Sergio de la Pava nació en Nueva Jersey, en 1971.

Entre lo cómico y cósmico

Una novela que duró siete años en escribirse, unos cuantos más en autoeditarse, otros en leerse de una manera atenta para que alcanzara no solo el reconocimiento sino vertiginosas comparaciones con escritores como Vladimir Nabokov y David Foster Wallace. Entre la rabia y la desesperación existe Una singularidad desnuda.

2015/01/22

Por Fernanda Trías* Nueva York


La imagen es aérea: una ola gigante, con toda la fuerza del maremoto, avanza hacia la playa. Fuera de cámara, tal vez, algunas personas corren despavoridas, buscando refugio donde no lo hallarán (una casita sobre pilotes, una palmera). Pero no las vemos, lo que vemos es la figura diminuta de un hombre parado en la orilla, la mano haciendo de visera sobre los ojos, mientras mira –espera– la ola que lo arrasará. Quizá para algunos de ustedes, como para mí, esta sea una imagen de la desesperación. Sin embargo, aunque Sergio de la Pava confiesa tener fobia a las olas grandes, ahí donde yo veo resignación y entrega, él ve una actitud de desafío. No es de extrañar que este abogado y padre de familia, que pasó seis años escribiendo una novela de 700 páginas (en el tren, en la cafetería del tribunal, en los descansos entre un juicio y el siguiente) y cuatro años más intentando publicarla, no se identifique con la desesperación –una emoción, dice, menos útil y productiva que la furia o la indignación–. Fueron cerca de 88 los agentes y editores que le enviaron mensajes de rechazo: “No soy muy dado a la desesperación, pero no puedo decir lo mismo de la impaciencia y la rabia, que es mayormente lo que sentí durante ese tiempo”. Tras la insistencia de Susanna, su esposa devenida mánager, finalmente decidieron autoeditar A naked singularity (Una singularidad desnuda). En 2008 mandaron a imprimir 100 ejemplares, celebraron una fiesta simbólica entre amigos, donde se vendieron algunos libros, y colorín colorado…

Pero Sergio de la Pava, nacido y criado en Nueva Jersey de padres inmigrantes colombianos, parece ser la prueba viviente de que el sueño americano sigue vivo y patalea. Dos años después, gracias al trabajo diligente de Susanna, que envió ejemplares a la prensa y a blogs especializados, la respetada revista literaria online Quarterly Conversation publicó una reseña con este curioso encabezado: “Nota del editor: (…) Es poco habitual, por decir lo menos, reseñar un libro autoeditado y con más de tres años. Pero creemos que este libro merece renovada atención. La evidencia parece indicar que se trata de una obra de ficción extraordinaria que ha sido injustamente ignorada”.

Los elogios llegaron a oídos del editor de The University of Chicago Press, que decidió hacer una excepción en su catálogo, en su mayoría académico, y editar A naked singularity en 2012. Un año más tarde, Sergio de la Pava obtuvo el Premio PEN 2013 a la mejor primera novela de Estados Unidos. Desde entonces, la feroz crítica de De la Pava al sistema judicial ha dado mucho que hablar y sigue demostrando su vigencia a la luz de los incidentes de los últimos meses, como el asesinato de Eric Garner, que han contribuido a aumentar el malestar –y, en definitiva, la desesperanza– sobre un sistema judicial donde “castigo” y “justicia” no van de la mano.

La novela narra la historia de Casi, un defensor público de Nueva York, nacido en Nueva Jersey de padres inmigrantes colombianos, que a sus 24 años se precia de no haber perdido ningún juicio. Los clientes de Casi son la escoria de los barrios bajos, delincuentes primerizos o reincidentes, detenidos por venta de drogas, violencia, robos de poca monta, venta ambulante sin licencia y hasta violación del horario de cierre de los parques. De la Pava se encuentra en una posición privilegiada para retratar con lujo de detalles la toxicidad del sistema, y se mueve bien en el conflicto ético de clientes que son al mismo tiempo infractores y víctimas. Su posición personal es clara: “Lo que está ocurriendo es una injusticia en masa. Los indigentes y las minorías raciales están siendo arreados a la cárcel”. El primer párrafo de la novela lo confirma, en una escena que le debe bastante a otra pasión del autor, el boxeo: “(…) más de siete horas desde el comienzo de esta batalla particular entre el Bien y el Mal, así es, en la que el Bien estaba recibiendo una tremenda paliza mientras aquel árbitro de aspecto gallináceo lo miraba fijamente a los ojos y le preguntaba si deseaba continuar. Nosotros representábamos al Bien (…); y en aquel sitio, en aquel momento, el Mal nos tenía rodeados”.

El diccionario, que siempre es eficaz en anular las sutilezas semánticas de las palabras, define la desesperación como “la pérdida total de la esperanza”. Pero mientras que en la desesperación hay pánico, en la desesperanza hay aceptación de la derrota. En ese sentido, los personajes de Una singularidad desnuda tienen más de la segunda que de la primera. Los clientes defendidos por Casi deben decidir entre dos males, entre dos formas de la catástrofe (aceptar la oferta de la fiscalía, casi siempre desproporcionada, o ir a juicio y arriesgarse a una pena mayor), y sin embargo muchos de ellos mantienen una calma fría, incluso cierta indiferencia, como si estuvieran resignados a su suerte. Esa mezcla de frialdad y de angustia contenida, siempre al borde del estallido, parece apuntar a un comentario sobre la normalización del horror y tiende lazos con otro tipo de desesperación, la desesperación “con sordina” de la tradición kafkiana y su antecesor, la Casa desolada de Dickens, donde el sistema mismo se convierte en personaje. Imposible no sentir claustrofobia, no rebelarse ante el retrato exasperante de un sistema siniestro que practica diversas formas de la injusticia. Imposible si eres un adicto al crack que recibirás entre 3 y 6 años de prisión por un dólar de propina que recibiste de tu dealer; imposible si eres un abogado que intenta explicarle a un tribunal por qué no es legal condenar a un retrasado mental a la pena de muerte; imposible si eres Raúl Soldera, vagabundo enfermo de sida y “aunque estés muriéndote, tal como se prometió, no lo estás haciendo lo bastante rápido y adondequiera que mires la gente está descontenta por esta causa e incluso tú mismo acabas por no saber realmente con qué carta quedarte, pues cada mejoría física conlleva un riesgo legal mayor y por lo tanto pasas el tiempo debatiendo internamente cosas como si es mejor estar fuerte y encerrado o débil pero libre”.

Pero reducir Una singularidad desnuda a un catálogo de casos judiciales sería obviar su justa filiación con el maximalismo pynchoniano que destacan los críticos. Al conflicto central se suman numerosas subtramas, disquisiciones sobre la muerte, la intrascendencia, la perfección, la entropía, el tiempo, la televisión, la mejor receta para hacer empanadas y el boxeo, en especial largos capítulos sobre la historia de Wilfred Benítez, un boxeador que fascina a De la Pava. Al fin de cuentas, el boxeo no se diferencia tanto de las disyuntivas de la vida cotidiana. “Todos terminamos peleando de un modo u otro”, dice De la Pava, “pero los boxeadores se enfrentan a este hecho de manera más evidente. Lo que me intrigaba de Benítez era que nadie lo habría descrito como un guerrero de corazón que odiaba perder, pero llegado el momento fue así como se comportó”. Y todo esto narrado con un estilo vertiginoso, cuyo fuerte es el diálogo ágil y el manejo impecable de los registros, desde la jerga legal hasta el habla de clientes de distinto origen, tanto racial como socioeconómico (incluido un cliente que habla rimando).

En la segunda mitad de la novela el pulso se acelera y también el pacto realista comienza a resquebrajarse cuando Casi y su colega, Dane, se plantean diseñar –y cometer– un crimen perfecto. El recurso del absurdo se extrema en algunas escenas grotescas y desopilantes que hacen pensar en Brazil, de Terry Gilliam. Pero, como a Nabokov, a De la Pava no le interesa tanto alejarse de lo real, sino más bien demostrar que lo real no lo es tanto. “Todo es al mismo tiempo cósmico y cómico, universal y particular, interrelacionado y único. Un novelista puede, si lo desea, elegir destacar este hecho o no”, dice De la Pava, cuando le pregunto por esa especie de voluntad whitmaniana (una constante de la literatura estadounidense) de encadenar las minucias cotidianas con lo cósmico. El sistema, entonces, sería el agujero negro en que las leyes, tal como las conocemos, se anulan, y con ellas toda norma humana básica.

De la Pava, que además de Pynchon, ha sido comparado con Foster Wallace, Melville y Dostoievski, reniega de las tradiciones literarias. Lo importante, para él, era lograr su objetivo de escribir una novela cómica pero cuya descripción del sistema judicial fuera “dolorosamente exacta”. Según me dice, “una novela siempre debe reflejar la vida en este sentido: no existe el destino, solo el libre albedrío. Los hechos más importantes son aquellos que nosotros provocamos, ya sea a través de la acción o de la omisión, por lo que la idea vaga de que algunas cosas son predeterminadas o predestinadas siempre me ha parecido una forma cobarde de abdicación”. Y Casi, a pesar de encontrarse al borde del abismo, no se entregará. Muy por el contrario, optará por la acción y luego deberá hacer frente a otro tipo de ola y a sus criaturas.

La desesperación es una emoción humana que el universo desprecia. Incluso en las catástrofes naturales hay una calma pasmosa que nuestros ojos humanos podrían interpretar como ausencia de piedad. En el tiempo del cosmos, ¿qué es la esperanza? Así, si pudiéramos llegar con vida al centro de un agujero negro, estaríamos en un lugar de una densidad infinita: la singularidad, un sitio donde la fuerza gravitacional es tan fuerte que nada, ni siquiera la luz, puede escapar. Allí, en la ausencia total, en ese espacio que no es ni positivo ni negativo, que no alberga ni coquetea con ninguna esperanza, tal vez se encuentre algún tipo de calma. Para eso –De la Pava lo sabe– habría que atravesar el horizonte de sucesos, ese punto del que no hay retorno. Pero existe una singularidad, matemáticamente posible, que carece de horizonte, una singularidad desnuda, y es allí donde se abre un intersticio, la pequeña grieta que esta novela ofrece y acaso el lector encuentre.

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Hay para contar. Revista Arcadia en el Hay Festival 2015.

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