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Venganza

Margarita Posada reseña "El vino de la soledad" de Irène Némirovsky. Editorial Salamandra.

2012/04/18

Por Margarita Posada.

Los niños nos vigilan.Ven todo con tal claridad y lo describen cruelmente, como cuando preguntan en voz alta por qué alguien tiene una malformación. No son tan inocentes como los adultos quisiéramos creer ni tan ingenuos como para no entender el trasfondo de las conversaciones adultas. Y hay que decir que las personas, antes que ser viejas o jóvenes, son personas. Cada niño tiene un carácter particular y siente aversiones y amores de la misma forma apasionada en la que lo hace un adulto.

Quizás por eso la pluma de Irène Némirovsky conmueve tanto. Tiene la habilidad y el cuidado de no subestimar la voz de una niña, que en el fondo es ella misma cuando tenía diez años. La niña es Elena Karol y vive con sus padres, su abuela y su niñera, la señora Rose. Sin necesidad de muchos detalles, vemos la relación que se resquebraja entre su madre y su padre. Él se va a Rusia a trabajar para complacer a su esposa arribista, mientras que Elena se queda en Ucrania con su mamá. La odia con odio jarocho. Le parece frívola y antipática, la padece. La única persona a la que Elena quiere es a la señora Rose.

El vino de la soledad es una suerte de Carta al padre de Kafka, pero a la madre. Aunque no esté dirigida a ella, es una confesión igualmente descarnada. Pareciera que en este núcleo familiar no pasa mucho de extraordinario, y sin embargo está pasando la vida misma. En el entretanto, la revolución bolchevique hace que Elena sea separada de su niñera y, luego, que la familia deba refugiarse en París.

Elena reconcentra su odio cuando descubre que su madre es amante de su primo. Pero el nudo de esta novela no radica en ese hecho, sino en todo lo que está entre líneas, subrepticio, como velado y narrado con una crudeza muy aguda, comparable a la de Paloma, el personaje de La elegancia del erizo, de Muriel Barbery.

A la voz de aquella niña que en El baile, otra obra memorable de Némirovsky, quiere humillar a su madre, se suma la voz de una adolescente que decide rivalizar con quien la trajo a este mundo y seducir a su amante. Paradójicamente, el personaje de Elena se refiere a su abuela con una frase que define el tono de Némirovsky como autora: “Parecía presa de una tristeza profética como si, más que llorar el pasado, temiera el porvenir”.

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