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Coleccionista de números

Bernardo Recamán Santos reseña "Números notables. El 0, el 666 y otras bestias numéricas" de Lamberto García del Cid. Editorial RBA.

2012/04/18

Por Bernardo Recamán Santos.

“Es como preguntar por qué la Novena Sinfonía de Beethoven es bella. Si usted no ve por qué, nadie se lo puede decir. Yo sé que los números son bellos. Si no lo son, nada lo es”. Así respondía el matemático Paul Erdös cuando le preguntaban acerca de la belleza de los números. Tenía por qué saberlo: toda su vida se dedicó a estudiarlos y entenderlos.

En este libro, Números notables, Lamberto García del Cid nos muestra aspectos de esa belleza. Su formación de economista se nota. En su exposición economiza profundizar acerca de las propiedades sutiles que subyacen a los fenómenos que presenta, de tal forma que el lector queda con la impresión de que los números se comportan a la deriva, en forma impredecible, como la economía. Es cierto que algunos números, por ejemplo los números primos (aquellos que, como el diecisiete, no son divisibles sino por sí mismos y la unidad), se han resistido a revelar sus secretos, pero sabemos ya tanto acerca de ellos que podemos confiar en que algún día los entenderemos del todo.

Aun así, sin explicaciones, la colección de números que nos ofrece el autor basta para convencer a muchos de que la matemática es más que una lista de ecuaciones para resolver problemas. Está, por ejemplo, el caso de la constante de Kaprekar, llamada así por su descubridor, un profesor de matemáticas de la India. Escoja el lector cualquier número de cuatro cifras, digamos 1492. Organice esas cuatro cifras de mayor a menor para formar otro número de cuatro cifras (9421). Ahora forme otro número de cuatro cifras organizándolas de menor a mayor (1249). Finalmente, reste este último número del primero que formó: obtiene otro número de cuatro cifras (8272). Si se repite este procedimiento varias veces con los números que se van obteniendo se desembocará siempre en uno de los números notables de nuestro autor, la constante de Kaprekar: 6174. ¿Por qué sucede esto? El autor nos queda debiendo la explicación y al lector le toca averiguarla por sí mismo.

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