Los cuatro panelistas en el auditorio de la Biblioteca Virgilio Barco. De izquierda a derecha: Ángela Calvo, Oscar Moreno, Gerrit Stollbrock y Paul Bromberg. Fotos: Ana Vallejo.

¿Quién se encarga de la cultura ciudadana?

Luego de un semestre en el que se habló de temas como la eutanasia, el matrimonio homosexual o la disputa por el espacio público, la última sesión de Debates en paz abordó el tema de la ciudadanía.

2015/11/11

“La educación está sobrevalorada”, dijo el físico y exalcalde de Bogotá Paul Bromberg al borde del cierre de la última edición de Debates en paz, la serie de conversatorios organizada por la Secretaría de Cultura y Arcadia. Pero claro, hace falta leer esa afirmación en su contexto. Los panelistas llevaban cerca de hora y media hablando sobre la ciudadanía y el papel de las instituciones, la sociedad y hasta la cultura en la formación de este concepto.

El sexto encuentro de Debates en paz se realizó el pasado domingo 8 de noviembre en el auditorio de la Biblioteca Pública Virgilio Barco. Además de Bromberg, al panel asistieron el maestro en artes plásticas y gestor cultural Oscar Moreno, el documentalista e investigador en temas de ciudadanía Gerrit Stollbrock y la doctora en filosofía y miembro del Consejo directivo de la Universidad Javeriana Ángela Calvo. La conversación estuvo moderada por Juan David Correa, director de Arcadia.

La segunda edición de Debates en paz habló sobre la eutanasia y el derecho a morir dignamente.

“El concepto nos permite meditar acerca de qué hacer para que todas las personas sean tratadas con justicia. Pero más que eso, yo entiendo la ciudadanía como una forma para construir textura emocional en las personas”, sentenció Calvo al comienzo de la conversación. El debate parte de una mirada a futuro sobre lo que debería cambiar en la ciudad en el próximo gobierno y una reflexión a partir de lo ocurrido en las últimas tres alcaldías.

¿El matrimonio igualitario es un problema semántico?

Y es que más allá de los problemas en infraestructura, el camino hacia el metro en la ciudad o los debates medioambientales, los allí reunidos coincidían en que hay que buscar nuevos caminos para lograr la convivencia.

El quinto debate habló sobre los grafitis, los monumentos y el papel del arte en el espacio público.

¿Qué pasó con la cultura ciudadana?

Paul Bromberg fue una de las primeras personas que escuchó esta idea. Cuando Antanas Mockus resultó electo alcalde de Bogotá en 1995 le encargó este proyecto a Bromberg y este último fue el encargado de mantenerlo hasta el final del periodo, cuando Mockus renunció a la Alcaldía y Bromberg quedó al mando de la ciudad hasta el 98. “Al comienzo, la cultura ciudadana giraba en torno al problema de cómo convivir en la ciudad”, explicó Bromberg.  Y las diferencias entre los panelistas se encuentran alrededor de ese cómo.

Dice el documentalista Stollbrock que hay un legado que ha perdurado con el paso del tiempo y se traduce en las responsabilidades que tienen las personas en términos de inclusión, pero el tema de formación de ciudadanía sigue pendiente.

Moreno es más contundente: “la ciudadanía no existe, se debe ejercer y aquí no hay ejercicio activo”. Para este gestor cultural, la ciudadanía es un concepto abstracto y para que funcionara habría que develar elementos históricos que están ligados a la herencia eurocéntrica de nuestro país y la formación del Estado-nación. En otras palabras, hace falta que los distintos grupos de la población en la ciudad, sobre todo lo dominados, “tengan una voz, no para pedir reconocimiento, sino para construir mundo y tener un rol político en la sociedad”.

Añade Moreno que esa tarea es más difícil en el caso de las personas que han llegado a la capital como resultado del desplazamiento. Su pasado las ha vuelto desconfiadas y por eso hace falta promover formas de organización social que los ayude a adaptarse a la vida con extraños, como ocurre en una ciudad como Bogotá.

De ahí que haya quienes, como Calvo, apunten a la educación y a la cultura, como una forma de integración social. “Hay que hacer educación moral, de los sentimientos y de las emociones, para que los ciudadanos reactiven su parte emocional y aprendan a relacionarse con el otro”.

Pero para Bromberg esto es ir más allá de lo debido: “Colombia es de los pocos Estados que confunde el derecho a la ciudadanía con el de la socialización. Y este último no es responsabilidad de las instituciones”. Para él, la mejor forma de construir ciudadanía radica en el ejemplo que ofrece el mismo Estado. “Necesitamos un aparato de justicia que funcione para que las personas vean y entiendan que existen castigos”. Según el exalcalde, la mayoría de las personas quiere cumplir las normas, pero cuando ve que el otro no lo hace, y además no hay castigo, se siente inclinado a caer en la infracción.

Y no es que Bromberg no crea en la importancia de las artes o la educación. Lo que pasa es que, dice él, la formación de ciudadanos no se puede fundamentar en esos campos. “Nuestra tarea es exigir que la justicia funcione y el resto (la educación, el arte) tiene que seguir haciendo lo suyo”.

Buena parte de los asistentes encontró que estas dos posturas no son irreconciliables. Que la idea abstracta de ciudadanía se construye desde acciones personales, desde el trabajo en las comunidades, pero también con la acción efectiva del Estado. Moreno cree que las artes, en particular, son un buen camino para construir ese camino. Y para ilustrarlo, parafraseó una frase de Gilles Deleuze con la que el filósofo francés concluyó una conferencia dictada en 1987: “No hay obra de arte que no haga un llamado a un pueblo que no existe todavía”.

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