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Llegó el invierno

Consuelo Gaitán reseña "Diario de invierno" de Paul Auster. Editorial Anagrama

2012/04/19

Por Consuelo Gaitán.

Paul Auster incursiona una vez más en el terreno autobiográfico. Ya en A salto de mata relata una parte de su vida, la de sus inicios literarios, a través de sus poco convencionales relaciones con el dinero. En La invención de la soledad se empeña en comprender el origen del carácter de su padre y descubre hechos sorprendentes que le permiten desbloquear su escritura y asumir su propia paternidad. En este Diario de invierno, Auster a sus sesenta y cuatro años, se sienta ante su ya famosa máquina de escribir manual y comienza una indagación sobre lo que ha sido vivir en el interior de ese cuerpo y se centra en lo que denomina una “fenomenología de la respiración”. A los diecinueve años Auster escribe: “El mundo está en mi cabeza, mi cuerpo está en el mundo” y es ahora, entrando en la vejez, que recoge, sin un orden cronológico, los hechos que han afectado a ese cuerpo: las cicatrices sufridas a través de los años, los inicios de su vida sexual, los ataques de pánico y los accidentes de los que ha salido incólume, los más de veinte lugares en donde ha vivido y los cientos de habitaciones y de países en donde ha estado, etc.

El lector se siente a veces un poco sorprendido ante esa especie de exhibicionismo o impudor: qué sintió cuando al final de un encuentro sexual imaginó que toda la humanidad podría estar contenida en su semen, o la fuerza con la que relata el inmenso amor que le une a su actual esposa, su incapacidad para llorar y mostrar su aflicción ante la muerte de sus seres queridos, la casi delación de los detalles más íntimos del carácter de su madre y, no menos sorprendente, una especie de confesión de los momentos más bochornosos de su vida, cuando actuó como un absoluto cobarde, un antihéroe total.

Sin embargo, no se vislumbra nada artificioso, no hay afectación en el relato. Por el contrario, se percibe una absoluta coherencia con esa inquietud primigenia de “saber quién eres” (el libro está escrito en segunda persona: tú), de mirar de frente este invierno de la vida y, aunque hay pocas referencias a su trabajo intelectual, regala al lector con originales revelaciones sobre el oficio de escribir y cómo se produce en él el hecho físico de la escritura: “Con objeto de hacer lo que haces, necesitas caminar. Andando es como te vienen las palabras... El acto de escribir empieza en el cuerpo, es música corporal, y aunque las palabras tienen significado, pueden a veces no tener significado, es en la música de las palabras donde arrancan los significados”.

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