Hanif Kureishi nació en Bromley, suburbio de Londres, en 1954. Foto: Barbara Zanon / Getty Images

"Europa ha vivido del Tercer Mundo toda la vida", Hanif Kureishi

Es uno de los más polifacéticos escritores británicos desde la segunda posguerra: autor de teatro, novelista, cuentista y guionista de cine. Irreverente y polémico; admirado por sus complejos abordajes de la identidad, cuyas exploraciones del cruce entre raza, género, migración y nación han contribuido a ensanchar la comprensión de la Gran Bretaña posimperial. Arcadia habló con él en Londres.

2016/01/27

Por Andrea Cadelo* Londres

Hanif Kureishi nació en Bromley, un pueblo en los suburbios al sur de Londres. Su madre, inglesa. Su padre, originario de una familia musulmana de Madrás, emigra a Inglaterra en 1947, año en que India se independiza del Reino Unido y se crea el estado de Pakistán. Solo entonces la mayor parte de la familia del padre se traslada a Karachi. De ahí que Kureishi, cuyo trabajo explora el tema de la identidad en el marco de una Gran Bretaña posimperial, se refiera a su ascendencia paterna pakistaní o india de forma intercambiable. Arcadia habló con él en su casa, en Londres.

“Desde el comienzo intenté negar mi identidad pakistaní. Tenía vergüenza. Era como una maldición y me quería deshacer de ella. Yo quería ser como todos los demás. Leí con interés en un periódico la historia de un niño negro, que cuando percibió que la piel quemada se volvía blanca, saltó en una bañera de agua hirviendo”. Esta cita, tomada de su primer ensayo, El signo del arcoíris (1986), recoge de manera vívida la dolorosa experiencia que para usted implicó crecer en los suburbios de Londres en los años sesenta y captura particularmente bien la huella que sobre la percepción de sí mismo dejara el racismo del que fue víctima a lo largo de su infancia y adolescencia. Me gustaría comenzar preguntándole por la manera como la genealogía de su trabajo se enraíza en la experiencia de crecer siendo de raza mixta, hijo de padre pakistaní y madre inglesa, en la Inglaterra de aquel tiempo.

Mi padre llegó de la India a finales de los cuarenta. Venía con el objetivo de estudiar. Era la fase temprana de la inmigración, previa a la ola masiva de los años sesenta. Aquí conoció a mi madre y se estableció en el sur de Londres en un matrimonio interracial, tal como dices. En ese entonces, el sur de Londres era duro; estaba devastado tras la Guerra. Muchos de mis amigos en el colegio se habían vuelto skinheads y el racismo era cotidiano. Vengo de una familia interesada en la escritura. Mi padre había hecho algo de periodismo y novelas que nunca fueron publicadas. Mis tíos paternos eran periodistas. Así que la curiosidad por la escritura se despertó en mí de manera casi natural. Creo que alrededor de los 14 años entendí que estaba en una posición única para escribir sobre racismo, multiculturalismo y la manera como Gran Bretaña estaba cambiando. La escritura se me presentó como una suerte de liberación. Mi vida en los suburbios era difícil, yo quería escapar, ir a Londres y convertirme en escritor. Las experiencias de mi infancia fueron sociales y políticas, terribles y dolorosas, como dices. No habían sido tematizadas en Inglaterra y se convirtieron en el material de mi trabajo. Así comencé.

Me parece muy interesante la forma como estructura su ensayo, dividiéndolo en tres secciones que dan cuenta de su exploración identitaria: Inglaterra, Pakistán y, de nuevo, Inglaterra. En la primera, hace alusión a su vida como niño y adolescente en los suburbios de Londres y a ese crecer sintiendo que “hubiera preferido caminar desnudo por la calle antes de levantarse a cantar el himno nacional británico”; en la segunda, su primer viaje a Pakistán, en el que, no obstante sus resentimientos, empieza a reconocer lo muy inglés que se siente y a desconocerse en la tierra de sus ancestros paternos. Pese a haber sido allí cálidamente acogido, usted se sentía ajeno en un lugar en el que el radicalismo religioso tomaba cada vez más fuerza. Finalmente, narra su regreso, tras haber comprendido que si usted habría de dar alguna lucha, esa lucha sería en su país: Inglaterra.

La idea de Gran Bretaña con la que yo crecí era una idea imperial. Como imperio, había gobernado sobre mi familia en India y Pakistán y era un país racista. Cuando volví de Pakistán, entendí que la solución pasaba por transformar al Reino Unido; por hacerlo reconocerse como una nación multicultural, cuya composición racial había cambiado de manera radical y para siempre. De ser un país blanco en 1950 pasó a ser un país multicultural en 1980 y no había nada que pudiera hacerse al respecto. Ni siquiera la señora Thatcher podía detener el cambio. De ahí que, para mí, escribir El signo del arcoíris fuera como un antes y un después. Me di cuenta de que no era yo el que tenía que cambiar, que el punto no era que yo fuera pakistaní o indio, sino más bien que era Gran Bretaña la que tenía que cambiar de cara a aceptar a gente que, como yo, descendía del imperio. Desde entonces dejó de ser una cuestión personal, sobre si yo cabía o no, y se convirtió en una pregunta política y de identidad nacional.

El ensayo es también sugerente porque funciona como un parteaguas en su obra, señalando su desplazamiento de escritor de obras de teatro a guionista de cine. De hecho, usted lo escribió como introducción a su primer guion de cine, Mi hermosa lavandería (1985), por el cual fue nominado al Óscar y publicado por Faber en 1986. Me gustaría que, usándolo como eje, nos contara sobre su trabajo en el mundo del teatro y su tránsito al del cine.

Me agrada que menciones este ensayo. Me acuerdo que cuando lo estaba escribiendo, me decía: quiero ser totalmente honesto, quiero decir la verdad, tal como Baldwin lo había hecho en el suyo. Quería hablar de todo por lo que había pasado y de cuál era mi posición. Cuando cumplí 18 años conseguí un trabajo en el Royal Court Theatre: acomodando a la gente, vendiendo boletas, etc. Esa fue mi salida, mi libertad. Por primera vez conocí gente que trabajaba en las artes y vivía de eso. El teatro era entonces muy radical, político, de izquierda, excéntrico, pero muy serio. Hablábamos mucho de feminismo, de islam, de raza, de clase, de género. El teatro no solo era una forma de entretenimiento, era un medio de educación política. Parte de lo que hacíamos allí era un ejercicio de traducción cultural, mostrándoles a audiencias blancas quiénes éramos y cómo los estábamos transformando. La puesta en escena suponía decir algo así como: miren nosotros venimos del imperio, ahora vivimos en Gran Bretaña, somos indios, somos musulmanes, etc., y estamos transformando el país. Estos son los conflictos y habrá más en el futuro. Jamás volverá a existir una nación blanca homogénea, si es que alguna vez hubo una. Escribí obras por algún tiempo y luego el Canal 4 de televisión me pidió una película. Escribí Mi hermosa lavandería y fue un éxito alrededor del mundo. Luego escribí Sammy y Rosie van a la cama (1987), gané dinero y tuve tiempo para escribir ese libro que tienes ahí: El Buda de los suburbios. Con él volví a lo que originariamente había querido ser: un novelista.

“Mi nombre es Karim Amir y soy inglés de los pies a la cabeza, casi”. Con esta línea comienza una de las novelas británicas más significativas de la posguerra; una novela que, desde su publicación en 1990, ha logrado permanecer en circulación hasta hoy alrededor del mundo; una novela por la que obtuvo el Whitbread Prize y que la BBC televisó; una novela llena de humor que explora el tema de la identidad en la Inglaterra posimperial. Una novela que me hizo reír a carcajadas.

Genial. Me encanta que te rías a carcajadas leyéndome.

Hablemos de El Buda de los suburbios, el texto que desata una revolución en el panorama de la ficción británica, hasta entonces dominada “por caballeros elegantes” como Graham Greene y “la gente bien” de Bloomsbury; tal y como usted definió esa novela de la cual huyó en los setenta, buscando amparo en el teatro, el mismo que, en El Buda, ocupa un papel central.

Con este libro estaba contando mi historia. Tiene que ver con mi infancia y mi juventud, aunque yo, a diferencia del protagonista, nunca fui actor. Pero en El Buda no solo actúan, sino que pasan mucho tiempo discutiendo las obras, las representaciones, los personajes. Al igual que nosotros en el Royal Court, en la novela los actores aprenden a hacer historias con base en experiencias etnográficas y a mostrarles a las audiencias cómo el país estaba cambiando. Buscaba una manera de articular lo que había vivido con relación al racismo, al ser marrón, indio; pero también en torno al pop, al punk, a la moda, a la sexualidad y a la música. Es decir, quería conjugar todos los elementos con los que había estado involucrado y que hasta entonces nunca había visto juntos en un libro. Buscaba una forma de escribir acerca de temas serios y de cosas triviales como entonces se percibía el pop. Así que inventé esa voz que describiste: “Mi nombre es Kamir Amin”, y con esa voz escribí la novela.

Por un lado, usted ha sido ampliamente elogiado por críticos, escritores y académicos por la complejidad con la que aborda el tema de la identidad y, en ese sentido, ha sido denominado el “pregonero de la hibridez”. Por el otro, ha sido el blanco constante de ataques, sobre todo por parte de la comunidad británico asiática, que lo ha acusado de no presentarla de manera positiva y de reforzar el estereotipo de los musulmanes como fanáticos. ¿Ha sentido usted lo que Kobena Mercer ha definido como la “carga de la representación”, es decir, el asumir que el escritor “minoritario” es el representante de la comunidad de la que procede, una presunción en sí misma racista, porque supone que todos los escritores minoritarios son iguales?

Sí, claro, Mercer acierta completamente. Cuando Mi hermosa lavandería salió, fui visto como el representante de la comunidad asiática. Eso, por ejemplo, no habría ocurrido con Greene. A él no lo habríamos erigido en representante de la escritura inglesa, simplemente lo habríamos asumido como un escritor. Yo quería eso, estar en los términos de Greene y no ser el representante de nadie; simplemente un escritor. Ese fue un tiempo muy difícil. Si nunca antes ha habido pakistaníes o musulmanes en el cine y cuando se visibilizan aparecen de manera crítica, entonces toda la comunidad dice: “¡Por dios, este hombre está en contra de su comunidad! Pero ¿por qué no nos muestra como buena gente?”. Quedas atrapado si te enfrascas en este tipo de debates porque no puedes satisfacer a todo el mundo, tú solamente puedes escribir.

En la fase intermedia de su producción, de la cual sobresale su polémica novela Intimidad (1998), usted desplaza su foco de atención de las relaciones raciales hacia la exploración de la masculinidad y el deterioro de las relaciones matrimoniales. Se ha sugerido que parte de las críticas negativas que este bestseller suscitó tienen que ver con el hecho de que usted se atrevió a salir de la arena en la que como “escritor minoritario” estaba llamado a jugar, a saber, la de temáticas relacionadas con raza y etnia.

Este es un punto muy interesante. Yo no era consciente de que me habían etiquetado así. No me autopercibo como escritor indio, simplemente como escritor. No era consciente de que yo estaba llamado a escribir sobre indios, pakistaníes y gays. Pensé que era un escritor con la libertad de escribir sobre lo que quisiera.

Tanto su ciclo siguiente centrado en la exploración de la sexualidad en gente mayor como su última novela merecen un capítulo aparte. Así que, por lo pronto, por favor cuénteme sobre qué está trabajando ahora.

Estoy escribiendo sobre un hombre discapacitado en una silla de ruedas. Estoy escribiendo la novela y la película al mismo tiempo. Esta simultaneidad es muy interesante, pero muy difícil de hacer, porque un formato es completamente visual y el otro, son palabras sobre un papel.

Para terminar: ¿cuál es su opinión respecto a la manera como últimamente se ha manejado en Europa el tema de la inmigración?

La inmigración se suele concebir como un problema, pero Europa ha vivido del Tercer Mundo toda la vida. La riqueza y la importancia geopolítica de Gran Bretaña están intrínsecamente relacionadas con su historia imperial, con India, el Caribe, etc. Asimismo, el pasado imperial es el motivo por el cual Londres es una de las ciudades más ricas del mundo. Como sabes, la mayoría de los trabajadores no calificados vienen del Tercer Mundo. Me parece que hay una gran hipocresía en la forma como se aborda el tema de la inmigración.

Como diría Fanon: la riqueza de Occidente es la riqueza del mundo.

Sí. No reconocerlo sería como gozar de dos placeres: primero el de explotar al planeta; segundo, el de odiar a las personas que son tus víctimas. Esa es una dualidad terrible. No sé mucho sobre el tema pero la gente me dice que la crisis actual en Oriente Medio tiene que ver, en primer lugar, con la intervención de Bush y Blair. Así que hay conexiones importantes sobre lo que sucede en el mundo hoy y las actividades de Occidente. Esto no quiere decir que Occidente tenga la culpa de todo, claro que no; pero sí que hay conexiones muy delicadas que deben ser resaltadas, y a ello deben contribuir los intelectuales.

*Historiadora y comunicadora social.

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