Sofi Oksanen nació en 1977 en Jyväskylä, Finlandia.

Otra vez el arte recuenta la infamia

Durante 50 años, Estonia, el país de donde proviene la madre de la escritora finesa Sofi Oksanen, fue ocupado por el régimen soviético. Aunque Purga, su novela más celebrada, recibió duras críticas de intelectuales estonios, lo cierto es que se trata de un mecanismo preciso para pensar qué le ocurre al individuo en medio del totalitarismo.

2015/01/22

Por Claudia Cadena Silva* Bogotá

En 2010, el escritor estonio Jaan Kaplinski –para muchos uno de los escritores con más peso intelectual de Estonia y, según The Economist, un nombre que ha sonado para el Premio Nobel de Literatura– se declaró francamente sorprendido por el éxito abrumador de Purga, la tercera novela de una joven escritora finlandesa llamada Sofi Oksanen, nacida en Jyväskylä, Finlandia, en 1977. Kaplinski, escribió en su blog que se sentía indignado de que esa advenediza se hubiera apropiado de un trozo de su historia, de la de sus amigos, de la de sus padres. Le reconocía solo la habilidad narrativa de unir unos pedazos y otros, pero le reprochaba que con el resultado hubiera osado decirles, al menos así lo entendió Kaplinski, que él, sus padres, sus amigos y sus colegas habían vivido por décadas en un gran campo de concentración llamado Estonia. “No acepto que nadie venga a robarse mi vida para venderla en una versión tergiversada al mejor postor extranjero”, cerraba su nota Kaplinski.

La periodista estonia Piret Tali había iniciado la polémica un año antes en el diario estonio Eesti Päevaleht: “A novelas como Purga se debe que en los ferris y en las pistas de baile de los hoteles finlandeses las estonias siempre sean vistas como las putas del este”. Agrega Tali que la versión de Oksanen sobre hechos de violencia sexual contra las mujeres durante la ocupación soviética parece prestada de la experiencia de otros países como Kosovo o el Congo; que no existe en el país documentación histórica que registre esos hechos y lamenta, en fin, que en el extranjero se tenga como verídica una versión de la historia de Estonia como la que cuenta Oksanen.

De acuerdo con este par, Sofi Oksanen no es más que una mercachifle oportunista y astuta que se dio maña para venderle a Occidente, últimamente sensible a los ejercicios de memoria de los pueblos, una muy rentable y falaz versión de las entrañas de un país.

*

Cuando Purga y Cuando las palomas cayeron del cielo llegaron a mis manos, el nombre de Oksanen no me decía nada. Ex profeso mantuve esa ignorancia hasta tanto no terminara una de las dos novelas. Empecé con Purga. Resultó ser una novela impecable. Y Sofi Oksanen, quien quiera que fuera, una genio. Acababa de descubrirla. Solo entonces empecé la pesquisa. La advenediza de Kaplinski había nacido en Finlandia. Su padre era finés y su madre, estonia. Estonios también sus abuelos maternos. Su madre había emigrado a Finlandia. Sus abuelos maternos se habían quedado en Estonia. Oksanen los visitaba de niña. Le llegaban historias –seguramente las oía a escondidas– de los mayores. Una de ellas hablaba de dos mujeres que habían ocultado por décadas a un hombre en un armario. Debía de ser un independentista estonio, perseguido por el régimen soviético. Como muchas de las repúblicas que se integrarían a partir de 1944 a la Unión Soviética, Estonia había pasado de ser ocupada por los alemanes, bajo el nazismo, al ejército rojo y muchos de quienes defendían la soberanía y la independencia fueron deportados a Siberia a campos de trabajo forzado.

Según los recuentos que había oído Oksanen, al parecer muchas mujeres habían escondido hombres como Hans Peek, el protagonista de Purga, en armarios o en altillos. Algunos sobrevivieron. Pero Hans Pekk no. Y lo que sabemos de él está contenido en algunos fragmentos de su diario en cautiverio que atraviesan la novela. El primero es de 1947. El último, de 1951. Para entonces ya hacía tiempo que Pekk no tenía contacto con la realidad.

“5 de octubre de 1951. ¡Por una Estonia libre!

Una noche más aquí. Ingel y yo estuvimos pensando en que tenemos que ir a buscar a Linda. Con su ayuda seguro que lo conseguiré; no importa el tiempo que tarde.

No soy libre todavía, pero pronto lo seré, y siento mi corazón ligero como una golondrina.

Pronto estaremos juntos los tres.

Hans Pekk,

Hijo de Eerik,

Campesino de Estonia”.

Desde 1944 vivía oculto en el cuartucho que su esposa Ingel y su cuñada Alidde Truu habían armado para él, y desde allí lo había oído todo: las botas rusas habían entrado en su casa y se habían llevado a su esposa y a su hija. Él lo sabía, lo había oído. Solo que con el tiempo y el encierro lo borró, y ahora su esposa le hablaba y pensaba con él. Le habían ocultado, en cambio, lo de los interrogatorios previos a la deportación. “Mi esposo, Hans Peek, está muerto.” “Mi cuñado, Hans Peek, murió.” “Está segura, camarada?”. Linda, su hija, no contestaba. Las mujeres le habían enseñado a callar. Tiempo después del último interrogatorio alguien incluiría a Ingel y a Linda en una de esas listas y serían deportadas. Hans Peek había oído desde su cuartucho cómo se las llevaban. Aliide Truu había salvado tiempo antes su pellejo casándose con un militar ruso, había logrado que le adjudicaran la casa ya sin dueño de su hermana, se había mudado allí con su marido, pero cerca de Hans, todavía escondido allí mismo. Hans Peek había recibido por años las cartas supuestamente de su esposa que la misma Aliide escribía.


Las moscas, las botas

1992, oeste de Estonia

Purga
es una novela impecable, y poderosísima, a pesar de Sofi Oksanen. O mejor: la genialidad de Sofi Oksanen es tal que produce una obra maestra aun cuando su intención sí es –lo dice expresamente en cada entrevista que da– darle voz a una versión silenciada de la historia de Estonia, distinta a la oficial de décadas de ocupación y de poquísimos años de independencia. Fue esa su intención en Purga y lo fue también en Cuando las palomas cayeron del cielo. Así mal leyeron Kaplinski y Tali, una intención, literal, al pie de la letra, y esa intención es la que le reprochan. Pero las novelas de Oksanen vuelan lejos, lejísimos del compromiso político y de las motivaciones que sí mueven a su autora. Es también intención de Oksanen poner en evidencia los devastadores efectos de los sistemas totalitarios, cualquiera de ellos, en el ser humano. Y uno de esos efectos tal vez explique, esto sí sin proponérselo, el hecho incomprensible de un reconocido escritor que hace una lectura como la que Kaplinski no hace, por ejemplo, de Aliide Truu, ya anciana y abriendo la novela:

“Aliide Truu miraba fijamente a la mosca y esta le devolvía la mirada. Aquellos ojos globulosos le provocaban náuseas. Era una mosca excepcionalmente grande, ruidosa, ansiosa por poner los huevos. Mientras aguardaba colarse en la cocina frotaba las alas y las patas sobre la cortina, como preparándose para comer. Buscaba carne, solo carne. Las mermeladas y el resto de conservas estaban a salvo, pero la carne no”. Unas palabras después Aliide Truu ve desde la ventana de su cocina un bulto en su jardín. Es el año 1992. Estonia es por fin un país independiente. Libre de botas rusas, libre de botas alemanas, libre de botas. Pero la anciana no es libre. No lo es de su historia, que es sucia y es dramática, y ese bulto en su jardín se la trae de vuelta. Su historia comienza y termina en el miedo, el que Aliide Truu conoció desde la primera vez que voló sobre sí misma hecha mosca, o cuando se hizo ratón o un clavo oxidado en la pared.

*

Le ataron las manos a la espalda y le pusieron una bolsa en la cabeza. Luego la dejaron sola. A través de la tela no veía nada. En algún sitio goteaba agua en el suelo. Percibía olor a sótano. La puerta se abrió. Botas. Le rasgaron la camisa y los botones salieron disparados hacia el suelo y las paredes, botones de cristal alemanes. Después, Aliide se convirtió en un ratón en el rincón de aquel cuarto, en una mosca en la lámpara, salió volando. En un clavo de la pared acartonada, en una chincheta oxidada en la pared. Aliide era una chincheta oxidada en la pared. Era una mosca y se movía por el pecho desnudo de una mujer que yacía en medio de aquella habitación con una mosca en la cabeza, y la mosca atravesaba un moratón reciente, la sangre agolpada debajo de la piel del pecho, una huella larga y estrecha, del ancho justo para avanzar sobre ella[…]La mujer con la bolsa en la cabeza que yacía en medio de aquel cuarto era una extraña y Aliide ya no estaba allí; su corazón corría con sus patas de insecto hacia las rendijas, se fundía con las raíces que crecían en la tierra debajo de aquel cuarto. ‘¿La usamos para hacer jabón?’ La mujer no se movía, no oía. Se había convertido en una mancha de saliva en la pata de la mesa, al lado de un agujero de polilla, dentro de un agujero redondo en la madera, en la madera de aliso, en un árbol crecido en la tierra de Estonia, en la madera donde aún se podía sentir el bosque, donde todavía se sentía el agua y las raíces y los topos […] La mujer que había en el centro de la habitación no se movía.

Aunque el cuerpo de Aliide se esforzaba, aunque la tierra intentaba engullirla y acariciaba suavemente sus carnes oscurecidas, lamía la sangre de sus labios, limpiaba con besos su cabello arrancado, aunque la tierra hacía cuanto podía, no consiguió evitarlo y Aliide fue arrastrada de vuelta a la realidad. […]”

Cuarenta años después, con la aparición de ese bulto en su jardín, Aliide Truu empieza a lavar su historia enlodada y vuelta tragedia en Purga, que en finlandés quiere decir limpieza. El lugar que a Kaplinski y a Talin se les pasó por alto.

 

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