Clarice Lispector.

La extranjera

Fue una de las grandes narradoras del siglo pasado. Sin embargo, nunca buscó pertenecer a las élites literarias; su obsesión era narrar el aburrimiento de la cotidianidad.

2012/04/18

Por Vanessa Rosales, Bogotá.

En 1943 los círculos intelectuales brasileros sintieron el cimbronazo de una veinteañera salvaje. Era una joven rubia, alta, con la belleza de Marlene Dietrich, espigada, de pómulos felinos. Su nombre era Clarice Lispector.

Cuando ese nombre irrumpió en la escena literaria del Brasil, las corrientes del momento eran masculinas y realistas. Contaban historias concretas y cotidianas en paisajes tropicales, ancladas en la aspereza de fábricas y plantaciones. Cerca del corazón salvaje, su primera novela, reverberó con ruido disonante. No era el retrato de una región con sus humedades y contratiempos, ni la radiografía de un cúmulo de hombres soportando algún trabajo enajenante.

Era el monólogo de una mujer en la ciudad. Pero no había trama, comienzo, clímax, ni desenlace. No había hechos sino percepciones. Los acontecimientos eran reemplazados por el manojo de sentimientos que construyen una vida interior. Fue un éxito inmediato. Se le comparó con Virginia Woolf y con Joyce, a quienes, proclamó, nunca había leído. Pese a su rápido éxito, Clarice no se sumó a los círculos que la celebraban. Mantuvo hasta el fin de sus días un temperamento foráneo y escindido.

No era brasilera sino nacida en Ucrania, rehuyó la cómoda y grandilocuente vida que ofrecía su marido diplomático en el extranjero, sentía vergüenza de ser escritora y, pese a su fama, se conservó en los extramuros del círculo literario. Su lenguaje era taciturno y abstracto. “Al escribir no puedo fabricar, como en la pintura, cuando fabrico artesanalmente un color. Pero estoy intentando escribirte con todo el cuerpo, enviarte una flecha que se hinque en el punto tierno y neurálgico de la palabra”, decía.

Se empeñó en narrar el entredicho, una tarea similar al rigor de la poesía. Intentaba captar las pulsaciones y los sentimientos de la vida interior. Sus novelas y relatos están llenos de personajes que son asolados por la realidad ordinaria y el sinsentido que la embarga. Seres que sienten el peso de lo rutinario, que viven días que son espejos de sí mismos; presos en realidades prosaicas, como Ana, en el cuento Amor, o como la misma Clarice, que se reveló a sí misma como el más encarnado de sus personajes cuando, en 1967, se convirtió en cronista del periódico Jornal do Brasil. En ese terreno, un perro, un ciego, una cucaracha, la relación con las empleadas, cualquier encuentro con algo ínfimo puede desatar la náusea. La marejada terrible que hace que el mundo, ambivalente, se convierta en malestar.

Todos los sábados aparecían, junto a la dureza de hechos periodísticos, unas singulares reflexiones cuya fuente primordial era ella misma: el discurrir de la vida como ama de casa, las vicisitudes de una cotidianidad que transcurre en el encierro. “En realidad en todas las circunstancias solo sé ser íntima”, consignó. Sus crónicas fueron recopiladas en el libro Aprendiendo a vivir y otras crónicas.

Aparece en ese extraño ejercicio de periodismo un tema recurrente: las ansias de pertenecer a algo, el sentimiento cazador de ser una outsider. Una vida de dislocaciones hace de esta sensación un fruto apenas plausible. Al nacer, en 1920, en Ucrania, el triunfo bolchevique desató una fogosa persecución hacia los judíos. Los padres de Clarice sufrieron los estragos. No solo porque emprendieron fuga hacia el Brasil, sino porque su madre, violada brutalmente por soldados radicales, recibiría una terrible secuela: sífilis. La superstición de entonces dictaba que concebir un hijo podía curar una enfermedad venérea. Clarice fue gestada. La madre, sin embargo, moriría nueve años después, dejando en Clarice la sensación de haber sido un acto salvífico fallido. “Descubro que ser inadaptada es mi fuerte”.

En Río de Janeiro, estudiará —atípicamente— abogacía. Conocerá a su esposo quien, al hacerse diplomático, la conduce a abandonar Brasil. Escribiría alguna vez que, después de la boda, lo único que puede hacer una mujer es sentarse a esperar su muerte. El tedio del exilio le hace padecer homesickness al tiempo que florece como escritora exitosa y empedernida.

En 1967, Clarice, que dormía mucho y fumaba poco, se quedó dormida con un cigarrillo encendido. En el banal intento de salvar sus papeles y escritos sufriría notorias quemaduras que incrementaron su reclusión y hermetismo. La sensación de ser irremediablemente una criatura escindida insufla en su escritura una vulnerabilidad que se fortalece en la autoconciencia y un estado permanente, insoportablemente autorreflexivo. “¿Ven cómo estoy escribiendo muy a gusto Sin mucho sentido, pero a gusto. ¿Qué importa el sentido? El sentido soy yo”.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.