El quinteto de metales Gomalan, mundialmente reconocido por su puesta en escena.

El blog del festival: Mandolina y acordeón

Ya de noche la música y los espectadores acudimos a la cita con altura. Desde el imponente cerro de la Popa, en el convento construido en 1611 se escucharon nuevamente las trompetas, el corno, la tuba y el trombón del quinteto de metales Gomalan.

2015/01/09

Por Daniel Correa


Desde un hermoso patio cubierto de rosadas enredaderas colgando de simétricos balcones escuchamos piezas de Verdi y Gabrielli, entre otros. El quinteto sonó limpio y balanceado, se ve que disfrutan de las piezas que tocan y de tocar juntos. La gente lo disfrutó, aunque pareció algo corto. En el intermedio no hubo dónde conseguir nada de beber y los asistentes empezamos a impacientar mientras terminaban de afinar el clavicordio.

Con todo en su lugar empezó la segunda parte con el israelí Avi Avital y su mandolina al mando de la sección de cuerdas de la orquesta de cámara Mahler. Con conciertos escritos para mandolina y laúd escuchamos y percibimos el perfume de una época barroca con la mandolina como instrumento predominante y que, por sus características de construcción, posee un timbre y un color cálido y alegre sin perder cierta mística que aquí en el sur del continente se puede disfrutar en parientes como la bandola y el charango. Para cerrar la noche el escenario dio la bienvenida al picolo, el fagot y el oboe con el bellísimo Concierto para Pícolo y cuerdas, RV 443, de Vivaldi.

Pasajes llenos de contrapunto y secciones melódicas más sosegadas hicieron que disfrutaramos del virtuosismo de Paco Varach en la flauta y el Picolo, y de una obra entretenida y profunda que dejó a los asistentes un buen sabor de boca, aunque algunos quedamos esperando ese algo más de eso que los gitanos llaman “duende”.

Con algo de ese “duende” comenzó su presentación a última hora el italiano Enrico Piranunzi enmarcado por la preciosa iglesia de San Pedro bajo un mandala arquitectónico y una plaza a reventar.

Desde las primeras notas y cadencias se sintió que este era un concierto de piano de un jazzista. Con un sonido claramente distante de los pianistas netamente clásicos Pieranuzi deleitó al público con una gran variedad de sonoridades sin perder la compostura y etiqueta del espectáculo de música “culta” en un recital que duró poco más de quince minutos.

Instantes más tarde el sentimiento brasilero se adueñó de la plaza a manos del acordeonista brasileño Toninho Ferragutti quien con un Forro para quinteto de cuerdas y acordeón abrió su faena y con la gente celebrando por partida doble con las reminiscencias de un tango que incluyó un solo lleno de expresividad y sentimiento popular que dejó ver su extraordinario manejo del lenguaje popular y universal de la música.


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