Mario Jursich, Ricardo Silva, Margarita García Robayo y Juan Esteban Constaín

Sobre la nueva literatura colombiana

Mario Jursich, director de la revista 'El malpensante', habló con el ganador y los dos finalistas del primer Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana sobre los nuevos rumbos que está tomando la escritura del país.

2015/01/30

Por Christopher Tibble

Para muchos, escribir en Colombia es escribir a la sombra de Gabriel García Márquez. El premio nobel cataquero fue en igual medida una bendición y una maldición para la mayoría de sus contemporáneos. Algunos, incluso, sentían que el escritor de Cien años de soledad se había llevado injustamente todos los aplausos.

Pero para una nueva generación, García Márquez ya no es una amenaza. Es, en cambio, un hecho consolidado que pertenece a los anales de la historia y que se hace presente más como un abuelo que como un padre. Así, por lo menos, lo manifestaron en su charla con el director de El malpensante Ricardo Silva, Margarita García Robayo y Juan Esteban Constaín, los dos finalistas y el ganador del primer Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana. Curiosamente, los tres escritores son menores de cuarenta años.

“No hay que pelear contra su influencia. Creo que aprendimos mucho de él, como que en el primer párrafo se debe decir todo e incluso mejor si se logra en la primera frase. Competir con él sería absurdo. Sería como intentar competir con Dostoievski” aseguró Silva. Constaín estuvo de acuerdo y además aseguró que “si bien todos en algun momento fuimos torturados por su genialidad, y la llegamos a sentir como un peso y como un lastre, mi generación lo ve como algo del pasado, como un hecho cumplido. Lo vemos como un abuelo muy clásico que nos dio todo”.

El debate en torno a García Márquez empezó a partir de una afirmación de Jursich, quien aseguró que las obras de los tres finalistas tenían algo en común: presentaban una literatura fresca y renovada. El director de El Malpensante dijo que durante los más recientes años predominó en la escritura nacional cierta fijación por la crónica y por los relatos en torno al narcotráfico. Y que, por primera vez en mucho tiempo, se presentaba una literatura refrescante, sin ataduras al pasado literario del país.

El mejor ejemplo es quizá El hombre que no fue jueves, la novela que le valió el premio a Constaín. Jursich la sintetizó como “una obra escrita por Dan Brown y con corrección de estilo de Borges”. El libro nació a partir de un recorte del diario Clarín que aseguraba que un grupo de aficionados de la obra de Chesterton en Buenos Aires le pidieron a un cura la canonización del escritor inglés. “Él amigo que me mostró el recorte me dijo que solo hacía falta el milagro para que fuera santo. Y yo le respondí: ‘¡el milagro son sus libros!’”. Constaín entonces decidió, como homenaje a Chesterton, uno de sus ídolos, convertir esa posibilidad en un libro.

Los otros dos finalistas fueron El libro de la envidia, de Ricardo Silva, que revisita el suicidio del poeta decimonónico José Asunción Silva para novelizar el argumento de que su muerte quizá fue un asesinato; y Lo que no aprendí, la propuesta de Margarita García Robayo, una especie de autobiografía que se desarrolla en Cartagena y en la que están presentes elementos esotéricos y espirituales.

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