Alonso Cueto nació en Lima, en 1954.

El duro deseo de durar

El ganador del Premio Herralde con La hora azul ha partido en sus novelas de amores contrariados y relaciones complejas para hablar de la vida de su país: relaciones entre víctimas y victimarios en los días de Sendero Luminoso; entre amigas de la burguesía limeña o entre personas de diferentes clases sociales conforman su potente universo.

2015/01/22

Por Claudia Rodríguez R.* Bogotá

Dos historias de amor originarias del Cusco le cuenta un amante a su amada en la novela Cuerpos secretos, del peruano Alonso Cueto: una, la del joven campesino que, enamorado de la hija del dios de la montaña y con la ayuda de un cóndor, emprende su búsqueda en las alturas a condición, eso sí, de ofrecer sus muslos como alimento al ave cuando en el viaje la provisión de carne se termine. El trato es irreversible y llegado el momento el joven no podrá lamentarse porque “así es el camino al cielo” y así lo acepta él. En su versión tradicional el cuento termina mal, pero como siempre es posible barajar otros finales, se dice que tal vez el muchacho permanece preso en la montaña, que ella muere impactada al ver su cuerpo mutilado o que ella sencillamente no existió. Que viven felices en el cielo y bajan a la tierra es el cierre que aventura con la osadía de su ilusión el amante que aquí narra.

La otra historia es la de una joven cautivada por el amor de una serpiente a la que se entrega, desatando la furia y el temor de sus padres. Mientras soporta el castigo del encierro, la muchacha recibe a la serpiente en su habitación y cuando ya puede salir, cobija al animal bajo sus ropas. Sin embargo, al engendrar un puñado de pequeñas serpientes que arrasan con su pueblo, ella debe ver cómo los campesinos las matan y cortan la cabeza del padre serpiente. Con el tiempo la joven se casa con un buen hombre y tiene tres hijos, purificándose así de aquel “amor perverso”. De nuevo en este caso el amante que cuenta prefiere otro final: la muchacha nunca amaría a alguien como a la serpiente y, gratificada, recordaría los tiempos en que la ocultaba bajo su camisa. Con esta felicidad clandestina y sin arrepentimiento viviría hasta su muerte.

¿Quién puede ser el chico del primer relato? ¿Quién la joven del segundo? Cualquiera de los enamorados inventados por Cueto y muchos de sus lectores que terminan por recordar con ellos cuánto de automutilación y autorreconocimento hay en la experiencia amorosa. Alegría, culpa, placer, vergüenza, miedo, dolor y arrojo, como signos del destino que cerca a los amantes, trazan el hilo tenso que sostiene y desgarra en gran medida el universo de los afectos en su obra.

En Cuerpos secretos, publicada en 2012, Lourdes –40 años, clase alta, casada– y Renzo –25, oriundo del Cusco, soltero– se lían en una pasión que los pierde entre rituales de hotel, silencios, quimeras y revelaciones tristes hasta toparse con los celos de la noviecita de él y con el crimen del esposo de ella, con las fugas, las amenazas e incertidumbres. Aquí la proporción de la pasión aumenta en sintonía con la de la tortura y se legitima como desagravio por los sufrimientos vividos por cada uno en el pasado, por las soledades del presente. En cada paso los amantes constatan cómo “el lazo del horror forma una cadena más profunda que todas las que la ternura, los buenos deseos, el afecto podían haber creado… (cómo) el mal, y no el bien compartido, crea los lazos más fuertes”. ¿Cuánto durará ese amor?, depende de su obstinación.

En el mismo sentido Adrián y Miriam, los protagonistas de La hora azul (2005), ven cómo el afecto despunta, incomprensible, en los encuentros que él, desesperado, propicia para descubrir con ella los pormenores de una tragedia que atraviesa a los dos. Y es que Adrián, el abogado de familia acomodada, es el hijo de aquel comandante de marina que en los tiempos de Sendero Luminoso dirigió un contingente en la región de Ayacucho, de donde proviene Miriam, mientras torturaba prisioneros y violaba jovencitas raptadas por sus hombres en los campos. Al ritmo de las verdades que brotan y de los delicados tratos de su piel, juntos redimen el oprobio del padre; así Adrián se abre a una experiencia de sí mismo que precipita su divorcio y le confirma que frente a la resignación en que mutan la vida de pareja y la familia nadie es mejor que la soledad, esa “jaula dentro de la cual tenemos que caminar como un animal manso y feroz, topándonos siempre con nuestro espejo”.

Desagravio, redención y resistencia reaparecen en los amores de La venganza del silencio, una novela sobre el poder de una familia limeña de banqueros que tras la cohesión del apellido, el dinero y la moral disimula el prontuario de mentiras, murmuraciones y mezquindades propias de todas las familias “de bien”…. y de las no tan(m) bien. Esta vez Adolfo y Lorena son los amantes que impugnan con su entrega las desventajas de clase, etnia, edad, y las heridas de sus historias personales: sexagenario, él es el esposo de Adriana la presidenta del banco; en la veintena, ella es una chica negra hija del conductor de la casa. De llevar una relación imperceptible y alegre, de repente y como ofrenda sacrificial de la ambición familiar, pasan al señalamiento y la desgracia que lleva a la muerte. Quién y por qué perpetra el asesinato será el enigma que el sobrino Antonio destapará con revelaciones perturbadoras sobre el mismo amor rebelde que un día vivieron Adriana y Adolfo, sobre la muerte de sus padres y sobre los resentimientos y componendas de sus demás parientes.

Como un caleidoscopio, cada novela refleja el tránsito que configura todo amor. En los primeros encuentros pasión y ternura catalizan viejas heridas y esperanzas; con el tiempo los amantes, provenientes de mundos opuestos, pagan su tributo de amor por obra del miedo y la culpa hasta tropezar con nuevas heridas y certidumbres… y vuelta a empezar. Paradoja del amor al que Jung presenta como “una de las grandes potencias del destino que se extiende desde el cielo hasta el infierno”.

Territorio para la transacción de necesidades en las tramas de Cueto, como en las grandes tragedias, el amor prospera o se desmorona al amparo de la búsqueda o la resignificación de una verdad que cada uno de los enamorados oculta, presiente o descubre. Gracias a la relación con Renzo, Lourdes libera el dolor por el suicidio de su padre a quien le reprocha por no haberla llevado al hotel para matarla antes de dispararse –¡la niña que fue había deseado tanto morir con él!–. Renzo, por su parte, desnuda su terror cuando le habla del abuso del que fue víctima a sus ocho años allá en su pueblo. De Adrián, Cueto ha dicho que es como una suerte de Adán expulsado de su “paraíso social” después de escuchar los testimonios de Miriam; ella, por el contrario, recuerda para olvidar y liberarse del drama.

Las relaciones de afecto, de por sí inquietantes, resultan aún más extrañas en virtud de los misterios que cada sujeto, familia y sociedad conlleva. En ellas los implicados delatan, sin proponérselo, la diversidad de rostros, toda gracia y don de gentes, toda obsesión y deformidad que los constituyen. En El susurro de la mujer ballena, novela finalista del Premio Planeta Casa-América en 2007, Alonso Cueto rastrea los entresijos de la amistad entre Verónica y Rebeca para llegar al mapa de recuerdos, humillación y traición que las atraviesa desde su adolescencia en el colegio. Cuando después de un largo tiempo Rebeca, con su gordura descomunal y las oscilaciones de su actitud, irrumpe en la vida organizada de Verónica las dos reconocen poco a poco cómo las dinámicas de víctima y victimaria se trasponen y qué tanto les han calado cobardía y olvido alrededor de ese secreto que en el reencuentro ya deben tramitar.

En términos de la experiencia emocional, el amor es una expansión placentera de los propios límites que, una vez que comienza y se acrecienta, alienta los sueños de perduración. Como lo expone Alain Badiou, “hay que entender que el amor inventa una manera diferente de durar en la vida. Que la existencia de cada uno, en la prueba del amor, se confunde con una temporalidad nueva… para hablar como el poeta, el amor es también el duro deseo de durar. Pero, más todavía, es el deseo de una duración desconocida. Porque, como todo el mundo sabe, el amor es una reinvención de la vida. Y reinventar el amor es reinventar esta reinvención”. Será por esto que Renzo imagina otros finales para esas historias del Cusco con las que cobija a Lourdes y apacigua las zozobras compartidas. La misma ilusión que llevará a Milos, el eterno pretendiente de Lourdes, a aceptar el acuerdo perverso que ella le plantea, porque solo así él tendrá un instante de amor correspondido y podrá, con su inmolación, demostrarle el calibre de su amor.

Por medio de este paisaje de amores contrariados a la vieja usanza, Alonso Cueto complejiza el realismo propio de su obra; recreados en el contexto de las desigualdades sociales y étnicas de una Lima que bien puede ser cualquiera de las demás ciudades azarosas y adversas de América Latina, con ellos también busca desrealizar las lógicas de la segregación donde se cultivan las violencias individuales y colectivas que perpetúan la indiferencia y los juegos de poder.

 

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