Jeremías Gamboa nació en Lima, Perú, en 1975.

Las primeras cosas perdidas

Contarlo todo ha sido leída como una especie de extensa autobiografía. La novela supuso el descubrimiento de un escritor que quería ser minucioso en el relato de un muchacho de clase media baja que se descubre a sí mismo solo en el mundo. “Pero Gabriel Lisboa no soy yo”, dice Gamboa.

2015/01/22

Por Fernando Lozano Chávez* Lima



Gabriel Lisboa se siente algo cómodo en la casa de playa de Fernanda en un verano típico de la clase alta al sur de Lima. La familia de ella lo ha recibido y él siente que puede ser parte de ese ambiente también, pero su espíritu de veinteañero recibe un duro golpe al darse cuenta de que las diferencias sociales de esta ciudad partida convierten su presencia en un ruido que rompe la paz del lugar. Su espacio, más bien, está en medio del caos, en un cuartucho descostrado, sin baño y con poca luz, en una casa pobre, muy cerca de allí, una metáfora de su propia vida antes de convertirse en escritor.

Este es uno de los momentos más duros de Contarlo todo de Jeremías Gamboa (Mondadori, 2013). Se trata de una novela sobre la amistad. El autor no se ruboriza ante esto, muchos lectores lo han convertido en su libro de autoayuda. Pero otra lectura nos revela que la inocencia, o mejor, la pérdida de esta, queda retratada en buena parte de las 507 páginas que narran la vida del aspirante a escritor. Al final, se descubre la figura de un Lisboa sin historia, que en una década de experiencias extremas, de vivirlo todo, al final le deja el paso al hombre que ve la luz y se pone, por fin, a escribir las primeras líneas.

“El personaje que empieza la novela es absolutamente un inocente, está cargado de la rabia que proviene de la separación de sus padres (Lisboa vive con unos tíos) y una voluntad muy potente por revertir su vida y ubicarse en el mundo”, cuenta Gamboa precisamente desde una playa al sur de Lima, como si se hubiera transfigurado en su propio personaje 20 años después de esa escena de la humillación que le hace sufrir la familia de Fernanda. Lisboa luchará en toda la novela contra las limitaciones y desventajas que cree tener por su origen humilde, y que lo colocan siempre en situaciones difíciles, tensas. Siempre hay un reto para su voluntad. Siempre está a punto de quebrarse.

Lisboa empieza siendo casi un veinteañero pero mantiene desde el inicio de la novela cierto aire infantil porque casi no ha vivido, no ha descubierto el bien ni el mal y parece haber transcurrido sus 19 años en un estado de piloto automático. Cuando despierta, empieza su verdadero descubrimiento del mundo con ojos infantiles, su experimentación de las primeras veces. A lo largo de la novela se narra la primera relación de Lisboa, la primera marihuana, su primer tiro de cocaína, su primera comisión periodística, la primera vez que escribe un cuento, su primer premio literario universitario y, finalmente, el despertar y el comienzo de su primer libro, la metanovela que escribe Gabriel y que se llama El día de contarlo todo.

“El libro habla un poco desde la edad de la inocencia. Antes de él, Lisboa no tiene un amigo, no ha tenido sexo, no ha tenido trabajo, no se ha acercado al arte, no ha disfrutado de la literatura”, explica Gamboa, convencido de que, si se hubiera puesto ‘austeriano’, su novela pudo haberse llamado El libro de las primeras cosas, un apunte que le hizo una periodista en México y que él considera acertado.

Contarlo todo explora también la “ingenuidad adquirida”, un concepto que ronda la cabeza de Gamboa en el sentido que le ha dado el novelista israelí David Grossmann. En una reparadora columna en una revista limeña, Gamboa reivindicó esta idea como una opción de combatir el cinismo y el pesimismo elevados a un tipo de inteligencia. Grossmann se refiere a “tomar la decisión firme y consciente de ser un poco ingenuo precisamente en una situación casi descompuesta debido a la sobriedad y el cinismo que desde hace años nos están conduciendo a la ruina”.

Lisboa mira todo lo que pasa a su alrededor con ojos de sorpresa. Esto a veces no resulta bien. Lima lo ataca a su manera, enrostrándole sus diferencias, empujándolo al ostracismo por las heridas que le deja su rostro marcado por el acné, mostrándole siempre que solo hay dos caminos para él: uno del éxito que lo lleva por el barrio de Miraflores junto al mar, pero que lo aleja de su novela, o la ruta de la marginalidad representada en un barrio gris de la periferia, pero en cuya soledad podrá finalmente dedicarse a su pasión. A veces trata de mostrarse firme, de dejarse atrapar por lo primero, pero normalmente termina estrellándose ante su horizonte ineludible. Gamboa cree que “ser ingenuo o hipersensible no es un estado que se recibe pasivamente y que estigmatiza, sino una labor de búsqueda y de construcción”, escribió. Y hacia ese camino lleva a Lisboa.

Para el autor la inocencia no es solo un atributo que le ha querido imprimir al personaje principal de Contarlo todo, sino también es la respuesta de sus lectores que confunden al escritor con el personaje. Los datos biográficos del autor se parecen mucho a los de Lisboa en la novela: un joven que ha vivido en una casa de clase media baja y que accede a una universidad considerada de las más caras de Lima, que se convierte en un periodista exitoso y que luego deja la idea de ‘estabilidad’ para ir detrás de su vocación literaria.

Esta confusión de personaje-autor es una herencia tal vez de la literatura que ha llegado a acercarse a la masificación en el mercado peruano, como los libros de Jaime Bayly, en que los límites entre realidad y ficción siempre han sido demasiado delgados. Gamboa no ha alcanzado tanta popularidad fuera del círculo literario pero, de alguna manera, ha sido sometido a esa transfiguración autor-obra. Ilusos todos. Me incluyo. Jeremías-Gabriel, Gabriel-Jeremías. Termino llamándolo como el personaje de su obra. Pido disculpas, pero él se divierte y lo acepta como una prueba de que la inocencia se contagia.

“Un montón de gente cree que Gabriel Lisboa soy yo, que es un acto de inocencia en el público. Me ha pasado que personas cercanas al proceso de edición y de lanzamiento del libro, han creído que yo he vivido en Santa Anita, y que iba a mandar la novela por un disquete desde una cabina, y yo nunca viví allí, tengo padres y terminé de escribir Contarlo todo en un departamento bastante simpático en Miraflores, a dos cuadras del mar”, cuenta.

La inocencia del niño también será explorada en su próxima novela, ambientada hasta donde se sabe en Ayacucho, una ciudad ubicada en la sierra peruana donde nació el movimiento terrorista más sanguinario del Perú. Aún no tiene nombre final ni se sabe si tendrá escenas ambientadas en esos años cruentos, algo que le reclamaron los críticos de su primera novela, cronológicamente ubicada en el decenio corrupto de Alberto Fujimori y su asesor Vladimiro Montesinos; pero, cuenta, tratará de la historia de dos niños hasta que se convierten en hombres. Ambos llegan a ser padres y uno es el hijo del otro.

Para Gamboa, “un inocente no puede ser un escritor”. Este tiene que haber explorado ese estado de la condición humana, pero para plasmarla debe verla desde afuera y usar esa “ingenuidad adquirida” para convertirla en un escrito “optimista y lleno de fe”. Su libro de cuentos Punto de fuga (2007) es pesimista, con los cierres de las historias en la oscuridad, pero su novela es todo lo contrario, un libro positivo. “¿Por qué no escribir una novela que terminase bien, no feliz, pero sí en un estado pleno”?”, se pregunta. En su discurso él suele repetir las ideas de oscuridad y luz. Tiene un optimismo desbordado, una mirada positiva de la vida. Digan si en el fondo él también no es un inocente.

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