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Melancolía árabe y criolla

Andrés Felipe Solano reseña "Destierro" de Fernando Cruz Kronfly. Editorial Sílaba.

2012/04/18

Por Andrés Felipe Solano.

Uldarico Clavel o el Habibe (amado, en árabe) cumple un destierro de tres años. Mientras su madre Chafiha le concede el don del retorno, el hijo vaga por las calles de Cartago en un Pontiac y desgrana pensamientos sobre Dios, el espíritu de la lengua, su doble condición de criollo y árabe, la muerte del padre y su vida como hijo calavera. Anarquista, glotón y misántropo, empleado “en una ferretería en ruinas, cuyo paisaje interior era la copia de su espíritu”, con problemas de uñas y cataratas, adicto a las mujeres, el Habibe sufre de una tristeza tempranera que se avivó aún más el día en que su madre siria lo expulsó de su cocina privándolo de sus guisos de lenteja y su tabbule. Entre pedos y casetes de Leonard Cohen el protagonista reflexiona a su manera sobre el sentido de la vida: “Así que tal vez no sea mamá quien ahora espera su turno al borde del precipicio, sino más bien yo, juzga el Habibe. Por mal hijo, eso es todo. La vida es solo un montoncito de espera en la casualidad, un bulto de torpeza de cuyo triunfo habrá de brotar el terciopelo que cubre por dentro la urna del gran viaje”.

En Destierro, retorno de Cruz Kronfly a la narrativa tras diez años, el autor se libera una vez más de la tiranía de la trama, pura anécdota que aquí poco o nada importa, fiel a la propuesta literaria que empezó a desarrollar a finales de los setenta y al lenguaje barroco de sus maestros declarados: Guimarães Rosa y Lezama Lima. Quizás tenga un primo secreto en Destierro: Albert Cossery, un egipcio que firmó un puñado de libros de no más de ciento cincuenta páginas, tan singular como el propio Cruz Kronfly, con esa misma carga de queja y melancolía que corre por todo árabe, algo menos florido que el colombiano pero igual de hermoso en su forma de insultar y despreciar las plagas que andan sueltas por el mundo.

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