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La última confesión

Alejandro Lloreda reseña "El refugio de la memoria" de Tony Judt. Editorial Taurus.

2012/04/18

Por Alejandro Lloreda.

Tony Judt no era el típico historiador inglés. Nació en el este de Londres, en los barrios cockney de las novelas de Charles Dickens. Sus papás eran, como muchos de sus vecinos, inmigrantes judíos del este de Europa. Creció en la Inglaterra gris de la posguerra —el racionamiento de productos básicos duró hasta bien entrados los años cincuenta— pero Judt recuerda una niñez contenta, de vacaciones en los Alpes y largos viajes en tren.

Después de un breve coqueteo y un aún más rápido desencanto con el sionismo —trabajó en un kibbutz en Israel, pero le molestó el militarismo y nacionalismo de la guerra de 1967— ingresó a Cambridge. Hizo parte de la primera generación de estudiantes de escuelas estatales en entrar a lo que entonces era un bastión de la clase alta. Después estudió en París en la École Normale Supérieure, el instituto que ha formado a gran parte de la élite intelectual francesa.

Como profesor en Oxford en los ochenta se enfocó en historia francesa, pero luego se interesó —en parte por sus raíces familiares— en la Europa oriental y fue, con su amigo y colega Timothy Garton Ash, un importante testigo del colapso del comunismo detrás de la cortina de hierro. Descontento con las reformas universitarias del gobierno Thatcher, hizo parte del llamado “brain drain” que cruzó el Atlántico hacia universidades norteamericanas.

Combativo y comprometido, estaba dispuesto a opinar sobre una variedad de temas con una urgencia moral más propia de un intelectual francés que de un académico anglosajón. Su vida fue trágicamente truncada cuando le diagnosticaron la enfermedad de Lou Gherig en el 2008. Poco antes de morir en el 2010, paralizado pero lúcido, dictó estas memorias desde su cama.

El refugio de la memoria es un extraordinario relato de una vida entre libros y universidades. Conoció de primera mano los tres grandes sistemas académicos del mundo occidental —el oxbridge inglés, las grandes écoles francesas y el ivy league americano— y los compara con ironía y humor. Pero también es una memoria íntima, personal, de un hombre a punto de morir.

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