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No matarás

Mauricio Sáenz reseña "Reflexiones sobre la pena de muerte" de Albert Camus y Arthur Koestler. Editorial Capitán Swing.

2012/04/18

Por Mauricio Sáenz.

A mediados del siglo XX el debate sobre la pena de muerte estaba candente, sobre todo en el Reino Unido y en Francia, los dos países europeos que se obstinaban en seguir aplicándola a pesar de que ya muchos de sus vecinos la habían abandonado, incluso décadas atrás. Y en el centro de la controversia estaban dos intelectuales que lucharon intensamente contra ella. Uno era el periodista y escritor británico Arthur Koestler, y el otro el filósofo y novelista Albert Camus. Koestler había vivido en carne propia el horror de esperar su ejecución, acusado de espionaje por las fuerzas franquistas en la Guerra Civil Española, y vio morir a varios de sus compañeros antes de salvarse milagrosamente, y a última hora, de ser fusilado. Camus había visto cómo su padre, un ciudadano honesto, había regresado de la única ejecución que presenció en su vida (la de un criminal que asesinó a una familia, incluidos varios niños), asqueado ante el repugnante espectáculo. Ya no podía pensar en las víctimas, “sino en ese cuerpo jadeante que acababan de arrojar sobre una tabla para cortarle el cuello”.

Ambos produjeron sendos ensayos reunidos en el libro Reflexiones sobre la pena de muerte, publicado inicialmente en 1957 y editado por primera vez en español por la editorial Capitán Swing, que acaba de aparecer en el mercado colombiano. Se trata de un compendio apasionante de los argumentos que se han ido acumulando a lo largo de los años contra ese castigo bárbaro e inhumano que, desde la Ilustración, ha ido desapareciendo de las legislaciones de los países más avanzados. No se trata solo de la documentada incapacidad de la pena de muerte para disminuir la criminalidad, ni de la crueldad implícita en el proceso, que hace a la pena mucho más terrible que la muerte misma, ni de la siempre latente posibilidad de ejecutar a un inocente. También de la discusión sobre el libre albedrío y el determinismo, cuya imposibilidad de ser resuelta sería suficiente argumento para suspender por siempre esta barbarie, la venganza como eufemismo de la justicia.

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