González Rodríguez nació en 1950 en Ciudad de México.

Defender lo contrario

Periodista cultural, crítico literario, cronista de un México sobre el que advertía, hace más de una década, que iba a empeorar, el autor de libros como 'Huesos en el desierto' y 'El hombre sin cabeza' ha sido además personaje de 2666, de Bolaño, y es, sin duda, una autoridad para entender la convulsa realidad mexicana.

2015/01/22

Por Antonio Ortuño* Guadalajara


Sergio González Rodríguez (Ciudad de México, 1950) escribe sobre lo que conoce. Quizá nadie, en las letras, el periodismo o la Academia en México haya abordado con tan inquietante claridad la violencia que somete al país como él, que es un sobreviviente.

El 15 de junio de 1999, en vísperas de que se publicara uno de sus reportajes sobre los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, Chihuahua (que más tarde, reescritos y ampliados, dieron forma al libro Huesos en el desierto, publicado en 2002), González Rodríguez fue asaltado y apaleado en un taxi en la Ciudad de México. La investigación oficial no condujo a nada pero las secuelas del atentado fueron arrolladoras. Primero, el 11 de agosto de aquel año, el autor sufrió un derrame cerebral a consecuencia de los golpes recibidos, que derivó en una cirugía y debió ser seguido por un largo y tormentoso periodo de recuperación. Más tarde, se abatió sobre él un operativo de vigilancia y persecución protagonizado por oscuros sujetos de aspecto militar o policial. Varias veces fue advertido de que alguien “muy importante” lo había “puesto”. Es decir, que era un tiro al blanco humano. Se lo recalcaron los tipos que, el 8 de diciembre, volvieron a asaltarlo.

Sus trabajos sobre el secuestro y homicidio impune de mujeres en el norte del país seguían siendo publicados en el diario Reforma, pero el cerco se apretaba: periodistas y fuentes relacionadas con las indagaciones comenzaron a ser suprimidos de forma violenta, tanto en la capital del país como en Chihuahua. Los teléfonos y el correo personales de González Rodríguez mostraron comportamientos anómalos. Al final otro tipo, que se identificó como empleado de la Secretaría de Gobernación (oficina encargada de la política interna), se le presentó en un restaurante en Veracruz y, sonriente, le dijo: “Vine a checar que te portaras bien ¿eh? Pórtate bien…”.

En Huesos en el desierto quedaba claro que la sangre en Juárez no corría azarosamente, sino que en su derramamiento había culpables con nombre, intereses y complicidades. “El país alberga ya un gran osario infame, que fosforece bajo la complacencia de las autoridades”, dictaminaba el libro.

Casi un decenio antes de que la violencia mexicana ocupara los titulares periodísticos del mundo entero, un investigador había dado la alerta de los horrores por venir.

II

Justo por Huesos en el desierto entrevisté a González Rodríguez por allá en el año 2004, durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL). La cita con su editorial había sido concertada a las ocho de la noche en el lobby de un hotel alejado del recinto principal de la FIL. Me presenté allí, unos cinco minutos antes de la hora, acompañado por una fotógrafa y dos hojitas de papel atiborradas con decenas de preguntas. Nos instalamos en el bar. La fotógrafa comenzó a montar su equipo. Yo me pedí una cerveza.

Me habían dicho que el talante de González Rodríguez, a quien solo había tratado superficialmente en el pasado, se había vuelto, tras los ataques en su contra, receloso y cortante, con ribetes de paranoia. Alguien me refirió, con una sonrisa, que se lo había encontrado por la calle, en plena Ciudad de México, y que al saludarlo repentinamente notó que brincaba diez centímetros por los aires y sus ojos se desorbitaban. Un detalle muy mexicano: los síntomas del estrés postraumático presentados como conducta “ocurrente”.

Diez minutos después de la hora señalada apareció en el hotel. Bajó de un taxi y, a la carrera, cruzó el lobby en el intento de llegar a la entrevista lo más temprano posible. Su precipitación por cumplir y la abundancia de la cera para pisos recién aplicada (yo intentaba advertirle de ello, levantando las manos en señal de contención) provocó que patinara y terminara por resbalar y aterrizar, dolorosamente, a los pies de un piano. Se dio un golpe en la cabeza que todavía me provoca escalofríos recordar. Yo, que venía de varias jornadas de charlar con escritores que no se aparecían a la hora pactada o cortaban la entrevista a la menor contrariedad, estaba directamente aterrado. Me imaginaba, de vuelta en mi redacción, explicándole a la editora que nuestra fuente principal del día se había roto la cabeza y no teníamos nota.

Pero González Rodríguez se puso en pie, se sacudió los pantalones y, mientras sostenía una servilleta sobre la abierta en su frente y recobraba el aliento sentado en el sillín del piano, nos dio a la fotógrafa y a mí una de las charlas más lúcidas y tenebrosas sobre el pasado, el presente y el futuro mexicanos que he oído.

Lo recuerdo con los párpados entornados bajo los lentes y una voz espesa, de profesor, que sentenció: “Esto va a empeorar cada vez más”.

III

Y empeoró.

Sin embargo, no es suficiente reducir a González Rodríguez a la dimensión de escrutador de la realidad mexicana y los tentáculos del crimen organizado en el mundo contemporáneo (y del belicoso control sobre la vida privada, basado en el espionaje tecnológico, con que el poder institucional dice combatirlo), por más que el ya citado Huesos en el desierto o los no menos iluminadores El hombre sin cabeza y Campo de guerra (por el que obtuvo el premio Anagrama de ensayo de 2014) lo hayan establecido así.

Antes y después de convertirse en el profeta y exégeta del apocalipsis mexicano, González Rodríguez ha sido otras cosas: bajista de un grupo de rock, periodista cultural, fotógrafo, narrador y ensayista, explorador de los bajos fondos y encendido polemista.

Hay que reconocerlo bajo ropajes diversos y, acaso, paradójicos. Como, por ejemplo, el del bajista del grupo Enigma, que a mediados de los años setenta incursionaba en una suerte de versión mexicana del heavy metal progresivo, un poco en la estela de Led Zeppelin. Los integrantes de la banda utilizaban como distintivos sus signos del zodiaco y al escritor le correspondió ser conocido con el seudónimo de “Sergio Acuario”. Aun puede toparse uno en Youtube alguna de sus presentaciones: resulta curioso mirarlo sacudir la melena al ritmo del headbanging.

También se le puede encontrar como personaje en dos de las novelas más releídas y visitadas del castellano contemporáneo: en 2666, del chileno Roberto Bolaño, y en Negra espalda del tiempo, del español Javier Marías. En ambas, desde distintos frentes, se destaca su carácter inquisitivo y es revestido con los arreos de un detective de libros… pero también de crímenes. (“Normalmente no hubiese aceptado el encargo, pues él no era un periodista de crónica policial sino de las páginas de cultura. Hacía reseñas de libros de filosofía, que por otra parte nadie leía, ni los libros ni sus reseñas”, escribió con sarcasmo Bolaño, quien lo consultó una y otra vez sobre la trama y detalles de la novela que escribía, en donde los crímenes de Ciudad Juárez son narrados como si sucedieran en la imaginaria localidad de Santa Teresa.)

Y tampoco se puede omitir al González Rodríguez polemista, que en su faceta de crítico ha arremetido contra obras de autores principales de las letras mexicanas que lo han decepcionado en un momento u otro: Carlos Fuentes, José Agustín, Enrique Serna, Mario Bellatín, Augusto Monterroso, Roger Bartra, Jorge Volpi, por echar a la mesa los nombres de figuras centrales en las letras y el pensamiento mexicanos que se han visto cuestionadas por su pluma. A veces con la severidad de un estudioso; otras, directamente con la sorna de un incrédulo.

Nadie, en el mundo de las letras, suele tomar a la ligera una crítica ruda. Agustín, Serna o Volpi contraatacaron mofándose de su detractor en algunas de sus narraciones. Monterroso, incluso, llegó a vaticinar para su insolente fustigador el más rotundo olvido.

Se equivocó.

IV

Soy narrador y he publicado algunos libros. En cierta ocasión, hace unos cuatro o cinco años, presenté una novela en la Feria del Libro del Palacio de Minería, en la Ciudad de México. Entre los asistentes, que no pasarían de un par de docenas, se encontraban autores bastante conocidos: Juan Villoro, Agustín Fernández-Mallo, Guadalupe Nettel y Sergio González Rodríguez. La verdad es que no se acercaron allí porque mi fama hubiera dado un subidón espontáneo sino porque estaban invitados a cenar con mi editor apenas terminara el acto (yo, huelga decir, no participé de aquel convite y terminé emborrachándome con mis presentadores, como suele ocurrir en esos casos).

Luego de los discursos, la firma de ejemplares y los consabidos aplausos, coincidí en un pasillo con González Rodríguez quien, sorprendentemente para mí, se había leído ya la novelita y tuvo a bien hacerme algunos comentarios, entre irónicos y alentadores. No es un caso extraordinario, el mío. Decenas de escritores jóvenes en México han tenido encuentros como aquel.

Año con año, primero en el suplemento El Ángel, del que fue editor, y ahora en la revista R, ambos del periódico Reforma, González Rodríguez publica una lista de los que considera los mejores (y peores) libros del año. Y en esas listas, siempre controversiales y a menudo duramente atacadas por colegas que no estiman jueguitos como ese, han desfilado decenas de títulos, muchos de ellos de la mano de jóvenes publicados por sellos independientes o sellos públicos diminutos de universidades, secretarías y hasta casas de cultura estatales y municipales. Esa generosidad (los perjudicados, me temo, no la verán como tal) ha representado un importante espaldarazo para varios de los autores nóveles que han ido cambiando el panorama de la literatura nacional.

V

Cosa curiosa: en un medio que se caracteriza por producir epígonos a puños (escritores como Guillermo Fadanelli o Jorge Volpi, entre otros, cuentan con legiones de fans que tratan de mimetizar los rasgos más notorios de su prosa en sus propias creaciones) no hay un solo “gonzalezrodriguesito”.

Me parece que no tanto porque el autor sea inimitable (la originalidad es un asunto tan relativo que no vale la pena reflexionar sobre él), sino porque la vastedad de sus intereses, la vehemencia escrutadora de su temperamento y el riesgo personal que ha conllevado para él esa voluntad de indagar lo público y privado, los límites del arte y la podredumbre del poder, lo han convertido en una excepción.

“La pregunta circular en estos años ha sido: ‘¿Qué le pasa a González Rodríguez?’”, se burló él, en un texto publicado en la revista Fractal1. Y aventuró allí mismo, como respuesta, una reivindicación del derecho a sostener una postura antagónica “mientras los demás, hipócritas, defienden lo contrario”.

Esa línea lo pinta de cuerpo entero.

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