Ilustración de El Ciclopemiope.

Un pájaro sale de su jaula

El autor de 'Opio en las nubes' es una figura de culto en la literatura colombiana. Ahora se publica 'El pájaro Speed y su banda de corazones maleantes', que permaneció guardada muchos años después de su prematura muerte. Esta es la historia de cómo salió a la luz la novela.

2012/04/18

Por Andrés Felipe Solano, Salamanca.

Un hombre que muere a los treinta y cinco años es en cada momento de su vida un hombre que muere a los treinta y cinco años. La frase es de Moritz Heiman. Rafael Chaparro Madiedo murió a los treinta y un años y en cada momento de su vida fue un hombre que moriría a los treinta y un años. Lo fue cuando compró un Renault 4 beige con el que andaba a toda mecha y dejaba tirados a carros último modelo, lo fue cuando leyó a Celine, a Rimbaud, a Rulfo, a Bukowski y a Faulkner, cuando prendía un cigarrillo de los veinte que se fumaba al día, cuando caminó por última vez en brazos de su padre por las calles del barrio Niza. Pero sobre todo fue ese hombre que moriría a los treinta y un años cuando se sentaba a escribir.

Opio en las nubes, novela ganadora del Premio Nacional de Literatura en 1992, está cruzada por el lupus, enfermedad crónica que le fue diagnosticada a los veinte años. Ese único libro bastó para que decenas de lectores jóvenes comprendieran qué significaba vivir en soledad y acercarse a la muerte en Bogotá a finales del siglo XX. Escrito con un lenguaje incendiario, desprendido, ingenuo y triste a la vez, con personajes que desayunan vodka y huelen a gasolina, donde a la calle 85 de Bogotá se le conoce como Avenida Blanchot, el puente peatonal que la cruza es un puerto y el barrio El Polo hace de mar, aquel libro se ganó una legión de adeptos por encima de la cólera de muchos críticos de salón. Chaparro había logrado retratar de una forma nueva su ciudad y de paso le había robado unos minutos al gran evento.

Claudia Sánchez fue la última de las mujeres que amó Chaparro. Estuvo en la clínica donde fue recluido y fue ella quien dio la noticia de su muerte a la familia el martes de pascua de 1995. Sus riñones colapsaron después de que un Volkswagen lo hubiera atropellado en el cruce de la Avenida 19 con 5 dos meses antes. Claudia sabía que la condena siempre estaba presente: “Le encantaba ir a que le leyeran las manos, la piedra, el iris, las cartas... Lo que sea para que alguien dijera que tenía futuro. Aunque en el fondo también se le volvió como un juego, un reto, a ver quién le contradecía su destino, unas ganas de divertirse mientras se podía”. Además, estuvo con él durante el proceso de escritura de una segunda novela que ha estado guardada diecisiete años y que será publicada por la española Tropo Ediciones. La comenzó a escribir “meses antes de conocernos. Eso fue en el 93. Y cuando por fin la tuvo lista, me la llevó a mi casa. Él vivía en Niza, yo en Villa del Prado y llegó como a las once de la noche, emocionadísimo. La leí de un tirón y luego hablamos por dos días enteros sin parar, literalmente. Comimos perros calientes y bebimos vodka y jamás he vuelto a ver a nadie más entusiasmado con algo que haya creado”. La leyenda de otra novela firmada por Chaparro se conocía entre sus admiradores más fervientes. Uno de ellos es Alejandro González, que se graduó con una tesis titulada Crónicas de “Opio”; testimonios del escritor que quería ser gato.

González desenredó el misterio, la existencia de dos manuscritos de aquella novela, uno en poder de la familia con anotaciones del autor y otro en limpio que guardaba Manuel Hernández, profesor de Chaparro en la Universidad de los Andes, donde estudió Filosofía. González lo entrevistó hace unos años: “Un buen día Rafael se apareció en mi apartamento y me regaló un manuscrito, la versión corregida y final de la novela inédita que él dejó y que todavía conserva su familia. (...) Un texto que me entregó, de seguro, con la intención de prolongarse después de la muerte. Lo triste del asunto es que esta novela inédita es para mí como un dolor de muela, pues sigue la misma línea de su predecesora y yo no poseo ningún derecho sobre ella, por tanto no puedo publicarla. Eso me atormenta bastante y es un deseo personal sacarla de la estantería donde la tengo así no tenga manera de saber cuál es la voluntad de Chaparro sobre esto”.

Mario de los Santos, que publicó en España Opio en las nubes, se enteró de la existencia del libro y se lanzó a su caza. Durante un viaje a Bogotá convenció al padre de Chaparro de que lo dejara publicarla en su editorial. Después de un trabajo intenso de limpieza, en el que cotejó las dos versiones, Tropo Editores está listo para soltar a El pájaro Speed y su banda de corazones maleantes, una novela donde sin duda Chaparro lleva al extremo sus intenciones literarias y una vez más lo hace con la muerte en la garganta, como afirma Claudia: “En El pájaro Speed el tema es más bien cómo uno engaña a la soledad teniendo amigos que se fusionan contigo hasta el punto de volverse uno mismo. Esa quizás es la forma más efectiva de distraerse de la mortalidad”.

Speed y sus amigos caminan por aceras rotas, amanecen en parques de barrio con el pasto crecido y una fina lluvia de viernes, roban whisky de los supermercados, pasan varias noches en una estación de policía, duermen en casa de Crazy Mamma, que sonríe y parece decir “hey, muchacho toma las cosas con calma; hey, muchacho cuando vayas a matar a alguien, mátalo con calma; cuando vayas a amar a alguien, ámalo con calma, coge a esa mujer y arrúllala en tus brazos y hazla sentir como una niña pequeña, mete tus manos en su corazón y calma el agua turbia de su sangre”, deambulan por bares, cines y putiaderos, por la avenida Tolstoi, por el Love Round, donde conocen a Nancy Diamantes, “se escurrían bajo el pavimento mojado y sus sombras se proyectaban en las vitrinas y se sentían inmortales, no había duda. Estaban en la Surfin Chapinero. La noche apenas comenzaba. Tal vez los esperaba un botellazo en la cabeza. Tal vez los aguardaban unas pistolas ardientes. Tal vez en el final de la Surfin Chapinero, bajo las luces amarillas y violetas, bajo los avisos luminosos de las licoreras y de los locales de streaptease, los esperaba alguien que les diría oigan Brothers arrímense por aquí, destapen una botella flip flap hablemos de que me gusta tu forma de hablar, tu forma de caminar, tu forma de escupir y luego cuando la botella se haya acabado cada uno se va por un lado, ustedes por la calle 60, nosotros por allí, y nos vamos cada uno a esperar el amanecer, a esperar que los rayos del sol calienten nuestros huesitos fríos y mugrientos, en fin a que el sol queme nuestras borracheras, nuestros pulmones llenos de humo, lluvia y malos sueños. Mierda flip flap”.

Las calles tiznadas de Bogotá y sus busetas, su tedio, Profamilia de la 34, las pandillas de finales de los años ochenta, sus travestis empapados por la lluvia, un país con dos canales de televisión, algo de Corazón salvaje de David Lynch en el parque Nacional, en el de Lourdes, o Rebelde sin causa en los antros de Chapinero, James Morrison en el cementerio Central, palabras como charcos, un subidón de heroína, todo está presente en El pájaro Speed y su banda de corazones maleantes pero más allá sobrevuela la certeza de la muerte en una ciudad donde es mejor tener amigos.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.