Fragmento de un grafiti de los artistas brasileros Os gemeos (Los gemelos).

Huellas de la calle

El grafiti hace parte de la identidad de las dos ciudades más grandes de Brasil. Recorrido por los lugares emblemáticos de São Paulo y Río de Janeiro de la mano de dos artistas callejeros que estarán en Bogotá.

2012/04/18

Por Lina Vargas, São Paulo / Río de Janeiro

Es lunes en Vila Madalena. Este barrio de São Paulo es famoso porque sus paredes están llenas de grafitis y porque tiene unos callejones llamados Beco do Batman y Beco do Aprendiz, que son galerías al aire libre donde hay todo tipo de street art. Vamos con Alex Hornest, el artista y grafitero paulista que mostrará su trabajo en la Feria del Libro de Bogotá junto a su colega Claudio Ethos y a los colombianos Stinkfish y Bastardilla. Caminamos por el túnel de la avenida Paulista, una cueva gigantesca con un diminuto andén junto al cual los carros pasan volando. En sus muros hay decenas de grafitis sobre la inmigración japonesa a la ciudad, que hicieron parte de un proyecto de la Prefectura hace tres años. Todos tienen firmas: Flippi, Pato, Tinho, Hana Bi, Neurosis Urbana Crew y una notoria ZN Lovers.

Para ver grafitis en São Paulo basta con pararse en cualquier parte. Están en el centro de la ciudad y en su periferia, en la avenida Consolação, en el barrio Cambuci, en los bajos del viaducto Minhocão y en los muros que canalizan el río Tietê.

El grafiti llegó a finales de los años setenta de la mano de las consignas políticas, pero solo hasta principios de los noventa, con la avalancha de la cultura del Hip hop, se volvió un movimiento. Alex Hornest y Claudio Ethos llevan veinte años pintando en las calles. Para Hornest todo comenzó el día que vio en la matiné de su barrio Beat Street, un drama de 1984 que transcurre en el Bronx de Nueva York, y que tiene como telón de fondo uno de los cuatro elementos del Hip hop: el grafiti. Lo primero que escribió en una pared fue el nombre de la que entonces era su banda favorita: The Smiths. Tenía quince años. Hoy hay grafitis suyos por toda São Paulo. Sus personajes se identifican con facilidad: figuras humanas redondeadas con brazos y piernas cortos y delgados, siempre en blanco y negro, en ocasiones sobre fondos coloridos y simétricos.

Desde sus inicios, el grafiti paulista se diferenció del neoyorquino —la ciudad donde nació—sobre todo por la improvisación en los materiales. Era un arte de barrios periféricos cuyos habitantes no tenían los medios para comprar latas de spray ni suficiente información sobre lo que pasaba al otro lado del mundo. El resultado fue la consolidación de un estilo propio. Por ejemplo, en vez de spray —una lata de marca nacional cuesta hoy ocho dólares— usaban pintura y rodillo.

Claudio Duarte, Ise, es también grafitero y tiene un local de productos para grafiti en la famosa Galería do Rock en el centro de São Paulo. Ise nació en Cambuci, uno de los barrios paulistas que más recibió inmigración italiana, china y siria a comienzos del siglo XX, y es el hogar de los grafiteros más famosos del país: los hermanos Otávio y Gustavo Pandolfo, llamados Os Gêmeos. Ise recuerda que en los años noventa los grafiteros de la ciudad se conocían entre sí. “Hoy —dice— todos los días aparece un artista nuevo. La mayoría pinta durante cinco meses y ya no continúa”. Para él, otra particularidad del grafiti paulista es su preocupación estética: “Mientras en otros países el grafiti es político, en São Paulo la parte estética es fundamental. Algunas pinturas toman mucho del surrealismo”.

Eso tiene que ver con que los paulistas asumen el grafiti como uno de los símbolos de su ciudad, reconocen su valor artístico y saben identificar las firmas de cada grafitero. “São Paulo ya tiene muchos problemas. Hay desempleo y hay personas durmiendo en las calles. La gente no tiene acceso a la cultura, por eso le gusta ver pinturas en la calle”, comenta Ise. La definición del grafiti, me había dicho Ethos la tarde anterior, es la siguiente: “Es un arte público, gratuito e ilegal”. En São Paulo la ley lo penaliza por atentar contra el patrimonio público y dañar el medio ambiente.

Ise empezó escribiendo su firma en las paredes y hoy dibuja pájaros. Los personajes de Ethos son hechos en blanco y negro, de trazos delicados y realistas que, sin embargo, tienen un fuerte componente emocional. Ethos, Ise y Hornest salen a pintar a la calle los domingos. Al parecer muchos grafiteros salen ese día, porque trabajan entre semana. Por eso Vila Madalena está tan sola los lunes.

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Desde hace seis meses Alex Hornest trabaja con la galería Logo de São Paulo que, junto a la galería Choque Cultural, se especializa en street art. En Logo, hasta finales de marzo estuvo abierta la exposición colectiva Lista, una muestra de veintiocho artistas entre los que se encuentran varios grafiteros, que da cuenta del buen momento por el que atraviesa este arte.

Desde hace varios años, el street art entró con fuerza al mercado del arte contemporáneo. En parte porque, como sugiere Ise, “el arte contemporáneo estaba un poco cansado de tanto texto y tan poca pintura. Era más conceptual que visual, pero el grafiti tiene mucho de ambos”. En parte, por la creciente valorización de lo outsider, que explica el galerista Paulo Riveiro: “Son artistas independientes y autodidactas, con un amplio acceso a la información y cuyo circuito paralelo tomó relevancia frente a la oficialidad de los museos, el coleccionismo y las grandes galerías”. Las obras de la exposición Lista cuestan entre mil y catorce mil dólares.

A pesar de este fenómeno, la esencia del grafiti permanece clara. “Es grafiti porque está en la calle —dice Hornest—. Si no está, no lo es. No importa si se usa spray, si no está en la calle, es una pintura”. El grafiti es un arte que asume sus propios riesgos: que alguien borre lo que hiciste o le ponga publicidad encima, que la policía te persiga, que para pintar tengas unos pocos minutos. Todo lo anterior está presente en la pixação, que es quizás la forma más antigua del grafiti brasilero. Tiene dos características: la primera es que son palabras que usan una caligrafía inventada en São Paulo y, la segunda, que se escribe en las partes altas de las edificaciones. La pixação se puede ver en la mayoría de edificios de la ciudad. Su origen es periférico y radical. “Es un arte que surgió para hacer notar una falta de muchas cosas: un campo de fútbol, asistencia social, buenas escuelas. Es una forma de decir: resisto y estoy vivo”, explica Ethos.

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Marcelo Eco vive en Río de Janeiro. Empezó haciendo pixação hace diecisiete años —a diferencia de la paulista, de letras grandes y vistosas, la pixação carioca se parece a una firma—. Los grafitis de Eco están por toda la ciudad y su trabajo es representado por una galería en París. Su colorida obra suele tener personajes de rostros angulares y largas extremidades que juegan con la tridimensionalidad y el movimiento. Uno de ellos está en el descomunal mural del barrio de Lapa, que fue pintado por varios artistas de la ciudad.

Eco es un buen ejemplo de la combinación entre el grafiti en la calle y la participación en el mercado artístico pues, además, ha hecho murales publicitarios para distintas marcas. Es un artista que vive de su trabajo. “El grafiti —dice enfático— es lo que amo hacer. Puedo estar haciendo una tela y, al final, cuando estoy cansado, quiero salir a la calle y pintar. La calle siempre va a ser un lugar que está en mi mente, que me proporciona armonía como artista y me permite experimentar”. Piensa un minuto y termina: “Es mi pasión. Llegué hasta donde estoy a través de la calle”.

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Alex Hornest y Claudio Ethos intervendrán un mural a la salida del pabellón de Brasil en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, junto a los colombianos Stinkfish y Bastardilla, el 28 y el 29 de abril a las 2:00 de la tarde.

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