| 2015/09/30

La metamorfosis del librero

por Felipe Botero

2015/09/30

Por Felipe Botero

Desde el momento mismo en que se cruza la puerta de entrada de La Valija de Fuego, es imposible no darse cuenta de que esta librería no es una librería tradicional. Empezando porque a uno lo recibe, no el tranquilo y sosegado ambiente que normalmente impregna el mundo de las letras, sino toda una atmósfera cargada de una ráfaga sensorial: además de la música punk que permanentemente suena por los parlantes, las paredes están atestadas de afiches, de pequeñas estanterías, de calcomanías, de libros, de muñecos, de dibujos.

No todos tienen que ser nuevos, conozca esta librería de libros usados.

La primera pregunta que suscita este universo de música, imágenes y letras es la siguiente: ¿en qué se especializa esta librería? ¿Qué es lo que podemos encontrar en esta Valija de Fuego? La respuesta nos sale al encuentro con solo echar un vistazo a la mesa central pues –lejos de ser ésta la sección de novedades o el espacio para promocionar el best-seller del momento, como en cualquier otra librería– ésta constituye un muestrario del inmenso abanico de posibilidades editoriales que la librería tiene para ofrecer. El día que se llevó a cabo la entrevista que acompaña esta crónica nos encontramos en esa mesa con un libro usado de Simone de Beauvoir codeándose con una selección de cuentos de Edgar Allan Poe; con una selección poética de Apollinaire, El Evangelio según San Mateo de Pasolini y El Capital de Marx rodeando un libro en cuya portada se adivinaba la espalda de Darth Vader.

La librería que combina música, cine, vinos y literatura.

Y es que el surtido de la librería es casi inagotable, pues no sólo se venden libros. El inventario de La Valija de Fuego incluye vinilos, discos, cassettes, y también accesorios e imanes, sin contar con que cuenta con una máquina de café para acompañar la lectura y con el servicio de boletería para conciertos organizados casi siempre por la librería; como nos comentaron el día de la entrevista, ya han organizado conciertos de artistas nacionales (de la talla de I.R.A. y Triple X) e internacionales: el día que visitamos la librería nos encontramos con uno de los miembros de Escuela de Odio, una banda asturiana que visita por primera vez Colombia y que estaba coordinando la venta de su boletería en la librería. Por lo demás, La Valija de Fuego es también un sello editorial cuyos títulos (nos lo confesó Marco Sosa, uno de sus fundadores) son los más vendidos en la librería. Pues la oferta editorial del sello Valija de Fuego es igual de polifacética que la librería: han publicado libros infantiles, ensayos cortos, problemáticas colombianas, y tienen una especial atracción hacia los fanzines; esas pequeñas publicaciones autogestionadas con poco presupuesto y que mayormente tratan de temas culturales afines a la música y la ilustración.

La explosividad de esta librería no obedece al simple caos del capricho; lejos de eso, La Valija de Fuego es animada y gobernada (desde hace ya siete años) por un espíritu muy preciso. Quizás la palabra más acertada para definir este espacio de convergencia entre las letras y la música es la que utilizó Marco: más que cualquier otra cosa, La Valija de Fuego es una “interzona” con personalidad propia que, sin pretender fijar un “deber ser” o un “punto de llegada”, busca consolidarse como un espacio de encuentro cultural entre la música y la literatura, entre la filosofía y la danza, entre el punk y la música clásica, entre el conflicto armado en Colombia y la ciencia ficción, entre las editoriales más costosas y los fanzines más alternativos. Es por esto que, para Marco, no hay un libro que sea más valioso que otro o un autor al que se deba recomendar más que otro: “la joya de la librería es la librería misma”, pues no hay allí un libro, un vinilo o un fanzine que los libreros de La Valija de Fuego no conozcan o no hayan seleccionado a partir de su criterio.

La Valija de Fuego es más que una librería a la que solo entran lectores: se ha convertido en lo que siempre quiso ser: un nodo cultural, multifacético y complejo como la población que la visita, pues las puertas están abiertas para músicos, poetas, niños, adultos, rockeros, filósofos, anarquistas, ilustradores. Es, sin duda, un espacio que ha sabido romper esquemas y estigmas, y que logra tal vez mejor que ninguna otra librería en la zona, mostrar que “el  mundo de los libros es un mundo abierto al infinito y que sí se puede acceder a él”, como nos afirmó Marco lleno de convicción; un mundo al que no se puede entrar sin querer retornar.

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