Ciro Guerra ha dirigido tres largometrajes: La sombra del caminante (2004), Los viajes del viento (2009) y El abrazo de la serpiente (2015).

Tiempos de guerra

81 largometrajes de todo el mundo fueron preseleccionados para los premios Óscar 2016, en la modalidad Mejor película extranjera en lengua no inglesa. De este conjunto, se escogieron nueve títulos. El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra, fue una de las cinco nominadas. A continuación, los pasos que ha seguido un creador colombiano para caminar, sin mancharse, hasta la alfombra roja.

2016/01/27

Por Sandro Romero Rey* Bogotá

En Río de Oro (Cesar, Colombia) no había salas de cine. Allí nació Ciro Guerra, en 1981. Pronto su visión del mundo crecería en Valledupar. Pero las imágenes en movimiento, proyectadas en una sala oscura, las descubrió en Bucaramanga. Sus primeros recuerdos se confunden entre la nave de Volver al futuro y el grito melodramático del protagonista de la película colombiana El niño y el papa. Como sucede, cuando los seres excepcionales hacen tambalear las reglas, el pequeño Ciro se entusiasmaba más por dibujar películas en cómics o por las lecturas de Julio Verne que por los juegos de sus contemporáneos. Y como les sucede a estos seres excepcionales, los golpes definitivos de la vida le llegaron muy temprano. Fue gracias a una proyección televisiva de 8 ½ de Fellini, que el futuro realizador, a sus 12 años, decidió que en el cine estaba su destino. Hasta ese momento, Ciro pensaba que las películas eran tan solo un asunto del entretenimiento. Pero pronto se le abrió el panorama y lo quiso saber todo al respecto. El cine colombiano era intermitente. Había oído comentarios de una tal La estrategia del caracol y, rebobinando los recuerdos, piensa que es muy probable que la película de Sergio Cabrera fuese la primera referencia a conciencia que tuvo de un film de su propio país. Ya desde el momento en el que aparecieron las cámaras caseras, Ciro se empeñaba en grabar historias sencillas o en realizar pastiches de cintas que lo hubieran entusiasmado. Cuando pasaron los años y había que tomar la decisión de estudiar una carrera, Guerra no dudó en anunciarles a sus papás que iba a correr el riesgo. En ese momento, la única opción visible para estudiar cine en Colombia era en la sede bogotana de la Universidad Nacional. A pesar de que a sus papás les resultaba muy difícil acostumbrarse a la idea de que Ciro los abandonase, la decisión estaba tomada y no les quedó más remedio que aceptarla.

El descubrimiento de La divina comedia sería un momento definitivo en su formación personal. Internarse en los círculos del Dante le serviría como una carta de navegación espiritual de la cual, de cierta manera, aún no se ha desprendido. Al mismo tiempo, cuando se decide a hacer balances de su cinemateca personal, Guerra insiste en que hay tres tipos de películas: las que más lo impresionaron en la primera juventud, las que más le gustan y las que más lo han influenciado. No son –no pueden ser– las mismas. En el primer grupo, al director le gusta anotar JFK, de Oliver Stone, porque con ella descubrió una nueva forma de narrar en el cine. La acompañan en la lista la citada 8 ½ y 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick. Cree reconocer en ellas las películas que lo cachetearon en la adolescencia. Las tres le abrieron de un tajo la cabeza y le enseñaron que había otro cine. A pesar del paso de sus breves años, los ojos de Ciro se transforman cuando se trata de hablar de las películas que lo apasionan. Se reconoce como una “bestia” del cine, en la medida en que es un tema del cual puede hablar sin detenerse durante horas enteras. Admite que hay películas que han sido determinantes en su manera de reflexionar sobre su oficio y allí incluye títulos del cine latinoamericano como Memorias del subdesarrollo, del cubano Tomás Gutiérrez Alea y, sobre todo, Tierra en trance, de Glauber Rocha, la cual siempre estará entre sus imprescindibles. Hay más, muchas más (Andréi Rubliov, La noche…). Pero también hay directores que, como Werner Herzog, a quien sutilmente cuestiona a través de El abrazo de la serpiente, le interesaron en su período de formación, sobre todo El gran éxtasis del carpintero Steiner o Corazón de cristal.

Ciro evoca con discreción los cortometrajes que hizo como estudiante de Cine en la Universidad Nacional. “Eran solo ejercicios”, admite. Recuerda, sobre todo, un documental sobre Jairo Pinilla (Documental siniestro, se llamaba), en una época (1999) en la que aún no se consideraba a Pinilla como un director de culto. Por desgracia, ese corto desapareció de sus archivos. Hizo un ejercicio de animación (Intento), un ejercicio de género (Alma) y un ejercicio de plano secuencia (Silencio). Todos funcionaron muy bien en su momento, pero el director los considera demasiado precarios. En una época, Ciro lo guardaba todo, hasta que empezó a trastearse y entendió que el mundo es mejor, como en el poema de Machado, “ligero de equipaje”. Trata de conservar solo pequeños recuerdos y nada más. Así que sus películas de formación prefiere que hagan parte, parafraseando a Luis Ospina, de “la cinemateca del olvido”.

Conoció a Cristina Gallego en la universidad y, desde aquella época, no se han separado. Hasta el día de hoy, cuando el Premio Óscar está golpeando a sus puertas, todos los que los conocen no conciben la obra del uno sin la participación del otro. Cristina ha sido el polo a tierra de Ciro y Ciro, a su vez, le ha brindado con sus ideas una dosis de placer y de belleza al arduo trabajo de la producción. Se entendieron muy bien desde un principio. Pronto el joven Guerra admitió que el cortometraje no era lo suyo. Ni el documental. Le interesan ambos formatos como espectador. Pero donde él y Cristina se sienten a gusto es en el largometraje argumental. La sombra del caminante, su primera película, comenzó siendo un corto pero, poco a poco, la historia se los devoró y se dieron cuenta de que había llegado el momento de arriesgarse a fondo y de apostarle al cine como un asunto de vida o muerte. Así que Ciro se retiró de la Universidad Nacional (nunca se graduó) y se dedicó a darle cuerpo a su ópera prima. “La verdadera academia es el cine”, confiesa tajante. Para él, la universidad te da algunas herramientas, pero el resto es el oficio y la suerte. “Este trabajo tiene que ver mucho con la gente con la que te toca trabajar. Si estás bien rodeado, esa será tu tabla de salvación”, sentencia. A Ciro le encanta rodearse de apasionados cinéfagos, de aquellos extraños seres que se pueden pasar años hablando solo de películas. Para él, la esencia del cine es la cinefilia. No concibe que alguien se dedique a su oficio sin conocer películas de todos los países, de todas las épocas, de todos los géneros. “Y no es en YouTube ni en computador: es en la pantalla”, declara contundente.

Cuando Bertolucci estuvo en Cartagena, lanzó una célebre boutade en la que afirmaba que un director de cine era aquel capaz de conseguir dinero para hacer una película. “Eso era antes –informa Ciro–. Ahora, pienso que es más fácil. Y cuando todos se sienten superhéroes, finalmente nadie lo es. Ante la facilidad técnica, es casi imposible hacer grandes películas”. Quizá por ello guarda gratos recuerdos de La sombra del caminante, porque, cuando la ve ahora, la siente ingenua, pero le agradece que le dio las herramientas para atreverse a experimentar la entrega total al cine. “Hace poco me hicieron una retrospectiva en Noruega y al público le encantó, quizá porque tiene el encanto de haber sido hecha con una pasión desbordada”. Ya desde esa época, Ciro se acostumbró a mezclar actores profesionales con los llamados “actores naturales”. Para el director colombiano, no hay diferencias. Cada película impone sus propias reglas y recurre a unos u otros de acuerdo a las necesidades de las historias. “Pero mis mejores experiencias han sido con actores que vienen del teatro. Tienen una rigurosidad, una entrega y una humildad que es muy importante para el cine”. Y agrega: “Nunca he podido con el star system de la televisión. Víctor Gaviria dice que la televisión le envenena el alma a la gente. Yo no quisiera pensar así, pero parece que es cierto”.

Ciro Guerra siempre piensa en el público. Le preocupa hasta el fondo que sus películas le lleguen a la gente. Pero le interesan “sus corazones y no sus billeteras”. La sombra del caminante, Los viajes del viento y El abrazo de la serpiente no son películas complacientes, pero Ciro las siente “muy accesibles”. Admite que las mejores experiencias siempre las tiene con espectadores desprevenidos o que no tienen prejuicios frente al cine (indígenas, comunidades desplazadas…). Hay un nivel de atención que a Ciro le encanta. “El problema se presenta con aquellos que ya tienen ideas preconcebidas sobre cómo debe ser una película”, considera. Si bien es cierto que, según él, todo tipo de cine es válido, le molesta que se hagan films solo para complacer a la taquilla o para ganarse premios. Tarde o temprano, se sentirá la trampa. Hoy por hoy, Ciro sabe que debe aprender a adaptarse a las fosforescencias de los festivales y de los concursos. Son pasos para que sus películas encuentren el camino de los espectadores. Le gustan los festivales porque son momentos en los que se reúne con gentes que aman el cine por encima de todo. “Allí está el verdadero país al que pertenezco. Ellos son mi verdadera familia”, confiesa.

Al parecer, no es una coincidencia que la película danesa que compite en la misma categoría de El abrazo de la serpiente para los Óscar se llame A War (Una guerra). Los tiempos de Guerra, el colombiano, han comenzado. Quiere salir pronto de la batalla de los premios porque lo espera Pájaros de verano, la nueva película que viene en camino, para ser rodada en La Guajira. Ya está escrita. Pero, para sorpresa de todos, Ciro confiesa que no le gusta el oficio de guionista. “Es como si yo fuera pintor y tuviese que componer una sinfonía para hacer mi cuadro”. Por fortuna, ha contado con muy buenos colaboradores que saben poner en negro sobre blanco sus ideas audiovisuales.

Con todo su ejército, el 16 de enero a altas horas de la noche, Ciro Guerra se preparó para una aventura tan fascinante como la de un rodaje: la fiesta de celebración con el equipo de El abrazo de la serpiente. Una inmensa familia de cinéfilos muy joven que han sabido formar parte de ese coro de múltiples voces, donde el director de la orquesta se siente como un intérprete más. Ya lo han dicho en otras ocasiones: Cristina Gallego, Ciro Guerra y sus colegas que se internaron en la selva para pasar el barco al otro lado de la montaña ya ganaron un premio mucho más importante que el Óscar. Se ganaron un lugar en la historia del cine.

*Dramaturgo

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