El periodista Gay Talese durante su visita en Bogotá. Crédito: León Darío Peláez.

“Yo tengo un conflicto con todo porque soy periodista”

El escritor estadounidense Gay Talese visitó Bogotá para asistir a la edición 40 del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Arcadia habló con él sobre su infancia, sus escritos y su oficio.

2015/10/30

Por Christopher Tibble

A Gay Talese le aqueja una duda. La misma que le inquietaba de niño cuando, dentro de su casa atiborrada de espejos, observaba a su padre rezar con fervor frente a un cuadro de San Francisco de Asís. Joseph, su padre, había desembarcado en las costas de Ocean City, Nueva Jersey, en 1922. Venía, como los padres de su futura esposa, a quien conoció en un baile cinco años después, del sur de Italia. De un país que, cuando Gay empezó a tomar conciencia de sí mismo, a eso de los 11 años, se encontraba en guerra con Estados Unidos.

“Yo crecí con la idea de que el pueblo de mi madre y mi padre no solo eran extranjeros, sino también el enemigo. Italia, Alemania, Japón, ellos eran los malos. En el ejército de Mussolini había dos soldados, los hermanos de mi papá, quienes se encontraban allá lejos matando americanos mientras estos invadían la parte de Italia donde había nacido mi familia y todos mis ancestros”, me dice Gay Talese (1932) en la sala del hotel BH, en Bogotá, adonde llegó para asistir a los 40 años de los premios de periodismo Simon Bolívar.

Me veía como un forastero, un extranjero, un vagabundo que, al igual que los marineros del naufragio, había llegado [a Ocean City] por accidente. Me sentía distinto de mis amigos en casi todo: diferente en el corte de la ropa, la comida que llevaba en la fiambrera, la música que oía en el tocadiscos de mi casa, las ideas y los pensamientos más íntimos que revelaba en aquellas raras ocasiones en que me mostraba abierto y sincero. (Los hijos, 1992).

Talese creció, entonces, entre dos mundos: “Como un niño en la sastrería de mi padre, lidiando con clientes estadounidenses durante el día, nos mostrábamos como una familia más. Poníamos la bandera de los Estados Unidos frente a la tienda, como lo hacían todos en la calle principal. Pero por la noche, Joseph no colocaba la bandera en ninguna parte. Se iba, más bien, al segundo piso, adonde llorando lamentaba el curso de la guerra, pues su tierra natal estaba siendo destruida”.

La identidad, desde entonces, ha sido un enigma para Talese. Enajenado, de niño quería dejar su pueblo, viajar. Nunca se sintió cómodo con la mentalidad estadounidense del común y hoy, a sus 83 años, mientras se desliza en la poltrona del hotel BH, la cara enjuta y la voz por momentos quejumbrosa, confiesa que aún no sabe de dónde es. Se siente, además, decepcionado con su país. Resuelto, pero con una postura dubitativa, casi ingenua, me habla de las recientes guerras de Estados Unidos: “Si uno ve el punto de vista de los terroristas musulmanes, nosotros somos los enemigos. Nosotros los vemos como gente terrible, pero ellos no se ven a sí mismos así. Ven así a los Estados Unidos. ¿Por qué? Porque les hemos hecho mucho daño”.

Talese duda. Pero su ambivalencia, la que vivió de niño durante la Segunda Guerra Mundial, y la que ahora le aqueja a raíz de las incursiones militares de su país, es la misma que lo hizo querer ser periodista. “Yo tengo un conflicto con todo porque eso es lo que debería tener un periodista. De niño aprendí que hay muchos lados de una historia y que es difícil juzgar a los demás. También aprendí que otros, incluso los derrotados en las guerras, tienen una historia que vale la pena contar”.

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Foto: León Darío Peláez.

Fue después de ser noqueado por Johansson en su primer combate cuando [Floyd] Patterson, sumido en una depresión y escondido por culpa de su humillación durante meses en un remoto hotel de Connecticut, decidió que era incapaz de volver a enfrentarse al público si perdía. Así que se compró la barba y el bigote postizos para ponérselos al salir del vestuario después de una derrota. También había planeado, al salir del vestuario, quedarse un momento entre el público y quizá quejarse en voz alta del combate. A continuación se escabulliría en la noche sin que lo descubrieran y se metería en un automóvil que lo estaría esperando. (El perdedor, Esquire, 1964).

De adolescente, Gay Talese trabajó en el periódico de su pueblo, The Ocean City Sentinel, donde escribía sobre deportistas fracasados y gente del común. Más adelante, durante ocho años, escribió en el New York Times. Pero fue su paso por la revista Esquire, en la década de los sesenta, cuando se consagró como el ícono periodístico de su generación. Inspirado en la literatura, en autores como Guy de Maupassant –al que leía de niño–, Ernest Hemingway y F. Scott Fitzgerald, introdujo elementos literarios en el terreno de la no ficción. Su experimento, al igual que el de otros contemporáneos suyos como Joan Didion y Tom Wolfe, resultó en lo que hoy se denomina Nuevo Periodismo. El rótulo, sin embargo, fastidia a Talese, pues considera que otros, por ejemplo Irwin Shaw, John O’Hara o Carson McCullers, ya habían incursionado en esa área.

“Yo simplemente apliqué las técnicas del cuentista en periódicos, revistas, libros. Cómo ambientar escenas, incluir diálogo, monólogos internos, las complejidades de la naturaleza humana, todo lo aprendí leyendo ficción. Lo hice porque los que escribían ficción eran muy talentosos y sentía que en el campo de la no ficción no había gente tan buena. Todos los maestros estaban escribiendo novelas, cuentos o guiones, cada uno con su estilo. Había demasiados, así que opté por el periodismo”.

El resultado ha sido una serie de crónicas hoy estudiadas con lupa en casi todas las facultades de periodismo. Muchas tratan sobre gente desconocida (“los derrotados en las guerras”), como un árbitro de boxeo o el señor que escribía los obituarios del New York Times, pero otras se centran en personajes famosos, como el beisbolista Joe Dimaggio o los púgiles Joe Louis y Floyd Patterson. Todas han generado admiración tanto en colegas como en lectores. Pero ninguna tanto como Frank Sinatra está resfriado, publicada por la revista Esquire en 1966, luego de que Talese pasara tres meses entrevistando al séquito del músico sin jamás hablar con él.

Sinatra resfriado es como Picasso sin pintura, un Ferrari sin combustible –solo que peor–. Pues la gripa común le arrebata a Sinatra su joya inasegurable: su voz, seccionando el núcleo de su confianza.  No solo afecta su psiquis, sino que además genera una especie de goteo nasal psicosomático en las docenas de personas que trabajan con él, toman con él, lo quieren a él, y dependen de él para su propio bienestar y estabilidad. Sinatra resfriado puede, guardadas las proporciones, enviar vibraciones a la industria del espectáculo e incluso más allá, de la misma manera en que el presidente de los Estados Unidos, repentinamente enfermo, puede sacudir la economía nacional. (Frank Sinatra está resfriado, Esquire, 1966).

La crónica, considerada uno de los mejores artículos de la historia, agrada a Talese. Pero no cree que sea su mejor texto. “Considero que hay varias superiores, como el primero que hice para Esquire, titulado Mr. Bad News, sobre un escritor de obituarios. No entiendo porque a la gente le gusta tanto el de Sinatra. En un mes la editorial alemana Taschen, que se dedica a hacer libros absurdamente grandes, va a sacar una versión de 200 dólares de Frank Sinatra está resfriado, con miles de fotos, todas mis notas, y el texto final. Así que ahí sigue el artículo, más de medio siglo después, sobreviviendo en diferentes formatos. Y lo único que yo me pregunto es, ¡¿quién va a ser lo suficientemente loco de pagar 200 dólares por un artículo viejo?!”

Pero Talese no solo es conocido por sus crónicas. En su bibliografía cuenta con un puñado de mamotretos dedicados a varios temas: Honrarás a tu padre (1971), una investigación de siete años en la que retrató el mundo de la mafia neoyorquina a través de la familia Bonanno (que luego inspiraría Los sopranos); Los hijos (1992), en el que reconstruye con minucia su historia familiar y en el proceso capta los dilemas de los migrantes italianos a Estados Unidos (“en los años veinte los estadounidenses trataban a los italianos como hoy tratan a los musulmanes”, me dice); o El reino y el poder (1969), un testimonio que devela desde adentro la maquinaria del New York Times. Cuando le menciono este último título, un retazo de nostalgia se avisa en sus ojos.  

“En ese libro escribí sobre periodismo heroico. En esa época en el Times había dos increíbles periodistas. Uno se llamaba Harrison Salisbury, quien en 1966 encontró la forma de viajar a Hanoi, la capital de Vietnam del Norte, y descubrió que los estadounidenses estaban bombardeando colegios y matando inocentes. Washington se encargó de pintarlo como un comunista anti-americano. El otro tipo era David Halberstam, contemporáneo mío, quien desde Vietnam nos contaba que estábamos perdiendo la guerra. Lyndon B. Johnson, el presidente, quiso encarcelarlo. Eso sí que era gran periodismo. Ya no tenemos eso. Los periodistas hoy son sumisos a las políticas del Pentágono, ya no critican, se han vuelto los agentes de prensa de la guerra. ¿Por qué? Porque la mentalidad del país cambió después de la caída de las Torres Gemelas y a los reporteros les da miedo ser percibidos como anti patrióticos. Es muy triste”.

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Foto: León Darío Peláez.

A sus 83 años, Gay Talese continúa trabajando con la misma disciplina que siempre lo ha caracterizado. El próximo año va a publicar un libro sobre su matrimonio de más de medio siglo, así como una investigación que viene puliendo desde hace 30 años y de la que prefiere no develar detalles. Cuando le pregunto por qué continúa tan activo, su respuesta es escueta: “Curiosidad”. Al cabo de unos segundos, retomo la pregunta desde otro ángulo: ¿Podría imaginar su vida sin escribir?

Entonces Talese se queda callado, y vuelve a dejar entrever ese sentimiento de duda que siempre le ha inquietado: “Supongo que sí. Porque en mi mente ya veo las historias e incluso veo mi propia historia. Toda la vida he visto el mundo desde el punto de vista de un forastero. Tengo la impresión de ser mi mismo siendo mi mismo, como si me estuviera observando desde la otra esquina del cuarto. Eso me pasó durante la Segunda Guerra Mundial, cuando no sabía quién era. Y aún me observo a mi mismo como un observador”.

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