Carsten Jensen.

El mar en un libro

'Nosotros', los ahogados es considerada una de las novelas danesas más relevantes de los últimos años. Su autor —hijo del capitán de un buque de carga— se inspiró en Conrad, y Melville para escribir este relato que ya ha vendido más de 150 mil ejemplares.

2012/04/18

Por Hugo Chaparro Valderrama, Bogotá.

"Lo poco que sé de historia universal lo aprendí viendo nacer a un niño”, escribe Carsten Jensen en el prólogo a su libro de crónicas, titulado con la elocuencia del viajero que ha recorrido la geografía de un lado a otro: Yo he visto empezar el mundo (1996).

Aunque su aprendizaje acerca del mundo y su historia también se debe a una biografía que empezó en Marstal (Dinamarca), a principios de los años cincuenta, cuando el futuro aguardaba por Jensen para enseñarle el paisaje tanto alrededor del mar como en tierra firme, registrado con el privilegio de una escritura vigorosa que le permite al lector acompañarlo como una sombra en su itinerario por el mapa.

Su propósito: descubrir lo que significa algo tan incierto y milagroso como la vida en escenarios del caos —China, Camboya, Vietnam, Afganistán—, a los que se suma el territorio de la ficción, donde Jensen ha escrito una larga novela que se hace breve por la forma como rescata la energía de las aventuras, revelando sorpresas inauditas en sus páginas.

Nosotros, los ahogados (2006) se inicia con el vuelo que hace Laurids Madsen al cielo cuando su barco explota y le alcanza a ver el culo a San Pedro, apenas por un instante, sin entrar al Paraíso. Madsen sobrevive al accidente y se transforma en alguien distinto. El misterio se explica en el transcurso de la novela y la ansiedad por resolver el enigma decide tanto la suerte de la trama como del lector que navega entre líneas.

Un libro de ficción, explica el autor, que se inspira y sigue a grandes rasgos la historia de Marstal desde 1848 hasta 1945.

Quizá su trabajo como reportero le sirvió de aprendizaje a Carsten Jensen para convertirse en el narrador de la memoria de su pueblo, vertida en Nosotros, los ahogados con la precisión de las noticias y la libertad de la literatura que aprovecha el legado de la historia y lo enriquece con una invención basada en hechos reales —o imaginarios.

Aparte de Madsen, la observación atenta que define el talento del cronista le permite dibujar con nitidez el mundo de sus personajes: el tiránico maestro Isager, que ultraja con azotes a los niños; el cretino Anders Nørre, martirizado por la crueldad vengativa de esos mismos niños; el acongojado y pusilánime pastor Abildgaard, agobiado por ser el portador de malas noticias para las familias de los marinos devorados por el mar, esa larga e impredecible extensión de agua que detesta la señora Klara Friis, comprendiendo el destino inevitable de un lugar habitado por villanos, héroes, huérfanos o viudas según el ritmo de la marea.

Un pueblo sin padres que obliga a que Albert Madsen busque al suyo, el heroico y desconcertante Laurids Madsen, en un viaje que lo conduce hasta la Polinesia, tras la ruta que navegó en el siglo XIX Robert Louis Stevenson. Un autor y una tradición con los que Jensen demuestra su complicidad en la última página del libro, presentándole al lector a todos los que le sirvieron para nutrir con su ejemplo el material del que están hechos los sueños en Nosotros, los ahogados. Además de Stevenson y de los archivos del Museo Naval de Marstal, entre la lista se encuentran Joseph Conrad, Mark Twain, Herman Melville, Víctor Hugo, Homero —un autor que en los orígenes del tiempo definió, con el título y los episodios de su Odisea, los viajes de otros navegantes—. No es gratuito que la novela sea entonces una aventura coral, narrada por el pueblo, alternando el punto de vista entre la primera persona y la voz comunal de aquellos que atestiguaron los hechos.

Hijo del capitán de un buque de carga, como asegura su biografía, Carsten Jensen estaba predestinado, aún más como hijo de Marstal, a considerar el mar como un paisaje cercano a su historia. Una fuerza ingobernable que decide la fortuna de los que se enfrentan al viaje más allá de la costa y de su seguridad, tediosa para los marinos a la caza de una nueva aventura, incluso a pesar de los riesgos que podrían ocasionarles un naufragio: la fuerza del hielo capaz de triturar un barco; el poder arrasador de las tempestades; las bombas y torpedos que durante la II Guerra Mundial amenazaron la vida de las tripulaciones perseguidas por los nazis. Esa vida que le enseñó a Jensen lo que sabe de historia universal cuando vio nacer a un niño y que en la novela se recrea con un parto en medio de una tormenta.

Para resolver sus miedos, enfrentándolos en medio de la adversidad, el joven capitán Knud Erik se decide a rescatar a una mujer que sobrevive al torpedo con el que los alemanes destrozaron su barco. “Tiró de ella y la sacó del agua. El vientre desnudo quedó a la vista, y vio que le colgaban las entrañas. (…) La mujer llevaba algo entre los brazos. Entonces advirtió que no eran sus entrañas lo que colgaba de la herida abierta de su vientre, sino un cordón umbilical. Tenía en sus brazos a un niño, un bulto humano arrugado, manchado de rojo, que había traído al mundo bajo el agua”.

El fragmento es apenas la punta del iceberg sostenido por las setecientas páginas de una novela escrita con el carácter perdurable de aquello que se define como un clásico.

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