| 2015/09/30

La guardiana entre las obras literarias

por Felipe Botero

2015/09/30

Por Felipe Botero

Hace doce años, después de una larga incursión en el mundo de los negocios de la que dice, mitad en serio y mitad en chiste, que “afortunadamente salió viva”, Adriana Laganis fundó ArteLetra, buscando crear ese lugar que “hubiera deseado tener” y no tuvo durante su adolescencia en Bogotá.

Aunque no existe un manual, estos pasos pueden ser útiles para abrir su propia librería.

En efecto, Adriana trabajó para diversas instituciones económicas, empresas y multinacionales por más de 15 años y en ese tiempo alcanzó a conocer la cara más amable de ese mundo –sobre todo en el Banco de la República, de la mano de su otrora director, Nicolás Ortega– pero también su lado más perverso y mezquino, cuando se percató de que cuando “los grandes capitales llegan a manos no muy escrupulosas, pueden llegar a hacer mucho daño”. Por ello, a pesar de destacarse y de contar con varias ofertas para seguir vinculada a él, Adriana, en parte disgustada y en parte asustada, decidió apartarse para siempre de ese camino y hacer algo “de su espíritu”, que actualmente está implícito en cada lugar y en cada rincón de la librería.

El librero que encontró su vocación antes de empezar a leer.

A partir de ese momento solo fue cuestión de decidir el nombre y de abrir y dirigir la librería. Para lo primero, le sirvió el libro Palíndromos de Juan David Giraldo editado por Villegas Editores en la década pasada, cuya primera página le develó el que sería el nombre de su librería: ArteLetra. Y de lo segundo se ha encargado ella con ayuda de su hijo, Nicolás Mejía, un músico que le dedica gran parte de su tiempo a la librería, cosa que alivia mucho a Adriana pues de tal modo ha logrado conservar el criterio de selección de obras con el que inició.

Para Adriana la librería es un espacio de placer y de generosidad, la generosidad de espíritu que surge entre el librero y su cliente al comentar libros juntos, sugerir títulos, compartir gustos y disgustos y de tal forma moldearse mutuamente el criterio. Para ella, la figura del librero nos acompaña a lo largo de toda la vida: en primer lugar con los padres, que con su biblioteca personal nos brindan un interés, un enfoque y sus múltiples historias, las historias de cómo llegó cada libro a su lugar y cuál fue la experiencia por la cual le cogieron tanto cariño y decidieron legárselo a sus hijos, intencionada o no intencionadamente. Y en segundo lugar, los maestros, esos profesores de colegio o universidad que nos marcaron con sus gustos y que nos impresionaron con la rigurosidad de sus criterios.

En el caso de Adriana, esos “primeros libreros” (su padre, un italiano que vivió en carne viva el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial en su país, y su madre, una colombiana que conoció a su esposo acá después de que él huyera de la guerra) fueron a todas luces fundamentales, pues sin tener una “grandísima biblioteca”, los autores con que contaba potenciaron y moldearon la sensibilidad de Adriana y de tal manera le inculcaron el gusto por las humanidades que la llevaría a abandonar el mundo de los negocios y dedicarse de lleno a un oficio cuyas dificultades financieras son bien conocidas por todos, como lo reconoce ella misma. 

Sin embargo, más allá de estas dificultades, para Adriana este es el momento adecuado para que los jóvenes tomen consciencia de que hay muchos oficios vinculados al mundo de los libros que, aunque seguramente no volverán millonarios a quienes los escojan, y aunque no sean los más reconocidos por el mundo mediático, “son igual de válidos y posibles”: tal como el oficio de traductor, el oficio de editor y, cómo no, el oficio de librero. Al señalar las inmensas potencialidades que existen en el panorama editorial colombiano, Adriana me recordó al protagonista de El guardián entre el centeno de J. D. Salinger, quien soñaba con mantener para siempre a los niños en un campo de centeno, impidiendo así que crecieran para adoptar las maneras de ser y opiniones de ese ser homogéneo y unidimensional que a veces abunda en la cotidianidad, sobretodo en el mundo de los negocios.

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