Ilustraciónes de Eva Giraldo

Homenaje a Cervantes y Shakespeare: La mujer de vidrio

Arcadia publica en exclusiva dos relatos de dos de los invitados al Hay Festival. Los organizadores les pidieron a varios autores escribir relatos inspirados en Miguel de Cervantes y William Shakespeare para conmemorar los 400 años de su muerte. Las editoriales And Other Histories y Galaxia Guttenberg publicarán un libro el próximo abril, en inglés y en español, con la totalidad de los cuentos. La edición estuvo a cargo de Daniel Hahn y Margarita Valencia. Este es uno de los relatos.

2016/01/27

Por Deborah Levy*, Sudáfrica, 1959

Corre el año de 1849 y aun así tus labios no serán muy distintos de los míos y las revoluciones en tu siglo no serán muy distintas de las nuestras pero ahora debo tomar un respiro al igual que tú y con este respiro que aún no he tomado te hablaré desde donde ahora estoy que es Baviera.

Baviera, 1849.

Estoy observando a una joven de 23 años de edad.

Ella es aristócrata. Yo soy médico.

Estoy observando la catastrófica poesía de su cuerpo.

Es el mes de agosto, pasada la medianoche, y ella está caminando de lado con mucha dificultad por los corredores del palacio real, con los brazos estirados hacia adelante como si temiera caerse. Se dirige a su recámara con los ojos verdes abiertos de par en par.

Algo anda mal con la princesa Alejandra Amelia.

El 14 de julio ordenó que se cubriera todo el mobiliario con terciopelo suave y que nadie se sentara a su lado en el comedor, ni a su derecha ni a su izquierda, y anunció que no podría volver a montar a caballo y que si tuviera que viajar en carruaje, este debía ser forrado en paja. Al ser cuestionada por sus reales padres, la princesa al fin confesó que cuando niña se había tragado un piano de cola hecho de vidrio. Por lo tanto, dadas su forma y su fragilidad imaginarias, teme que si se golpea con algo o se tropieza con sus faldas o si alguno de los perros reales salta en su regazo, el piano en su interior se haga pedazos y ella se convierta en un revoltijo terrible de carne y vidrio.

Fui llamado sin demora a palacio y consentí al ansioso requerimiento de su padre de guardar la mayor discreción en este asunto. Mi tarea como médico era sacar el piano de vidrio de su vientre. Me pagaría diariamente durante un mes, al cabo del cual, si su hija no estaba curada, sería secretamente transportada en el carruaje forrado de paja hacia un convento en la Selva Negra donde envejecería con las monjas.

¿Por qué acepté esta tarea imposible? Es verdad que soy el experto europeo en este tipo de delirios y que hablo nueve idiomas, pero sabía que no podría curarla. A pesar de todo, no quería que la joven princesa fuera acosada o lastimada por inventar un lenguaje que está más allá del alcance de nuestras mentes.

He tomado copiosas notas durante este mes. Todas son inútiles.

Come muy poco a causa de su tamaño imaginario.

Dos cucharadas de caldo.

Sus instrucciones a los sirvientes siempre son muy claras, tal vez tan transparentes como el piano en su interior.

—Nadie nunca ha de tocarme. Deben sacar de mi recámara los relojes y las porcelanas. Cuando camine por el palacio mi doncella deberá abrir las dos hojas de todas las puertas para que no me trituren si se cierran.

El piano es una escultura hecha de dolor.

Tiene forma.

Es un pensamiento.

Es una manera de pensar.

Aun así ella no dice lo que piensa.

La he visto tomar bayas de los saúcos en los jardines del palacio y llevárselas a la boca.

Las dispone en su lengua e incita a los pájaros a que se acerquen volando y las tomen.

Juega con los pájaros.

El piano en su interior es un instrumento de comunicación.

Al igual que su lengua.

Ha dado su lengua a los pájaros y su vientre al piano.

Llevo observándola veintiocho días y aún no he logrado retirar el piano de vidrio de su mente. Ha aprendido a confiar en mí e incluso tal vez se alegre de mi compañía. ¿Por qué no le he revelado que sus padres me despidieron y que esta noche será nuestra última conversación?

Temo que estas noticias la destruyan. La cocinera está de acuerdo conmigo. Desde el principio comprendí que el argumento racional es impotente a la hora de enfrentar el delirio, y que tendría que usar métodos distintos. Todos ellos han fracasado. No tengo más métodos.

La princesa Alejandra Amelia puede ver claramente que estoy de pie con mi abrigo en los corredores del palacio. Decidí no esconderme en las penumbras u ocultar mi presencia. La saludo con la mano ahora que ella, lenta y dolorosamente, camina hacia mí. En la mano izquierda tengo la copa de vino aromatizado que me dio la cocinera, quien le ha ordenado al ayuda de cámara que empaque mis cosas y prepare el carruaje para el largo viaje a Nápoles por la mañana.

Alejandra Amelia viste de blanco, su pelo oscuro está recogido y sus zapatillas de satén están sujetas con cintas de seda que han sido atadas por sus criados de tal manera que nunca se suelten. Dos horas toman cada día solo en anudar sus cintas.

—He venido a decir buenas noches, Amelia.

—Tienes gotas de lluvia en el abrigo –dice ella, apoyando su mano levemente en la pared para recobrar el equilibrio–.¿Dónde has estado?

—Acabo de volver de consolar al panadero, que cree que está hecho de mantequilla. No quiere acercarse al horno por miedo a que su cuerpo se derrita.

—Ya veo –dice ella–, ¿y cómo dormirá esta noche?

—Se desnudará y se cubrirá con hojas de laurel para mantenerse fresco.

—¿Las hojas lo tranquilizarán?

—Sí –respondo–. Creo que lo ayudarán. Y tú, ¿cómo dormirás tú esta noche?

—Como siempre lo hago.

—¿Y cómo lo haces siempre?

—Perforé el colchón y me cubriré el cuerpo con sus plumas. Las noches no son un problema para mí.

—Me alegra saberlo, Amelia.

Ella y yo hemos acordado hablarnos informalmente, más que nada porque no tiene el suficiente aliento para decir mi nombre, y yo tampoco el suyo, y no quiero que me llame “Doctor”.

Sé que su sueño es atormentado. Ha punzado la superficie de su almohada de seda con una aguja.

He observado que su aliento es leve. Es como si la almohada respirara por ella.

—Mis sueños están llenos de animales –me dice–. Están adormilados y heridos. Yacen en cunas como si fueran bebés. Gimen un poco.

—¿Qué clase de animales?

—Ayer vi un potro nacer en el establo.

El granjero lo jaló hasta sacarlo de la yegua. No quiero que me saques el piano de esa manera.

Asiento y bebo un sorbo del vino aromatizado.

—Claro, Amelia. No podemos extraer el piano como si fuera un diente. Cuando era joven vendí mis colmillos para financiar mis estudios de medicina. Aún lamento el hueco en mi boca, que no he querido llenar con porcelana. Un diente es tan valioso como una joya y también lo es tu piano.

Se ríe. Es un sonido áspero, como el desgarro de una tela. Me cuenta que le ha dado permiso a su doncella para que viaje a casa y visite a su madre.

Por lo tanto camina hacia su recámara con más cuidado del habitual.

—Tu piano es un fantasma de tu mente –insisto, porque un médico nunca debe ser cómplice de un delirio.

—No, no es un fantasma –sus dedos tocan brevemente los pliegues de seda de su vestido bajo el cual ya no usa corsé.

—Es posible que estés en lo cierto –respondo–. Pero no es muy probable.

¿Y qué más estaba ocurriendo en Europa mientras yo bebía sorbos de vino exquisito en los pródigos corredores del palacio real? Los cultivos de papa habían sido destruidos por una plaga y por todas partes los campesinos hambrientos estaban planeando derrocar el sistema feudal.

—Una última pregunta –la princesa Alejandra Amelia se toca el párpado izquierdo con la punta de su suave dedo–. ¿Qué harás cuando vuelvas a tu alojamiento esta noche?

—Me sentaré ante el fuego y pensaré en ti.

—Buenas noches, Tomás.

—Buenas noches, Amelia.

Y sin embargo no nos movemos. Su palma derecha sigue apoyada en la pared que parece bañada por una tempestad de pan de oro.

—Una última pregunta –digo yo–. ¿Cómo te quitarás las zapatillas si no puedes doblar tu cuerpo y tu doncella está con su madre?

—Hoy dormiré con ellas puestas.

Sonríe y sigue su camino.

Al inicio de su tratamiento fui testigo de una conversación que tuvo lugar entre mi paciente y sus padres. Su madre lloraba exasperada.

—¿Qué idea se te ha metido, Alejandra Amelia?

—Lo que se me ha metido es un piano de vidrio.

Los padres, temerosos de que su hija hubiera cambiado su cordura por un fantasma de vidrio, pidieron que la operara y sacara el piano de su estómago.

Era una idea extraña pero me ayudó a entender. Ellos imaginaban que se podía sacar de esta manera y la princesa imaginaba que de esa misma manera había entrado.

En la segunda semana noté que había atravesado un limón con espinas de un rosal. Le pregunté si era un objeto mágico.

—Oh, no. Es para liberar el aroma del limón.

Más tarde le contó a la cocinera (quien tiene un atractivo lunar encima del labio) que yo estaba loco.

La imaginación, y no el bisturí del cirujano, es el instrumento crucial para entender la consciencia humana. ¿Acaso sabe Alejandra Amelia que sus padres partieron hace dos días para entrevistarse con la abadesa del convento e inspeccionar la habitación de su hija?

No le estaba mintiendo a mi paciente cuando le conté sobre el triste panadero demente que cree ser de mantequilla. Aquí, en la melancólica Baviera, me he acostumbrado a la lluvia y a los cielos grises. Aprovecho los baños de mostaza al cabo de un día largo e inútil para reflexionar. Tengo treinta y seis años y me he topado con muchos delirios de vidrio en mis viajes, pero este es mi primer piano. Un profesor de filosofía en Roma creía estar atrapado en una botella de vidrio. Un rey francés creía que todo su cuerpo era de vidrio y usaba costillas de hierro sobre la ropa para protegerse en caso de caer. Hay hombres que creen que sus nalgas son de vidrio y rehúsan sentarse. Hay reportes provenientes de toda Europa de huesos de vidrio, de corazones, de torsos y dedos. Un carpintero en Venecia se rehúsa a salir de casa para evitar que lo usen como vidriero para hacer ventanas. Otro hombre de vidrio solo anda por el centro de la calle por miedo a que una teja se desprenda de los techos y le caiga en la cabeza.


Ilustración de Eva Giraldo.

Hasta ahora no hay reportes de mujeres que sufran de delirios de vidrio.

En la tercera semana le sugerí que envolviera su piano con una manta suave y cálida. Era un ejercicio conceptual. Pensé que podría protegerla un poco del miedo de romperse pero se negó a aceptar mi lenguaje. A pesar de su fragilidad física le gusta que su piano esté desnudo y me dijo, con gentileza, que la idea de que una manta pudiera protegerla era un delirio.

Su padre tiene razón. No he podido penetrar en su cuerpo que también es su mente.

Esta noche el ambiente de los corredores del palacio es tranquilo mientras la princesa ejecuta su extraño caminar de lado. La ausencia de sus padres es una liberación. Abajo los sirvientes beben en la cocina y la cocinera discute con el jardinero la historia de Edipo, tal como la contó Sófocles en su tragedia Edipo Rey.

Alejandra Amelia es esbelta y serena pero en su mente es tan ancha como un piano de cola.

Señala el leoncito de piedra que yace en una losa de mármol a la izquierda del corredor.

—Solía sentarme a horcajadas en él cuando era niña –me dice con su susurro tembloroso–. Me tenía que levantar las enaguas y a veces le decía que escapara del palacio conmigo.

—¿Tu pasado está escondido en el piano, Amelia?

—Oh no.

Alcanzamos a oír los gritos furiosos de la cocinera y el jardinero. La cocinera ha alzado la voz para insistir en que al sacarse los ojos Edipo siguió viendo en su mente todo aquello que lo afligía desde el principio.

—Alejandra Amelia, ha dejado de llover y la noche es cálida. Vamos hasta el lago a ver los cisnes.

—Si tienes paciencia, Tomás. Tardaremos un buen tiempo en llegar.

Sí tengo paciencia.

Les pido a los criados que lleven telas suaves y cojines de seda a la banca situada a la orilla del lago. Les pido que prendan velas y procuren más vino de la bodega. Y ordeno traer un plato con panecillos vieneses y un tazón con frutas.

Nos toma tres horas llegar al lago de los jardines del palacio. No está lejos y si hubiera estado solo habría tardado menos de doce minutos. Incluso un pequeño caracol es un peligro para la princesa. Si ella se cayera o perdiera el equilibrio sería un desastre. Adivino que en la superficie de su cerebro ha trazado una imagen de su cuerpo que incluye un piano de cola hecho de vidrio. Ella se ve a sí misma como un gigante. Cree que ha cambiado de forma y de tamaño. Sus venas son visibles porque su piel es pálida; es de sangre azul, como dicen de los aristócratas. Alejandra Amelia evita el sol en caso de que el piano en su interior absorba el calor y se quiebre.

Le sienta bien caminar en los jardines del palacio bajo la luna a las tres de la mañana.

Ahora se encuentra sentada en los cojines de seda distribuidos en la banca. Me ubico a cierta distancia de ella, como siempre. Los cisnes apoyan la cabeza en el ala y se deslizan dormidos por el lago de plata. Cuando le comento a la princesa que sus cuerpos están casi vacíos, que los cisnes están llenos de aire, se ríe con indulgencia ante uno de mis frívolos caprichos.

La mesa está puesta y hay panecillos vieneses cubiertos de leche descremada y semillas de calabaza. La cocinera también nos ha querido tentar con otras sorpresas. Contemplamos el banquete en la mesa.

Un soufflé

Almendras suaves y dulces

Estrúdel rociado con polvo blanco

Fruta

Un plato de trozos de panqueques.

Le pelo la cáscara dura a un lichi del sur de China. De pronto mis dedos se humedecen por la suave pulpa floral de su interior.

Se la paso y la sostiene en sus dedos.

El lago es profundo y calmado.

—Lo bueno de una conversación nocturna es que no puedes ver mi cara –me susurra.

Es verdad.

Ya me había dado cuenta de que cuando se le obliga a sentarse en la mesa siempre se ubica detrás de un gran florero para que nadie la mire fijamente.

Un ruiseñor trina desde uno de los árboles húmedos.

—Amelia, ¿qué le añade el piano a tu existencia?

—Le brinda otra dimensión –me dice.

—Si te tragaste el piano, debe de tener algún sabor.

—Sabe a vidrio.

—¿A qué sabe el vidrio?

—Tú mismo tendrás que averiguarlo.

Acerco la copa de vino a mis labios.

Mientras el ruiseñor trina, lamo el vidrio.

—Sabe a arena.

—Sí –coincide–. A arena fría.

Baño mi dedo en vino y froto el borde de la copa de vidrio. Produce un agudo sonido melancólico, no muy distinto al del ruiseñor.

—Escucha, Amelia –me inclino hacia ella mientras que mi dedo le da vueltas a la copa–, un objeto que no debería estar vivo me está hablando.

Se hunde entre los cobertores de terciopelo y mira los cisnes con detenimiento. Si ella tocara su piano de vidrio, ¿qué clase de sonido produciría? Sospecho que no le permite hablarle porque teme que si ella se expresa, el piano se puede destrozar. Quedará llena de trozos de vidrio y será su fin.

Los cisnes levantan el cuello cuando el vidrio canta a través del lago. Bajo la espectral luz de la luna ellos también podrían ser fantasmas, serpientes de plumas blancas conjuradas por la mente.

—Amelia, ¿adónde se ha ido toda tu vida?

—Adentro de mi piano.

—¿Pero tu piano es mudo?

—Para nada –responde–. Pero ¿por qué habría yo de contarte lo que dice?

Ella está segura de que el piano está ahí. Nada afectará esta certeza. Es un delirio pero también es una metamorfosis.

Su significado sigue eludiéndome.

—¿Tu piano es tu amigo o tu enemigo?

—Es un tormento –me dice.

—Mientras chupa la pulpa dulce del lichi le pregunto sobre los primeros juguetes con que jugó cuando niña.

Me cuenta que su padre prohibió los juguetes, así que ella hizo una tortuga de barro.

—¿Y esperabas que la tortuga te alejara del palacio como el león?

—No, las tortugas son muy lentas.

—¿Para qué vivir, Amelia?

—No podría decírtelo jamás.

—Tu piano podría hablar en tu nombre.

—Siempre lo hace –me dice–. Pero permíteme que te haga la misma pregunta. ¿Para qué vivir?

Es por supuesto la pregunta más antigua de todas pero cuando se posa sobre mí siento como si un perro rabioso estuviera desgarrando mi pierna con sus dientes.¿Para qué vivir? Sé que mis colegas tal vez insistan en que viven por sus hijos o sus esposas o para encontrar de nuevo el amor verdadero que se les escapó en el tiempo o para volverse ricos o hacer el bien en el mundo o adquirir más conocimientos o ser testigos del cambio de las estaciones o conocer extraños o acercarse a nuevas culturas, pero es una pregunta codiciosa así que digo la verdad.

—Amelia, no conozco otra razón para vivir que entender mejor el misterio de tu piano de vidrio y por qué piensa el panadero que es de mantequilla.

—Sí –me dice–. ¿Te resultaría menos interesante sin el piano?

—Es una posibilidad. Aun así, creo que podrías arriesgarte.

—¿Por qué habría de hacerlo?

Lleno hasta el borde mi copa de vino.

—Porque sin el piano podrías huir del palacio.

—Entiendo.

—Sí, Amelia –prosigo–. Sin el piano podrías tomar ciertos riesgos.

De nuevo hundo mi dedo en el fresco vino aromatizado y toco con suavidad el borde de la copa hecha del más fino cristal. Su lamento suena angelical y demoníaco, es penetrante y al mismo tiempo calmo.

—¿Tiene tu piano una moralidad distinta a la tuya?

—Sí.

—¿Tiene deseos que te son prohibidos?

—Tengo miedo de entrar en contacto con el piano. Si llegara a tocarlo con mi mano como tú estás tocando esa copa, mis dedos se humedecerían y sentiría náuseas.

—Sin embargo, si el piano tiene una moralidad distinta a la tuya, puede hablar en tu nombre. Para eso es el arte.

Conversamos así un rato y le sugerí que se aliara con la cocinera, quien le ayudaría a escapar del palacio si lograba encontrar una manera de deshacerse del obstáculo del piano. Creo que me quedé dormido porque cuando abrí los ojos ya había amanecido y la vislumbré parada en la orilla del lago. En un primer instante creí que arrojaría su cuerpo a las profundas aguas oscuras para poner fin a su tormento. Y luego estiró los brazos por encima de la cabeza, con lentitud y con delicadeza, de manera que no se rompiera el piano en sus entrañas pero sí se abriera su pecho y pudiera sentir el piano moverse. Comenzó a hablar. Escuché su voz como nunca la había escuchado antes. Era profunda y era dura y era transparente como el vidrio. Algunas palabras no debían ser escuchadas y por ello no las repetiré. Escuché lo que tenía derecho a escuchar y esto fue lo que dijo.

— Te extraño te extraño

Te extraño te extraño

Te extraño te extraño

Te extraño te extraño

Te extraño te extraño

Te extraño te extraño

Te extraño te extraño

Me acerqué a la orilla del lago. Al llegar a su lado seguía hablando.

—Tomás, la pregunta no es cómo voy a vivir sin mi piano, es cómo voy a vivir sin ti. He querido mantenerte a mi lado a cada instante pero ahora que he hablado sé que partirás.

Es verdad que cuando el amor se pronuncia en voz alta puede ser el final o el comienzo es un círculo como la respiración y el tiempo y el horizonte que no es una línea recta. En todos los siglos creamos nuestros fantasmas y si se les anima puede que hablen por nosotros pero es mejor que podamos hablar por nosotros mismos. He traicionado el amor pero soy un médico honesto.

Cuando mi carruaje llegó a las puertas del palacio a la madrugada, le dije que partiría hacia Nápoles.

*Traducción de Juan Manuel Espinosa.

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