Binyavanga Wainaina nació en Kenya en 1971.

El improbable redentor

Hace diez años, el escritor keniano lanzó un furioso ataque en contra de la revista Granta por un especial que se publicó sobre África. Ese artículo llamado 'Cómo escribir sobre África' le descubrió al mundo la lucidez de un hombre que ha defendido el derecho a pensar y sentir de una manera distinta a la de los clichés del colonialismo.

2015/01/26

Por Christopher Tibble* Bogotá


"Describa, con detalle, tetas desnudas (jóvenes, viejas, bien conservadas, recién violadas, grandes, pequeñas), genitales mutilados o genitales aumentados. Cualquier tipo de genitales. Y cadáveres. O mejor: cadáveres desnudos, especialmente cadáveres desnudos en descomposición. Recuerde: cualquier cosa que usted escriba en el que la gente parezca inútil y miserable será leída como la “verdadera África”, la que usted lleva en el polvo de su chaqueta. No nos confundamos: usted está tratando de ayudarlos a conseguir la atención de Occidente. Por lo mismo, absténgase de escribir acerca de gente blanca muriendo o sufriendo”.

Binyavanga Wainaina se ríe cuando le pregunto sobre ese artículo, un hito de la literatura africana. Son las 10:00 de la noche en Nairobi, Kenia. Llevo buscándolo un mes y en la bocina del teléfono suenan marimbas. Estoy a punto de colgar cuando contesta. De inmediato lo imagino como sale en televisión: una manta multicolor, gestos histriónicos, ojos desorbitados, lagrimosos, el pelo rosado o verde o amarillo. Oigo que camina, se detiene, mastica. Su voz es una carcajada que aumenta mientras responde: “Cada rato me invitan a Europa, pero no por mis ideas, sino para comprobar que soy un ser humano capaz de decir cosas. Solo voy cuando me pagan cantidades absurdas de dinero”.

“Cómo escribir sobre África”, el artículo en cuestión, lo convirtió, a finales de 2005, en un bastión africano contra la condescendencia occidental. Publicado por la revista británica Granta, es una corta y punzante sátira que enumera los clichés que usan los occidentales a la hora de redactar crónicas sobre el continente. “La ironía es rabia afilada, contenida, traducible”, me dice. Wainaina no tenía pensado publicar el texto. En un comienzo, de hecho, se trató de un correo de nueve páginas que le envió al editor de esa publicación tras leer una edición especial de Granta sobre África. “La vi en un tren en el Reino Unido, donde estaba haciendo una maestría. Quedé pasmado. Era racista y solo contaba con un escritor africano”, explica. El editor le pidió disculpas, le aseguró que en ese entonces no trabajaba allí y decidió publicar fragmentos de su correo. Poco después, la serie de extractos se convirtió en la nota más vista y compartida en la historia de la revista.

La fama no tardó en materializarse: festivales literarios, entrevistas en televisión, correos de estudiantes que, a punto de entregar un texto sobre Congo, Nigeria o Sudán, buscaban su validación. El Fondo Económico Mundial incluso lo nombró en 2007 Líder Joven del Mundo, distinción que Wainaina rechazó argumentando que hubiera sido “un gran acto de fraudulencia aceptar la banal idea de que yo podía impactar los asuntos mundiales de forma significativa”. Hoy, diez años después, el éxito del artículo aún lo persigue. Dice que no le molesta, pero que le causa gracia. En especial porque desde entonces mucha gente lo ha tildado como “la conciencia de África”, rótulo que le parece absurdo.

De todas formas, gracias a su impulsivo desahogo, África se rindió a sus pies. Y no es difícil imaginar por qué. Si bien el continente tiene 54 países, donde se habla el 25 % de las lenguas del mundo y hay más de mil millones de personas, para la mayoría del mundo occidental África es una masa homogénea: miserable, árida, hambrienta, copada de animales salvajes, un inválido necesitado de ayuda. Su artículo cristalizó el sentimiento que ha dominado la región durante los últimos años: que los africanos pueden salir adelante por si solos. “África siempre ha sabido que el cambio debe ser interno. Ya salimos del guayabo colonial. Ahora tenemos carreteras ideológicas y la gente está empezando a correr”, me dice.

Hace un año, en enero de 2014, su nombre volvió a colmar los periódicos y las redes sociales gracias a otro artículo en el que confesó por primera vez su orientación sexual. En el texto, titulado Soy un homosexual, mamá, el autor se imagina revelándole la verdad a su madre, quien está a punto de morir en una clínica. El texto sacudió a Kenia, donde la sodomía es castigada con hasta 14 años de cárcel. Por su valentía, la revista Time lo nombró uno de los 100 personajes más influyentes de 2014.

‘Yo nunca te he arrojado mi corazón, mamá. Nunca me lo pediste’.


Solo mi mente dice. Esto. No mi boca. Pero ¿seguramente el espasmo de mi aliento y de mi corazón, ahí junto al de ella, fue registrado? ¿Me está dejando entrar?


Nadie, nadie, jamás en mi vida ha oído esto. Nunca, mamá. Yo no confié en ti, mamá. Y. Yo. Jalo duro aire y lo encorvo abajo hasta el ombligo, y lo dejo salir lento y firme, limpio y sin tropiezos de mi boca, en alto y claro sobre un hombro, hacia su oído.


Soy un homosexual, mamá.

Es curioso: la casi fortuita relevancia histórica de algunos de sus textos ha puesto en segundo plano su extraordinario talento literario, parecido al estilo impresionista de Virginia Woolf. Y lo ha puesto a él mismo en un plano aun menor. Pues el keniano, más que un salvador llamado a redimir el orgullo de su gente, es un hombre enamorado del lenguaje, un lector incansable que de niño se escondía en el baño del colegio a devorar novelas. Que se fascina con temas como el tiempo, la memoria y la autenticidad.

Algún día escribiré sobre África, sus memorias de 2011, atestiguan esto. La obra, escrita en tiempo presente, lejos de ser un tratado político o una crónica de supervivencia, es el testimonio de un hombre hipersensible que desde una muy temprana edad se refugia en el lenguaje obstinado en entender las palabras. “Desde muy pequeño encontré que todo el mundo confiaba con suma facilidad en el significado de las cosas. Yo nunca pude hacer eso. Dudaba. Me confundían las palabras y lo que podían hacer”, me dice. El resultado del experimento es bellísimo: una prosa fraguada con cuidado, que le tardó seis años en completar, y donde recrea, en los primeros capítulos, el lenguaje de su infancia.

He empezado a leer libros de cuentos. Si las palabras en inglés dispuestas en una página tienen el poder de controlar mi cuerpo en el mundo, ese sonido y ese idioma pueden cerrar sus pliegues como se cierra un abanico y hacerme deslizar hacia su mundo, donde las cosas están dispuestas de un modo distinto, donde viven personas como Jonás y el guardia pokot, en un sitio donde te puede pasar cualquier cosa.

Binyavanga Wainaina nació en Nakuru, la cuarta ciudad más grande del país, en 1971. Creció con tres hermanos en una amplia casa, en un barrio que poco antes había sido exclusivamente para blancos. Su madre, ugandesa, era dueña de una peluquería. Había llegado a Kenia, como muchos de sus compatriotas, huyendo del sanguinario régimen de Idi Amin. “Uganda, el país de mi mamá, se cayó y se rompió. ¡Muleta! El mariscal Idi Amin Dada, presidente de Uganda, se comió a su ministro para cenar”, escribe en el libro. Su padre trabajaba como director gerente de una multinacional y tenía una finca. Era gikuyu, el principal grupo étnico keniano, proveniente del Gran Valle del Rift, la cuna de la humanidad.

Kenia también había nacido hace poco. En la década de los sesenta, la fiebre independentista se esparció por el continente. En 1963, de la mano de Jomo Kenyatta, el país se emancipó del Reino Unido. Wainaina maduró junto a Kenia, y en sus memorias lo trata como un personaje más, incoherente y lleno de contradicciones: “Desde más o menos 50 historias y perspectivas étnicas, está Kenia: algo todavía confuso que coge de aquí, de allá, que roba de aquí, de allá, destripando lo ya hecho, rehaciéndolo. A veces se mueve, a veces no”.

Pero la mayoría de las recolecciones en Algún día escribiré sobre África son personales, escritas con ímpetu, como una estampida de sensaciones. “Camino hasta el salón, frotando la espalda contra la pared para sentir el mundo”. Wainaina deja entrever su crianza, con empleadas y cocineros, las tardes en el parque, golpeando troncos para ver los ríos de hormigas. Luego, sus primeras experiencias eróticas, como la vez que George, el prefecto de su colegio, le acarició la pierna después de regalarle un colchón y tender su cama. Revela, también, pequeñas confidencias: a los 11 años no sabía amarrarse los cordones de los zapatos ni decir la hora.

Con el paso de los capítulos –y de los años– cambia el tono de la obra de forma casi imperceptible. Madura. Wainaina deja Kenia para estudiar Comercio en Sudáfrica, donde se topa con los últimos rezagos del apartheid. “Sudáfrica me marcó. Me conmocionó ver a una sociedad despertar, liberarse y hacer con Mandela esos enormes cambios sociales. Me era imposible volver a Kenia”, me dice. Así que se quedó durante una década. Estudió unos años, escribió sobre cocina, fumó, tomó y, sobre todo, leyó desaforadamente.

Su regreso a Kenia, durante unas vacaciones, marcaría el comienzo de su carrera literaria. Wainaina transformó su experiencia de un viaje en carro a Uganda para asistir a la celebración de los 60 años de matrimonio de sus abuelos maternos en el cuento Discovering home (Descubriendo mi hogar). La obra, publicada en 2001, le valdría el Caine Prize, un premio literario también conocido como el ‘Booker africano’.

Nos lanzamos hacia la Navidad. Bebemos, rezamos, hablamos y estrechamos vínculos bajo el susurro nocturno de las hojas de plátano. Siento como si estuviera lleno de magia y sucumbo a nuestra complicidad. En dos días nos sentimos una familia de verdad. Cantamos la misma canción en francés, suajili, inglés, gikuyu, kinyarwanda, kiganda, y ndebele, una multitud de pasaportes en nuestro equipaje.

Con el dinero del premio, Wainaina fundó, junto a varios colegas, la revista cultural Kwani? (¿Por qué?, en suajili). La publicación, con ediciones de más de 500 páginas que reúnen poesía, ensayos, crónicas y demás, es considerada una de las más importantes de África y se ha vuelto una plataforma para lanzar la carrera de nuevos escritores. Después de administrar la revista un tiempo, el keniano embarcó a Estados Unidos, donde vivió ocho años y dirigió el Centro para escritores africanos Chinua Achebe, en Bard’s Collage.

Hoy, vuelta en Nairobi, trabaja en una novela experimental que piensa lanzar a mediados de 2015. Me dice que ya no conoce a nadie en Kwani?, que todavía devora libros y viaja mucho alrededor del continente. Que tiene nuevos proyectos, unos grandes, otros pequeños. El lenguaje aún le preocupa: “Se trata de adueñarse de un idioma personal, para estirarlo, voltearlo, hacer con él lo que uno quiera. No me interesa hacerle un homenaje a un supuesto uso correcto”. Mientras habla, siento que siempre cambiará de rumbo, que su imaginación nunca le dejará asentar una rutina. Se me viene a la cabeza una frase de sus memorias:

“Sería maravilloso, pienso. Pasar mi vida dentro de las formas y los sonidos y las rutinas de otros”.

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