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Sin nombre

Juan Esteban Constaín reseña "Ninguno es mi nombre" de Eduardo Gil. Editorial Pre-textos.

2012/04/18

Por Juan Esteban Constaín.

Este libro habría podido ser un ladrillo ilegible. Una sucesión de citas y de fuentes, de tecnicismos, de truculencias académicas. Pero no lo es, y ese es su primer mérito; el segundo es el encanto, el asombro es el tercero. Se llama Ninguno es mi nombre y lo escribió Eduardo Gil Bera (la edición es de Pre-textos y es impecable) con el propósito, nada menos, de resumir por fin todos los datos conocidos sobre la vida de Homero y sobre la composición y edición de “sus” dos obras capitales, la Ilíada y la Odisea. Pero lo que habría podido ser, ya dije, un despliegue de onanismo intelectual, es más bien un ensayo delicado y sutil, erudito, brillante, magníficamente bien escrito, sobre las razones por las cuales es imposible pensar que ambas obras fueron hechas por el mismo hombre. No hay notas de pie de página —así de riguroso es este libro, así de serio, así de bello—, pero el texto va incorporando, desde el principio, un impresionante laberinto de referencias literarias e históricas de la Grecia antigua, por el que nos perdemos hasta llegar al encuentro de dos rostros conocidos: el del propio Homero, por un lado, autor indiscutible de la Ilíada; y el de Tales de Mileto, autor de la Odisea y su primer editor oficial. Nada menos. Crítica literaria y filología clásica y homérica de la mejor ley, ¡ay Victor Bérard!, pero escrita con la gracia de una novela policiaca. De ahí el subtítulo: Sumario del caso Homero. Y lo es: una deliciosa pesquisa en ese “mar de vino” sobre el que nadaba Creta, para recordar que la ficción tiñe siempre los bordes de la realidad, hasta invertirlos.

No deja de ser muy diciente que los dos más grandes autores de Occidente que son Shakespeare y Homero —sí, sí: y Cervantes, y Dante, y Virgilio—, carguen a cuesta la incertidumbre de su nombre, de su obra y sus palabras, de su propia existencia. Mark Twain escribió un ensayo maravilloso sobre el primero, ¿Está vivo Shakespeare?, y llegó a una conclusión perfecta: “Aceptemos, sí, que Shakespeare no existió y que quien escribió todos sus libros fue un homónimo y un contemporáneo suyo”. Este libro de Eduardo Gil Bera no desmerece para nada de la confusión.

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