Colectivo Son Batá, que entre otras características, mezclan el hip hop con el folclore.

La música, una herramienta poderosa

En Medellín la música se ha convertido en una de las herramientas para tejer tramas humanas, que los sociólogos llaman tejido social. La ciudad encuentra formas de repararse.

2015/09/16

Por Esteban Duperly

Cuando la Red de Escuelas de Música surgió en Medellín, a finales de la década de 1990, los habitantes de la ciudad se preguntaban en qué consistiría esa suerte de experimento inspirado en el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles de Venezuela, que ya operaba desde 1975 y había logrado un interesante reconocimiento de la Unesco. Hasta entonces, en Medellín, los violines, los chelos y las tubas se asociaban a la formalidad y a la solemnidad de los teatros o, cuando mucho, a los conservatorios y a las academias privadas, pero muy pocas veces a la vida común y corriente. De modo que resultaba muy extraño ver llegar al barrio escuelas de eso tan ajeno que llamamos “música clásica”. Hasta que de algún lado surgió y se hizo popular la frase “un niño que tome un instrumento jamás empuñará un arma” y la gente comenzó a entender. Se trataba de una apuesta social: si lográbamos despertar sensibilidad artística en los muchachos, tal vez conseguiríamos incubar en ellos un cambio.

Aunque hoy se sabe que la música por sí sola no lo logra todo, debe ir de la mano de “entornos protectores”, llamados así por los planes de gobierno –servicios públicos, escuelas, infraestructura, salud, profesores, familias, etcétera– sí es una herramienta poderosa. Sobre todo porque la práctica musical, además de hacer germinar en el aprendiz emociones que lo sensibilizan y lo humanizan, también trae consigo la disciplina, la concentración y la constancia, que son destrezas que enriquecen a cualquier joven aunque no se convierta en músico profesional.

De hecho, este criterio es una especie de lema de la Red: “Es un programa que usa la música como vehículo, pero no se presenta a sí mismo como un programa formal de formación musical”, expresa Ana Cecilia Restrepo, la directora. Eso quiere decir que el objetivo principal es generar espacios donde estudiantes entre 7 y 24 años –niñez, pubertad y adolescencia, tres etapas críticas del ciclo vital– puedan tejer sus tramas sociales: encontrarse, pasar tiempo juntos, interactuar con profesores y guías psicosociales y, de rebote, aprender un instrumento y darle escape a buena parte de sus pulsiones artísticas. La mezcla es bastante eficiente.

La Red quiere llegar a las zonas más marginales de la ciudad, hace presencia en 14 de las 16 comunas, que equivale a cubrir casi el 90% del territorio. Y, tal vez más importante, la Red abarca 3 de los 5 corregimientos rurales. Darle a un muchacho de Santa Elena, de San Cristóbal, de San Antonio de Prado, las mismas posibilidades de aprender saxofón que otro de La América o Belén –en plena zona urbana– es intentar cerrar una brecha de inequidad que por décadas se había mantenido abierta.

A la fecha, este programa cobija a cerca de 4.600 niños y jóvenes que se forman y se encuentran con sus pares en 27 escuelas, donde la Alcaldía invierte aproximadamente $6.500 millones al año, dinero que Alejandro Escobedo, gerente de Medellín Vive la Música, define como “una inversión de paz”.

Todo allí es de libre acceso y el acompañamiento psicosocial para los estudiantes se extiende hasta sus entornos familiares. De hecho, algo del componente musical también: desde 2003 existe el Coro de Familias, conformado por padres y acudientes. Así que la Red, literalmente, termina entramando a tres generaciones de personas en torno a un elemento común: la música para el disfrute y el encuentro.

A cada comuna donde llega la Red se involucra de manera estrecha la población, entonces la escuela de música comienza a actuar como elemento cohesionador, y el director se vuelve un referente para los alumnos y sus padres. Los conciertos de las agrupaciones de proyección –bandas, orquestas y coros– logran convocar y reunir en un solo lugar a habitantes de distintos barrios y, en los eventos masivos, a buena parte de la ciudadanía. A menudo, las agrupaciones de la Red de Escuelas de Música, como la Sinfónica Juvenil o el Ensamble de Músicas Populares, son el plato fuerte de muchos eventos de la ciudad.

La música como herramienta terapéutica la usan por igual el Estado y la gente común: al final de cuentas le ayuda a todo el mundo a ser más feliz. Facilita la catarsis y permite tramitar conflictos sin siquiera darse cuenta: definir ciertas emociones con palabras es muy difícil y por ello hay que buscar otros canales de expresión. Ahí entran en juego no solo la música sino todas las manifestaciones del arte, que se convierten en vehículos para sacar lo que está adentro y, de paso, exorcizarlo. Por eso, muchas veces, las expresiones artísticas aparecen juntas. Es imposible concebir el movimiento hopper en Medellín sin los grafiteros y los bailarines de breakdance, o a los punkeros sin los estencil y los estampadores de camisetas.

En el colectivo artístico Son Batá, además de la música y el baile –donde fusionan hip-hop con folclore y músicas del mundo– las manifestaciones se extienden hacia un espectro aún más amplio. En el Encuentro Intercultural Afro, el colectivo lleva peluqueras, “manes que motilan” y doñas que cocinan y hablan de la preparación, los ingredientes y los aliños. Se trata de mostrar todo lo que son y que otros puedan experimentar el Pacífico chocoano en pleno Medellín, según explica John Fredy Asprilla, uno de los líderes del grupo, desde una terraza que mira sobre los techos del barrio Nuevos Conquistadores, en San Javier, Comuna 13.

En la sede de Son Batá, un colectivo de artistas afro en su gran mayoría, John Fredy quien nació en Medellín —su madre es de Ipurdú, cerca de Istmina, y el padre vino del Urabá chocoano— cuenta que ambos llegaron a la ciudad en una de las mareas de desplazados y se asentaron allí, en uno de los enclaves afro de Medellín. La historia de Fredy, y la de sus socios en el grupo, es la de hilar lentamente una trama de relaciones entre pares y desconocidos para reivindicar su identidad y, de paso, darle un aire auténtico al barrio, que ellos llaman su nuevo palenque. “Vivíamos un proceso de blanqueamiento; dejar nuestra manera de hablar, de caminar, dejar de usar muchas expresiones para ser aceptados”, cuenta Fredy sobre sus años de adolescencia y los de sus amigos. Sin embargo, en un momento de la vida, y alentados por los padres que los incentivaron a ponerle oído a las chirimías y los currulaos del Pacífico, entendieron que ser negros es su riqueza. “Nosotros nacimos en Medellín, pero tenemos unas raíces naturales que no queremos desconocer. Lo que hemos hecho es poner a dialogar ambas culturas”, explica.

A partir de entonces, esa identidad se volvió la plataforma de lanzamiento para el proyecto completo, que hoy en día funciona como una corporación con 3 agrupaciones musicales– Batá Orquesta, Bantú y Son Batá Music–, un grupo de danza y una escuela artística donde replican todo lo aprendido. “Sin tener muchas pretensiones comenzamos a irradiar y a influenciar a los demás”, cuenta John Fredy, a quien también llaman “Sprint”. El año pasado, en la escuela Son Batá, abrieron cupos para 150 alumnos –producto de la convocatoria de Apoyos Concertados para el Arte y la Cultura de la Alcaldía de Medellín– pero se inscribieron 350, y calculan que los últimos 4 años 800 niños pasaron por sus procesos de iniciación musical en percusión y danza.

Aunque uno de los focos del colectivo es hacer más visible la cultura afro, la propuesta es más extensa. “Usamos el arte para transformar la vida de muchos niños y niñas que nacen en esta comuna con una desesperanza grande por el entorno donde estamos y por lo que han vivido sus familias. Usamos la música para potencializar otra vez esas ganas de vivir”.

Es muy difícil encontrar a un músico o a un artista en San Javier que no invoque los amaneceres difíciles de las operaciones Orión y Mariscal, y los defina como el gatillazo para que el arte reventara con fuerza “en la 13”. Desde entonces, ese territorio es una incubadora de artistas y allí germinan y se mantienen otros proyectos como Casa Kolacho, Cultura y Libertad, Casa Morada, la Corporación Recreando y la Red de Hip-Hop La Élite, otro colectivo de artistas que lidera procesos sociales y usa la música como herramienta de transformación.

Su historia comenzó en 2006 cuando fueron, quizás, la primera escuela de hip-hop en San Javier que reunió y agrupó a un puñado de grupos juveniles dedicados al baile y al grafiti. Su actividad ha estado ligada a un evento de resistencia –precisamente como reacción a la operación Orión– que se llamó “En la 13 la violencia no nos vence”, que luego se transformó en el Festival Internacional Revolución Sin Muertos, con artistas de Cuba, Puerto Rico, Perú y Venezuela.

A La Élite pertenecen agrupaciones y artistas con influencia positiva sobre la comunidad, como Zinagoga Crew, Ckronos, Abadeath, Gnomo k, El Juez Hip-Hop, Alta Sinfonía, Juan T, quienes a su vez interactúan con otros de otras comunas, como Grafiti de la 5, Los Ingenieros de la 9, y los conocidísimos Crew Peligros, de Aranjuez.

Procesos de encuentro entre artistas se gestan desde hace años en Medellín. En el pasado MDE11 –un evento de prácticas artísticas contemporáneas organizado por el Museo de Antioquia– Ricardo Gómez, un peso pesado en la escena musical de la ciudad y conocido como “Don Vito”, fue el curador de música y responsable del Diplomado de Culturas Callejeras y Dígalo con Música, dos proyectos de formación y encuentro cuya síntesis fue un cd que se llamó Territorios Sonoros. Allí ocurrieron cosas poco usuales, como juntar a culturas que se habían ignorado mutuamente por años a pesar de compartir una ciudad y una vocación artística. “A una de las clases invitamos a Víctor Raúl Jaramillo, “Piolín”, el fundador de Reencarnación y metalero reconocido, y fue muy interesante para hoppers y rastas: descubrieron unas posibilidades en la música que no habían explorado antes”, recuerda Gómez.

En Dígalo con Música, que Ricardo define como un “reportaje sonoro”, Frankie Ha Muerto cantó junto a Panela Sound, y se unieron en un solo tema el punk de Desadaptadoz con el folclore andino de Niyireth Alarcón, ganadora del Festival Mono Núñez. Gómez explica la metodología: “Invitábamos a una banda y le decíamos que trajera a otra para que hicieran un tema en colaboración. Pero había un detalle adicional: tenía que ser de otro género. No solo se trataba de facilitar el diálogo entre artistas sino de compartir las lógicas de hacer música”.

El resultado fue un disco compacto con nueve temas, dos de ellos composiciones colectivas hechas durante el Diplomado, cuyos títulos ‘Fronteras invisibles’ y ‘Qué están tramando’, expresan lo que se agita dentro de todos los músicos urbanos de la ciudad, sin importar el género. En ‘Fronteras invisibles’ cantan a dos voces –una masculina y otra femenina– con cadencia de hip-hop sobre la melodía de un piano salsero: Cordillera violenta/derriba la frontera/no hay barrera en la escena/nuestra historia lo cuenta. La experiencia de Territorios Sonoros, en efecto, derribó fronteras y barreras, y logró recomponer hilos rotos entre músicos o tender puentes que jamás habían existido. Ricardo, quien también ha hecho parte de los festivales Antimili Sonoro, lo resume en una línea: “Estas músicas tienen mucho qué decirle a esta sociedad y tienen un poder transformador brutal”.

Algo pasa

‘El amor es lo que salva’ es un proyecto que surgió en agosto de 2013 y que, de entrada, arrancó uniendo a músicos regados por distintas ciudades de Colombia y el mundo: Barcelona, Medellín, Nueva York, Bogotá. Todos juntos, donando tiempo, trabajo y talento, hicieron un disco de 10 canciones, cuya génesis es el proceso emocional que Carolina Jaramillo vivió junto a su esposo Alejandro Cock, enfermo de cáncer. “El título es el resultado de la búsqueda de muchas vías de sanación y que, tal vez, nada era suficiente. Entonces, en algún momento, encontré que la respuesta era muy simple: cuando te dicen que el amor es lo que salva, es algo más allá de la salvación del cuerpo que tiene que ver con cosas relacionadas con el ser”, dice Carolina desde Barcelona, donde se encuentra en una suerte de retiro voluntario para pasar un duelo tranquilo después de la muerte de su esposo.

El disco, desde su origen, fue pensado como un proyecto de impacto social para honrar la promesa que ambos se hicieron de acompañar a personas que atravesaran lo mismo. Carolina, aunque siempre había sido música, trabajaba en publicidad y mercadeo, así que acopló ambos conocimientos y decidió que las ganancias de los conciertos y las ventas se destinarían a crear un programa de música para niños con cáncer en el Hospital San Vicente de Paúl.

El programa ya tiene vida propia, se llama Música para Vivir y beneficia a cerca de 300 niños. Carolina es la líder, aliada al Hospital y a la Fundación Cantoalegre, que implementa la parte pedagógica. En una sala acondicionada con juguetes e instrumentos, varias veces al día tienen lugar unas sesiones colectivas de terapia de sanación, donde se utilizan dos medicamentos muy simples: la música y la risa. “Los humanos funcionamos por vibración de energía. Y la música es vibración. Entonces, cuando logramos generar ciertas resonancias en el cerebro de los niños, logramos mejorar el ánimo y producir un estado emocional distinto para que los tratamientos se lleven de una manera más fácil”, explica Carolina.

Estar allí, en la sala, lo comprueba. Luego de cada sesión, el dolor, la ansiedad, el estrés y el miedo se reducen, así que cantar, tocar instrumentos, aprender canciones y, sobre todo, reírse, se convierten en herramientas poderosas dentro de un proceso de curación bastante difícil, especialmente para los niños. Cuando se trata de terapias que involucran música aún hay discrepancias con el mundo científico, pues nadie se atreve a asegurar que curan, pero lo cierto es que la evidencia perceptual indica que algo muy positivo, en efecto, sucede.

“Algo pasa”, dice también Juliana Castrillón y Alejandra Toro, de la Orquesta Sinfónica de Medellín, cuando hablamos en su sede del centro de la ciudad, el Teatro Pablo Tobón Uribe, sobre el programa social que la institución desarrolla desde 2007, y que consiste en dar iniciación musical a niños de tres a seis años, de estratos 1, 2 y 3 en establecimientos beneficiados por algún ente gubernamental, como el ICBF o el programa Buen Comienzo de la Alcaldía.

Actualmente, la escuela de la Sinfónica cobija a 2.300 niños, 1.300 de ellos en Medellín. A partir de 2013 extendieron la labor hacia el municipio cercano de El Retiro, y a Bogotá, Barranquilla, Pereira, Armenia, Manizales y Cali. También tienen 30 niños becados en violín, con apoyo de la Fundación Éxito y Ecopetrol. La Orquesta y el programa social cuestan más de dos mil millones de pesos al año, y cada niño becado en violín significan alrededor de $160.000 mensuales.

La gran pregunta es: ¿cambian los entornos cuando llega la música? Alejandra Toro, la directora administrativa de la escuela, dice: “Al final del año hacemos un concierto. Es la gran muestra de lo que ellos hacen durante todo el año. Lo hacemos acá, en el Teatro, en dos funciones, una por la mañana y otra en la tarde. Nosotros nos ocupamos de esos costos, pero los papás se deben encargar, por ejemplo, del vestido. Eso lleva a que la comunidad se una, que era algo que no hacía antes”. Por su parte, Juliana Castrillón, directora administrativa de la Orquesta, expresa: “Creo que se genera sensibilidad. Habrá que ver qué pasa en unos años, pero quizá un niño que tuvo un acercamiento a manifestaciones artísticas va a ser diferente a otro que nunca recibió nada”.

Además del componente social, la Orquesta, en su operación normal, realiza conciertos didácticos durante los fines de semana y conciertos nocturnos de gala, que le aportan a la agenda de diversión nocturna del sector, usualmente relacionada con el consumo de alcohol. Y algo interesante sucede: además de los vecinos del barrio Boston y Candelaria, Juliana y Alejandra afirman que a las funciones comenzaron a llegar habitantes de Laureles, La América y El Poblado, barrios tradicionales de clase alta, por lo general temerosos del centro de la ciudad en la noches.

Cuando un ciudadano sale de su barrio, se mueve, va y viene por la ciudad y la vive, cuando se encuentra con otros, comparte con desconocidos y abandona sus zonas de confort, es cuando la ciudad crea tejido social. Y la música, para Medellín, ha resultado ser la aguja y el hilo.

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