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Escribir en Colombia

Andrés Felipe Solano reseña "Los derrotados" de Pablo Montoya. Editorial Sílaba.

2012/04/19

Por Andrés Felipe Solano.

El escritor Pedro Cadavid acepta el encargo de realizar una biografía de Francisco José de Caldas. Lo hace bajo sus condiciones: “No quería celebrar al prócer, sino al naturalista”. Cadavid revisa su archivo personal en busca de notas sobre el sabio y se encuentra de frente con su propia generación al releer unas cartas remitidas desde las selvas del Urabá. Las firma Santiago Hernández, un compañero de colegio que se unió a la guerrilla del EPL en 1983. Los acontecimientos más funestos de la historia colombiana cercan a Cadavid mientras construye su versión personal de Caldas, un hombre que devino en prócer a pesar de sí mismo. Lo envuelven los recuerdos de los amigos revolucionarios que fueron a la cárcel, las noticias del exilio o la inevitable constatación de la muerte que lanzó a Andrés Ramírez —otro de sus compañeros de liceo— a realizar un inventario de cadáveres. Como fotógrafo de un periódico, Ramírez registra una larga sucesión de masacres (Ituango, Segovia, Bojayá) a las que Cadavid les pone palabras, al tiempo que reflexiona: “Creo que el único tema que tenemos los escritores de este país es la violencia. No es fácil reconocerlo porque, de alguna manera, esa premisa es una condena. (...) Y cuando se escribe de otra cosa que no sea el delito, el robo, la extorsión, el magnicidio, la respectiva masacre, el desaparecido de turno, el escritor termina siendo falso, pedantemente modernista, incapaz de resolver el tema único y escabroso exigido por nuestra historia. Y si no es la violencia de lo que se debe escribir, sale al paso su consecuencia inevitable: la humillación, la vergüenza, la derrota”. De ahí el título del libro de Montoya, que ha elegido cumplir de la mejor forma con esa condena que presupone cuelga sobre cualquier escritor colombiano. Lo hace a través de los medios propios de una novela histórica, tanto como de cartas, diarios novelados y apuntes ensayísticos. En los peores momentos cae en desarrollos esquemáticos, en prosa de periódico, en personajes secundarios esterotipados, pero en los más altos, por ejemplo, llega a las honduras de un contrabandista de orquídeas. Quizás a través de ese magnífico personaje, donde se podría haber reunido la naturaleza explorada por Caldas y la violencia vivida en Antioquia, Pablo Montoya habría podido saldar su deuda. En lugar de eso escogió hacer una novela a la que su ambición formal le hace perder la brújula en ciertas páginas. En todo caso esta ha sido su apuesta y la ha llevado hasta el final.

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