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La muerte tan cerca

Armando Neira reseña "8.8: el miedo en el espejo" de Juan Villoro. Editorial Candaya.

2012/04/18

Por Armando Neira.

Con excepción de aquellos enfermos a los que su médico les informa de manera categórica el breve tiempo de vida que les queda, los demás andamos por ahí como si la muerte fuera un hecho ajeno. Nuestra perspectiva cambia cuando, por ejemplo, nos asaltan y nos ponen un revolver en la cabeza o cuando el avión en el que viajamos se descuelga y vemos caer las mascarillas de oxígeno. Un miedo intenso pero fugaz nos rodea. Sin embargo, ¿cómo será cuando es la propia tierra la que nos mueve los pies y nos recuerda que no solo cada uno de nosotros morirá sino que es posible la desaparición de toda nuestra familia, nuestros amigos, el barrio, la ciudad entera?

El escritor y periodista Juan Villoro (México, 1956) nos lleva de la mano a sentir esta experiencia en 8.8: el miedo en el espejo, una crónica de los siete minutos de vértigo que experimentó el 27 de febrero de 2010, cuando un terremoto en Chile le recordó lo efímero de la existencia. En ese breve lapso, el sismo sacudió al país, desplazó la ciudad de Concepción 3,04 metros hacia el oeste, en dirección al mar, Santiago 27,7 centímetros, modificó el eje de rotación de la tierra y acortó el día en 1,26 microsegundos.

Además de ser un estupendo narrador, Villoro tiene el valor agregado, para bien o para mal, de también haber estado en el terremoto de México de 1985, que con el de Chile, han sido los dos terremotos más fuertes en América Latina. Con semejante materia prima puede contarles a los lectores “el sabor de la muerte”. Un sabor que nos deja probar antes de llevarnos: asombro, espanto y hasta una risa, nerviosa sí, pero risa al fin y al cabo, son sus ingredientes. “Los terremotos representan un striptease moral. Lo peor y lo mejor salen a la luz”, dice. Tras una tragedia de estas nada vuelve a ser igual para nadie incluso para quienes quedan para contar el cuento porque como él escribe: “Todo terremoto convierte a los sobrevivientes en víctimas omitidas: podrían haber muerto pero se salvaron”. Con su sentido del humor, seguramente Villoro afirmaría en esta crítica que como él ya lleva dos eso lo hace más sospechoso. Solo por eso, vale la pena leerlo.

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