Chico Buarque

Letras con ritmo

La relación entre la música y la literatura no es nueva en Brasil. Algunas de las voces más representativas del país han sido también poetas y novelistas. Chico Buarque, Maria Bethania, Martinho da Vila, Arnaldo Antunes y Vinicius de Moraes son algunos de ellos.

2012/04/18

Por Juan Carlos Garay, Bogotá.

Chico Buarque ya era conocido entre las juventudes brasileras como un cantante seductor y comprometido cuando, a comienzos de los años setenta, empezó a ejercer de dramaturgo. Su obra de teatro Calabar es una impresionante creación integral donde, además de las situaciones y los personajes, Buarque se encarga (no podría ser de otro modo) de la música. La carátula del disco con las canciones de Calabar fue censurada, y todo ello terminó sirviendo a la consolidación de un hombre que militaba simultáneamente desde la música y la dramaturgia.

Pero no contento con sus canciones y sus obras escénicas, Chico Buarque se aventuró en el complejo arte de la novela. Su libro Estorbo apareció en Brasil en el verano de 1991 y en menos de un año ya estaba traducido a varios idiomas. En español fue editado por Tusquets y el primero que reseñó la novela en Colombia fue el escritor Hugo Chaparro, señalando su estilo experimental en una crítica publicada por el Magazín Dominical de El Espectador: “Estorbo porque el lenguaje y la estructura del libro es el lenguaje y la estructura del sueño o, lo que es peor, del insomnio que en ocasiones no tiene estructura alguna”.

Han pasado veinte años desde aquella reseña, y Chaparro explica hoy su impresión al acercarse a la narrativa de alguien cuyas canciones admira: “Cuando lo leí me entusiasmó por arriesgado. Lo entendí como una prolongación de lo que buscaba en su canción ‘Construcción’, donde el relato pasa de lo lineal a lo fragmentario. Pero era solo letra, le faltaba la música. Creo que la verdadera literatura de Chico Buarque no está en sus libros sino en su música”.

Buarque no es el único caso de un músico brasilero que se deja seducir por las letras. La actividad cultural del país vecino parece caracterizarse, entre otras cosas, por una mezcolanza natural de vertientes. Maria Bethania recita poesía en los intermedios de sus conciertos. Arnaldo Antunes hace video-arte que proyecta durante sus recitales. Un documental reciente llamado Palavra (En)cantada, de la cineasta Helena Solberg, entrevista a figuras de la canción como Adriana Calcanhotto o Lenine y concluye que es la mismísima lengua portuguesa la que facilita la musicalización. Se arriesga uno a pensar que cuando Unamuno definió al portugués como “un castellano sin huesos” estaba envidiándole lo cadencioso.

Por eso en Brasil los músicos escriben libros. Pueden ser crónicas de viaje como las del compositor de samba Martinho da Vila, obsesionado con los paisajes y las gentes del África lusitana. O pueden ser poemas donde lo visual, la diagramación y la fuente complementan la poesía, como es el caso de los cuadernos que publica Arnaldo Antunes y que, luego de su éxito internacional con el grupo Tribalistas, empiezan a traducirse al español. Para la muestra una excelente versión de Iván Larraguibel: “Pensamiento a mil por hora, / tormento en todo momento. / ¿Por qué es que pienso ahora / sin mi consentimiento?... / pensamiento, sal, es hora, / sal de mi pensamiento. / Pensamiento, vete ahora, / desaparece en el viento”.

Cuando uno de estos músicos publica un libro, ¿lo hace por ganar prestigio? La historiadora Anna Paula Oliveira, profesora de la Universidad Javeriana, dice: “No, es al revés. En Brasil la música te da más prestigio que la literatura. La gente compró Leite derramado, el último libro de Chico Buarque, porque fue escrito por el cantante”.

Tampoco es una tendencia nueva. Recuerdo haber crecido con un disco muy especial en mi casa, un disco Philips cuya portada era el retrato al óleo de un hombre canoso que tenía la mirada bonachona y adormilada de un basset hound. Sonaba de fondo un piano de notas escasas y espaciadas, y el hombre recitaba: “De repente la risa se hizo llanto / Tan silencioso y gris como la bruma, / Y de las bocas juntas se hizo espuma, / Y de las manos juntas se hizo espanto”.

Era Vinicius de Moraes recitando su “Soneto da separação”. El autor de la letra de la “Chica de Ipanema” acometía también sonetos y, cuando llegó el auge de la bossa nova, se presentaba en conciertos que fluctuaban entre el canto y la recitación: mientras un grupo de apoyo hacía la música, Vinicius repasaba versos, sentado, con un vaso de whisky en la mano. “Parte de la crítica literaria brasilera lo considera un poeta menor. Es ese sector que no reconoce una letra de canción como poesía”, explica Anna Paula Oliveira. “Pero su 'Soneto do amor eterno', está en los libros escolares”.

Lo cual no es un detalle menor. Un sistema educativo que ubica a sus cantantes al lado de sus próceres. Un Estado que hasta hace poco tuvo como ministro de cultura a un tremendo músico, Gilberto Gil, quien terminó sacando adelante (entre otros proyectos) el registro de la samba como patrimonio de la humanidad. ¡Ah, qué saudade! A veces uno también le envidia esa cadencia al Brasil.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.