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Una voz original

María Alexandra Cabrera reseña "Bogotá con mar", de Manuel Kalmanovitz. Asocio Matera Libros y El Peregrino Editores.

2012/04/18

Por María Alexandra Cabrera

Bogotá con mar sorprende por su estilo desprendido y honesto, por la autenticidad de su estructura, por su resistencia a ser encasillado dentro de un género. Y tal vez ahí radique su secreto, en su capacidad para atrapar sin saber exactamente qué tipo de libro se está leyendo, en esa libertad con que está escrita cada historia, en la desenvoltura de sus ilustraciones: esos dibujos y collages apenas esbozados que surgen de trazos y recortes fluidos, rápidos, intuidos.

El libro fue escrito entre el 2005 y el 2006 durante una estancia del autor en Nueva York, una ciudad que Kalmanovitz define como una “cueva gigante” que le permitió desarrollar este proyecto, pensado en principio como una especie de publicación familiar. Allí, lejos de casa, imaginó cómo sería Bogotá con mar, cómo cambiaría la geografía y la vida de la gente. Así que cada día se propuso escribir un relato, una reflexión, una charla, un cuento. Todos cortos y precisos; algunos surrealistas, graciosos, pesimistas.

Kalmanovitz presenta historias y personajes que jamás se conectan. Están los cachacos que usan bata de farmaceuta mientras juegan dominó en la playa, los tripulantes del barco El Champán —un relato dividido en trece partes y tal vez uno de los mejores—, un grupo de niños que vive en el catastro, la señora que no puede asistir al trabajo sin sus micos, el Elvis llanero... También están los hombres y mujeres que conocemos por lo que nos develan sus sueños. Imágenes que se confunden con la realidad y que reflejan las consecuencias psicológicas de haber perdido la montaña y ganado el mar.

Los mundos de Bogotá con mar transcurren sin regularidad, sin una línea narrativa específica. Además del contexto que comparten, lo único que tienen en común es su extensión —no pasan de una página— y las diversas ilustraciones que los acompañan. Un libro para leer en una tarde o para disfrutar sin afanes, para recordar el placer de leer sin tener que encontrar conexiones, sin seguir una cronología. Leer para imaginarse otros mundos, en este caso una caótica Bogotá con mar.

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