| 2015/09/30

Crónica de un librero anunciado

por Felipe Botero

2015/09/30

Por Felipe Botero

La última vez que fui a Prólogo antes de esta entrevista fue a comprar por segunda vez el mismo libro, uno que me había recomendado Mauricio Lleras, el librero y uno de los fundadores de la librería. El libro era la novela gráfica Maus de Art Spiegelman y lo estaba comprando de nuevo porque me había gustado tanto que quería regalárselo a un amigo. En esa ocasión le dije a quien me acompañaba que ese hombre que estaba siempre detrás de la caja se prestaba bastante, por su presencia y el aura que lo rodea, para ensoñaciones poéticas, que me recordaba al Sabio Catalán, el librero de Cien años de soledad. Al hacer la entrevista del video que acompaña esta crónica tuve la oportunidad de sustituir estas ensoñaciones por la realidad poética de las anécdotas que cuenta Mauricio acerca de cómo llegó a abrir ese espacio independiente que ameniza el sector cercano al Centro Comercial Andino, lleno de restaurantes, edificios residenciales, anticuarios y tiendas de ropa.

Esta librera rescata la importancia de todos los oficios alrededor de los libros.

 

Cuenta Mauricio que cuando era chiquito, en los años cincuenta, su papá lo llevó a la librería de los Buchholz en la Avenida Jiménez y lo dejó ahí con su amigo mientras iba a hacer unas vueltas por el centro de Bogotá. Entonces el señor Buchholz, mientras el niño estaba ahí y sin saber bien qué hacer con él, le preguntó si ya sabía leer. Mauricio, intimidado por su presencia, mintió y dijo que sí. Entonces el señor lo sentó en una mesa, le puso un libro por delante y Mauricio empezó a pasar página por página, haciendo los gestos de estar inmerso en el libro, fingiendo interés en una lectura de signos indescifrables para él, hasta que su padre volvió. El señor Buchholz, impresionado por el juicio y la pasión del niño por los libros, alabó la precocidad del infante y su padre, intrigado por el suceso, no delató a Mauricio sino que compró el libro y se lo llevó a la casa para enseñarle a leer. Cuenta Mauricio que así fue como, antes de saber siquiera leer, supo que quería ser librero y estar vinculado el resto de su vida a los libros que hoy lo tienen sentado detrás de un escritorio en una librería seis días a la semana, recomendando libros y hablando de ellos con las personas que ingresan por el pequeño patio que da entrada a la acogedora librería Prólogo, situada en la carrera novena con calle 81.

Música y literatura, la mejor combinación para este librero.

Cuenta también Mauricio que hace poco, como si el destino quisiera cerrar el ciclo con el que decidió marcar su vida de niño, estaba parado en la entrada de la primera sede de la librería, en la calle 96 con 11a, cuando de pronto un niño que no conocía se le acercó y lo abrazó, agradeciéndole por el libro que le había regalado. Mauricio, al ver a la madre del niño acercársele con gestos apologéticos, comprendió que el niño había disfrutado inmensamente el libro que ella le había comprado en Prólogo y pensaba que era un regalo que Mauricio le había enviado través de su madre. Así es como él caracteriza las mejores experiencias que él tiene cotidianamente como librero: la satisfacción de recomendar o de vender un libro y que el beneficiado vuelva después a expresarle la felicidad que le fue concedida página por página en ese laberinto que es la lectura. Quizás el niño con el que se cruzó Mauricio y le dio un imprevisto abrazo decida algún día convertirse en librero, quizás no.

Prólogo Libros surgió cuando Mauricio y el socio con el que fundó la librería (Rodrigo Matamoros, a quien se le ocurrió el nombre de la librería) salieron hastiados de una Feria del Libro de Bogotá, hastiados del clima, de la cantidad de gente, del bullicio que tanta veces invade el espacio de Corferias en ese evento que se ha vuelto tan importante e infaltable en el calendario de tantos bogotanos. Se sentaron en un banco de piedra “como dos viejitos” y el socio se giró hacia Mauricio y le dijo que tenían que abrir una librería para poder gozar de la compañía de los libros pero con la tranquilidad y el silencio que no tenían en los pabellones de Corferias. Mauricio le respondió que de ningún modo, que él no quería fundar un negocio que seguramente lo llevaría a la quiebra. Poco tiempo después, luego de consultarlo frecuentemente con la almohada, Mauricio llamó a su amigo y le dijo “¡Quebrémonos!”, pues sí, él estaba dispuesto a irse la quiebra con tal de cumplir su sueño: abrir una librería y finalmente convertirse en librero.

 

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