Brian Eno nació en Suffolk, Inglaterra, en 1948.

El hombre que quería ser normal

Desde los años setenta, con su aparición en Roxy Music, el inventor del ambient y de tantas otras técnicas y sonidos que transformaron la música del siglo XX y XXI, se ha mantenido discreto a pesar de que sus aportes no solo han contribuido a formar grupos como Devo, U2, Genesis o Talking Heads. Historia de un genio silencioso que habla con sonidos.

2015/01/23

Por Gabriela Bustelo


Los noventa culminaban, la Guerra Fría iba languideciendo, el Muro de Berlín estaba recién derribado y fui enviada por la Warner a Londres, donde me tocó visitar a Brian Eno en su luminoso flat de la capital británica. Cuando el genio abrió la puerta estaba pasando la aspiradora por el salón, cosa que siguió haciendo durante varios minutos, pues dijo estarla usando no para limpiar la casa, sino para componer música. Sabido es que Eno ha empleado una estrambótica variedad de técnicas y artilugios para componer, incluyendo neveras, batidoras y despertadores, desde aquel día ya lejano en que Pete Townshend (guitarrista de The Who) le contó que se podía hacer música con una grabadora. Pero de hecho su llegada a la música fue, como él mismo cuenta, una afortunada carambola. En el metro de Londres conoció a un músico que le convenció para entrar en una banda. “A ese hecho fortuito le debo mi carrera musical. Si hubiera caminado diez metros más por el andén, o hubiera perdido ese tren, entonces es casi seguro que hoy sería un profesor de arte”. Efectivamente, aquel encontronazo en el metro fue nada menos que con Andy Mackay, saxofonista de un grupo que ya empezaba a despuntar en su país: Roxy Music, al mando de Bryan Ferry, con quien Eno nunca se llevó bien, pero que le enseñó sus primeros rudimentos en el mundo de la música pop.

Cuarenta años después de aquel golpe de suerte, Brian Eno es lo que tal vez siempre quiso ser: un artista de culto, pero con los medios suficientes para poder vivir exactamente como él quiere. En opinión de muchos fue él quien llevó a la fama al grupo Roxy Music, cosa que jamás ha reclamado, como no lo ha hecho tampoco con David Bowie, Genesis, U2, Talking Heads, Devo, Laurie Anderson, Paul Simon, Grace Jones, David Byrne o, más recientemente, Coldplay. Estos son solo algunos de los artistas con quienes Eno ha colaborado en la composición o producción de sus discos

No ha tenido las cosas del todo fáciles, pues su padre era un cartero que trabajaba muchas horas extras para poder mantener a la familia. El empeño en llevar una vida mejor le hizo jurarse a sí mismo que jamás tendría un trabajo convencional. Y cumplió con creces. Hoy el profesor Eno, como lo llaman algunos con cariño, no es solo una de las figuras más influyentes de nuestro tiempo, sino uno de los artistas más representativos del siglo XX. Ingenioso, vanguardista, escurridizo, nunca del todo comprendido, Eno ha logrado eso que solo consiguen los verdaderos genios: recibir tanto el aclamo popular como el aprecio los sectores más doctos, debido a su talento único para mezclar la pura emoción musical con la sofisticación intelectual.

En la era de la imagen, el hecho de que la música sea incorpórea la sitúa en un plano distinto de las demás creaciones artísticas. La música podría considerarse la menos conceptual de las artes, pues al no ser visual ni verbal, está incapacitada para generar las comparaciones, metáforas y simbolismos consustanciales a cualquier otra obra de arte. Brian Eno, lo explica así: “No creo que nadie oiga música con la esperanza de hallarse ante algo parecido a una pintura de un paisaje. Incluso la ópera, que contiene un potente elemento narrativo, no depende del texto para producir su impacto. Por eso la gente que no logra entender la pintura abstracta disfruta mucho oyendo música, que es un arte mucho más abstracto.”

Esta búsqueda del relato explica el modo en que Eno define su gran aportación creativa: la música ambient o ambiental. “A comienzos de los años setenta, unos amigos y yo empezamos a intercambiar casetes que habíamos ido grabando de nuestras colecciones de discos, largas secuencias de música monoambiental que pretendían crear y mantener una sensación durante cierto tiempo. La música siempre ha dado por hecho que nadie quiere pasar más de cuatro minutos con el mismo estado de ánimo. Por eso los discos suelen tener un tema rápido y después una balada y luego algo bailable. Con la música clásica sucede algo similar: el allegro, el andante y el largo”. Indudablemente, antes de existir la grabación, la música era una forma artística efímera, cuyos oyentes buscaban una emoción puntual, experimentada en directo. Pero todo cambió radicalmente al irse perfeccionando las técnicas de reproducción acústica, primero en forma analógica (el ya obsoleto vinilo) y después en sistema digital (cuyo formato inicial fue el cedé). “Cuando la música dejó de relacionarse con un lugar y un momento concreto pudimos empezar a considerarla una parte de nuestro mobiliario”, explica Eno. “Muchos compositores tardaron en aceptar esta idea, convencidos de que quitaba importancia a la música como forma artística. En mi opinión, lo que hace es ampliar las posibilidades. El término ambient se me ocurrió para definir un tipo de música que quería fomentar un modo distinto de escuchar”.

En cuanto a la ansiada inspiración, Brian Eno parece manejar con soltura ese problema creativo. Si no lo soluciona con el aislamiento tradicional, acude a técnicas prestadas del psicoanálisis freudiano, como hacían los surrealistas partidarios del automatismo, para hacer aflorar desde las profundidades del subconsciente unas ideas a su juicio más poderosas y auténticas que las inspiradas por la realidad cotidiana. “He tenido mucha suerte con los sueños. A menudo me he despertado en mitad de la noche con una frase o incluso una canción entera en la cabeza. Pero hay que valorar la calidad, porque tener línea directa con el subconsciente solo sirve si lo que viene de allí resulta interesante. Aunque es emocionante recibir como regalo inesperado una gran cantidad de material artístico, así de golpe”.

Con algo semejante al asombro de un primerizo, el veterano músico explica que acabó, casi como por arte de magia, especializado en lo que él llama las tecnologías de la manipulación musical. Pero al describir estos experimentos, sus mejores metáforas proceden del mundo de la pintura, la disciplina artística que a él realmente le interesaba en sus años de juventud. Eno cuenta que al escuchar el trabajo de productores como Phil Spector y George Martin se dio cuenta de que estaban haciendo con la música algo que se podría describir como pintura sonora. “Como yo había estudiado historia del arte, aquello me entusiasmó. Estaban haciendo música como se hace un cuadro: sumando y restando, manipulando colores, trabajando durante un período prolongado de tiempo, en lugar acabar en una sola sesión. Al separarlo de la actuación en directo, el sonido grabado se convirtió en un material maleable, como la pintura o la arcilla. Y los resultados de este proceso anunciaban un tipo de música menos lineal y más profunda. Daba la sensación de que podías entrar en ella como se entra en una casa”.

Como hemos dicho, el elenco de artistas con los que Brian Eno que ha colaborado es impresionante, pero entre sus trabajos individuales destacan Another Green World, y Music for Airports, un hito en su carrera profesional y hoy un clásico de la música ambiental. Con esa capacidad para la contradicción que parece definirle, Eno explica que en ese álbum se propuso hacer música ante la cual el oyente pudiera optar por escucharla o por prescindir de ella. Entre sus colaboraciones creativas destaca My Life in the Bush of Ghosts con el genial David Byrne, un álbum puntero en la historia del sampling, es decir, la ingeniería musical básica en la música electrónica actual. Aparte de ser considerado casi unánimemente el inventor de la música ambiental, Eno ha participado en actividades muy diversas: el diseño; la pintura; la creación audiovisual; las instalaciones de vídeo; la producción, colaboración y composición musical; y, curiosamente, la creación de fragancias. En todas ellas ha tenido éxito. En mayo de 2014 el músico ha vuelto a colaborar con su viejo amigo Andy Mackay –quien lo metió en el mundo de la música hace cuatro décadas– en el álbum Someday World, junto a Karl Hyde de Underworld y Will Champion de Coldplay. Meses después veía la luz High Life, también en compañía de este primero.

Escudado tras una presencia intermitente pero atenta, Eno lleva décadas propiciando tanto la jubilación de los convencionalismos musicales como el nacimiento de las nuevas tendencias rompedoras, sin los correspondientes reproches ni glorificaciones. “No soy fan de nadie”, asegura. “Nunca he pensado que hacer buena música garantice ser una buena persona. A menudo suele ser lo contrario”. Su larga experiencia en un campo profesional donde abundan las superestrellas le ha hecho aborrecer la obsesión con la fama y el empleo de la música como vehículo para la presentación de la personalidad del intérprete. Pese a que buena parte de la poesía del siglo XX está contenida en la música pop, Eno dejó de hacer composiciones vocales al hartarse de “la identificación que siempre hacen los oyentes entre la letra y el artista, como si cantar fuera una especie de extensión de la identidad”.

Su interés por las tecnologías musicales y los sistemas artísticos le llevó a popularizar el generador de música algorítmica Koan y a desarrollar con Peter Schmidt la plataforma de “Estrategias Oblicuas”, una intervención aleatoria en el proceso artístico. Su música la escuchan, sin saberlo, millones de personas todos los días, pues compuso la secuencia inicial del software operativo Microsoft Windows. También es uno de los fundadores de la Long Now Foundation, cuyo objetivo es educar al público para pensar de un modo más pausado y analítico. Lleva años cantando a capella con un grupo de 20 personas entre las que hay varias que no saben nada de música. Mantiene que cantar en grupo no solo es una actividad apasionante, sino que mejora la esperanza de vida, el aspecto físico, el carácter, la capacidad mental, el humor e incluso el atractivo sexual. Pero cuando se le alaba por su hiperactividad, a Eno no parece impresionarle. Es tal vez el único (¿y el último?) antidivo del egocéntrico mundo de la música pop.

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