurre ahí que en la película como tal.

El FICCI está conmemorando los treinta años de La mansión de Araucaíma. ¿Qué recuerda de ese rodaje?

En La mansión estuvimos confinados en una hacienda en el norte del Cauca, en una hacienda muy antigua. Fue un rodaje muy intenso, no había eso que hay ahora de que uno tiene que trabajar solo doce u ocho horas. Trabajábamos de corrido 18 horas. Fue muy intenso. Esa fue la primera película del Gótico Tropical que hablaba Mayolo, el gran ejemplo. 

Usted trabajó con Víctor Gaviria en La vendedora de rosas. ¿Cómo fue ese cambio?

Esa película fue muy especial para mí, me marcó mucho. Fue una experiencia muy diferente en el sentido de que era una película con una temática social muy fuerte e intensa. Además fue un rodaje nocturno, con una fotografía muy linda. Aprendí mucho.

Usted sigue trabajando en rodajes…

Sí, en el último que trabajé fue Que viva la música de Carlos Moreno. 

¿Y cómo fue la experiencia de trabajar en la adaptación del libro de Caicedo después de haber trabajado con él?

Esa película ha sido muy polémica. Cuando me llamó Carlos me pidió el favor de buscar las locaciones porque yo viví la época de Andrés. De hecho, la mayoría de las fotos que existen de Andrés son mías. Me entusiasmé mucho aunque sabia que algunos amigos se iban a molestar un poco por colaborar. Igual tampoco sabíamos qué película iba a ser. Me puse a buscar locaciones en todo Cali pensando en lo que me acordaba del libro. Las pocas veces que hablé con Andrés los dos fue sobre anécdotas del sur, yo nací ahí y conocía esa parte. Entonces me puse a buscar y fue decepcionante encontrar como ha cambiado la ciudad, cosas que uno no se fija cuando pasa normalmente. Cuando fui a hacer el scouting fue un desastre. La ciudad ya no es la del libro. No encontré nada de cómo era. A partir de los ochenta y el narcotráfico la ciudad se volvió mierda, tumbaron lo bueno, forraron las casas en mármol, con mosaicos de baño. Fue decepcionante.

Sandro Romero Rey dijo alguna vez que usted no solo era el de la foto fija en los rodajes, sino que hacía un sinfín de labores y solucionaba un sinfín de problemas. ¿Cuál era esa otra vida, no la del fotógrafo, en los rodajes?

En esa época no exista el profesionalismo de ahora. Esa es la parte oculta del cine. Yo era el promotor de la rumba (risas), pero eso no tiene tanto valor y menos para los muchachos de ahora. Es aterrador los cambios que hay con los nuevos directores con los que he trabajado. No se toman un trago, son muy juiciosos. Lo contrario de lo que hacíamos nosotros. Es un vuelco total. Uno añora esa época pero no podríamos hacer un rodaje como los de esa época porque no nos levantaríamos. Rodábamos sin acostarnos y cuando terminábamos rumbeábamos y seguíamos trabajando al otro día. Y así durante varios días. Hoy en día, a esta edad que tenemos, llegamos a hacer eso y nos llevan a todos al hospital.

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