Petros Márkaris nació en Turquía, en 1937, pero se educó en Grecia.

Un despojo de viejas glorias

Kostas Jaritos, el detective de la saga del escritor griego, atraviesa el tiempo de un país que ha caído, sin remedio, en una crisis sin fondo. Desde los días de la dictadura de los coroneles en los años setenta hasta la amenaza de expulsión de la eurozona, Jaritos es testigo, verdugo y víctima de una sociedad tan enferma como cualquiera.

2015/01/22

Por Hugo Chaparro Valderrama* Bogotá

El tren nocturno que cubre la ruta Salónica-Atenas avanza iluminado por una luz implacable, que condena a los viajeros de segunda clase, durante seis largas horas, a un insomnio sin tregua en el que sus parpadeos pueden mostrarles un paisaje humano cambiante, alternándose los inmigrantes, los gitanos que cruzan con energía infatigable de un vagón a otro, los turistas que quizá viajen de pie si compraron su boleto a última hora y tal vez puedan disfrutar de una silla ocasional hasta que sea ocupada en la siguiente estación, y los griegos que distraen el tiempo mientras llegan al destino conversando en el idioma que refleja el vigor de su temperamento.

Un tren de atmósfera distinta a la luz del día cuando se regresa de Atenas a Salónica y es posible que el azar permita el encuentro sosegado con viajeros que contemplen el paisaje a través de la ventana, se interesen por sus compañeros de ruta o sorprendan su curiosidad presentándose como estudiantes que recorren y descifran el laberinto dibujado del griego antiguo.

En el contraste que descubren el día y la noche en un mismo trayecto, entre la ensoñación por la historia y el presente de una realidad agobiada por la crisis económica que asedió a Grecia hacia el 2009, el escritor y guionista Petros Márkaris (Estambul, 1937) reinventó el arte y el misterio de las novelas policíacas con una saga que revela el deterioro de la civilización y sus virtudes, describiendo el desquiciamiento del hombre en contra del hombre como un campo de batalla que se burla de los viejos ideales –en Grecia se inventó la democracia, pero los rumbos políticos de la vida contemporánea se encargaron de empobrecer sus criterios.

“El griego que no piense que el Estado le roba y no se cree en el deber de desquitarse, o está loco o no es griego”, piensa el detective de Márkaris, Kostas Jaritos, recuperándose de un balazo que amenazó con matarlo y con restarles a sus lectores el derecho legítimo de acompañarlo en sus tramas.

Como otros detectives surgidos en tiempos de crisis –al estilo de los detectives de la serie negra norteamericana de los años veinte y treinta, que atestiguaron el vértigo criminal impulsado por el contrabando de alcohol para burlar la ley de la Prohibición en Estados Unidos–, Jaritos es un comisario moldeado por el tiempo conflictivo que le tocó en suerte y le heredó la historia. Un año después del golpe de Estado que instauró en Grecia la “Dictadura de los coroneles”, desde abril de 1967 hasta julio de 1974, Jaritos se gradúa como policía y conoce las entrañas del monstruo en las cárceles del régimen donde vigila a los presos políticos que entonces torturaba la extrema derecha, haciendo del crimen una condición crónica de la represión que definió la escalada militar durante la década de los setenta en distintas geografías del mundo.

Una biografía difícil para entronizar a un héroe literario, aunque Jaritos nos recuerde la compasión que mostraba por Lambros Zisis, un comunista sensato y sabio, al que protegía en secreto después de que era torturado, tanto así que será con el tiempo un apoyo para consultarlo y resolver las acrobacias de los casos a los que se enfrente.

Su experiencia no fue en vano: conocemos a Jaritos, a principios de los años noventa, cuando sucede la primera novela de la saga, Noticias de la noche (1995), suponiendo que tiene la piel curtida y rugosa de un rinoceronte tras las batallas que ha enfrentado, sin perder la esperanza en el futuro que imagina a través de la presencia entrañable de su hija Katerina.

Así esté convencido de que Grecia es “un despojo de viejas glorias”, como piensa mientras se pasea entre las ruinas del Centro Olímpico de Fáliro, diez años después de que el esplendor de los juegos hiciera del país el escenario deportivo del mundo. “De los edificios solo quedan las paredes. Han robado todo lo que se puede vender. Solo quedan asientos rotos, puertas destrozadas y las redes deshilachadas de las porterías. Los bombillos que no han desaparecido corren por el suelo hechos añicos”.

La saga de Jaritos es un testimonio del caos y la desesperación en la circunstancia extrema de la muerte. Narrada en dos tiempos: en el presente que lo reta cuando un crimen le descubre el malestar del país y a la sombra del pasado, que regresa a través de sus nostalgias –ante la presencia ineludible de los computadores, el comisario recuerda “los buenos viejos tiempos en que manejábamos manuscritos, textos redactados a máquina, anotaciones en papelitos, en paquetes de tabaco o en el reverso de viejas facturas”, quejándose por la obligación de cambiar su querido y achacoso Mirafiori, que lo ha llevado por las calles de Atenas durante 40 años, comprando entonces un Seat, además de resignarse a utilizar un teléfono celular y aceptar el computador portátil que le regalan Katerina y su esposo, Fanis.

El comisario no es indiferente ante la frustración generalizada y Márkaris traduce a la ficción los hechos de una realidad que enfrentó a los ciudadanos con el cinismo que trastornó la economía griega, ofreciendo el 2010 un panorama desolado con los almacenes cerrados por las deudas, percibiéndose el desaliento que causaban las reducciones de pensiones y salarios; el peso que dejaban las amenazas por parte de la Comunidad Europea, que intentó expulsar al país de la eurozona para regresarlo a su antigua moneda, el dracma; el porvenir incierto de una deuda astronómica, que alcanzó los 340 billones de euros para una población de once millones de habitantes, es decir, cerca de 31.000 euros por persona, y que luego continuó de manera irrefrenable hasta llegar a los 485 billones de euros.

Un terreno propicio para los vengadores anónimos, que reaccionan en las novelas de Márkaris atacando a los sospechosos habituales: banqueros codiciosos, políticos arrogantes –provenientes del lugar común que los emparenta alrededor del mundo y alimentan las ironías de Márkaris, burlándose de una realidad mucho peor que las invenciones literarias–, industriales que amasaron sus fortunas con base en la corrupción, publicistas que amenazan la inteligencia del público con los trucos de la hipnosis televisiva, neonazis que culpan de sus calamidades a los inmigrantes que en Grecia están representados por una multitud flotante de albaneses, paquistaníes o africanos, deambulando por sectores tan populosos como la Plaza Aristóteles de Salónica, donde ofrecen la mercancía de la supervivencia callejera multiplicada alrededor del planeta: relojes, gafas y carteras, que tienen el prestigio falso de las imitaciones.

En la primera entrega de su trilogía sobre la crisis, Con el agua al cuello (2010) –a la que siguieron Liquidación final (2011) y Pan, educación, libertad (2012)–, al mismo tiempo que un asesino de banqueros es apoyado por los ciudadanos en su afán de boicotear a las entidades que exprimen sus ahorros sin piedad, será precisamente un banquero, retirado por una supuesta malversación de fondos, quien explique a Jaritos su punto de vista sobre el caos.

“Toda Grecia funciona a base de préstamos. Sean hipotecarios, al consumo, a las empresas o para ir de vacaciones, los préstamos son la palanca que mueve al mercado griego. Los bancos tienen como rehén a más de la mitad de la población griega. Ahora, con la crisis, las cosas han empeorado. A ningún rehén le gusta su condición. Al principio intenta liberarse pero, cuando ve que no es posible, solo le queda la venganza. La mitad de la población griega podría ser ese rehén vengándose”.

Márkaris tiene la sabiduría de los autores policíacos que definen con exactitud a sus héroes y a sus adversarios, encajando lentamente el rompecabezas psicológico que define la investigación. Sus lectores sabemos que Jaritos mide 1,75, está casado con Adrianí –una mujer aguda y explosiva a la que Jaritos considera la esencia del sentido común–, es padre de Katerina –con la que el pasado oscuro de Jaritos al servicio de la dictadura se redime cuando Katerina decide trabajar como abogada de inmigrantes ilegales–, es suegro de Fanis –el médico que le salvó la vida tras el disparo que vulneró su corazón–, admira a quien fue su enemigo político en los años setenta, Lambros Zisis, apreciando su difícil pero generosa amistad, y lee sus diccionarios, especialmente el Dimitrakos, editado en los años cincuenta, para comprender en sus páginas los misterios que animan sus intuiciones y activan su inteligencia.

Jaritos se enfrenta a una galería de personajes que hacen de la venganza una forma de existir: el asesino que se descubre al final de Noticias de la noche, desentrañando el misterio de un tráfico de niños entre Albania y Grecia; la familia descompuesta por su rencor delirante y su sed de avaricia en Defensa cerrada (1998); el terrorista que decide liquidar figuras emblemáticas del mercado televisivo en El accionista mayoritario (2006); el dueño del secreto que obliga a suicidarse en público a los traidores de un sueño ideológico desvirtuado en Suicidio perfecto (2003); el samurái que ataca a los bancos y publica anuncios en los periódicos aconsejando a sus lectores que no paguen las tarjetas de crédito ni las hipotecas, pues los bancos recibieron de parte del gobierno 28.000 millones de euros, salidos de los impuestos de los ciudadanos a los que quieren hundir y dejar, como anuncia el título de la novela, Con el agua al cuello.

En marzo del 2014 –el mismo año en que transcurre la última novela de la trilogía sobre la crisis– se presentó en Salónica una exposición del fotógrafo albanés Enri Canaj. Sus imágenes mostraban lo que Márkaris describe o sugiere en el mapa detallado donde transcurren sus novelas: el viaje callejero de una multitud de adictos en los alrededores de la plaza Omonia de Atenas; el vigor y la ira de los activistas en la plaza Syntagma; las habitaciones superpobladas de los inmigrantes que viajaron a Grecia buscando la fortuna; el rostro desamparado y temeroso de los paquistaníes en el proceso de su deportación. “En mis fotografías”, afirmó Canaj en una entrevista para el catálogo de la exposición, “voy más allá de la pobreza y las dificultades que enfrenta la gente, encontrando su fortaleza, su sencillez, su bondad y su dignidad interiores”.

La declaración de Canaj podría ser la misma de Katerina reafirmando en Pan, educación, libertad, el compromiso de su trabajo con los inmigrantes y el sentido de la decencia que le enseñó su padre.

Mientras tanto, los turistas seguirán viajando en los trenes que recorren Grecia, disfrutando del mar, la comida mediterránea y las ruinas de la civilización que decidió en gran parte el rumbo de Occidente, sin que importe demasiado el bazar ambulante de alguien que viajó desde Tirana o Bangladesh para inventarse un mejor destino en Atenas o Salónica. Visitarán la Acrópolis, deslumbrándose con el Partenón o el Erecteion, que podrían servir como metáforas del tiempo: permanecen a través de los siglos, pero el mundo que recuerdan es ahora patrimonio de la memoria y la antigüedad. Las ruinas de la Grecia contemporánea son de otra índole. Y aunque los personajes de Márkaris puedan acostarse cada noche sintiendo que están amenazados por la espada y se despierten arrinconados contra la pared, saben que tienen en su autor un guía solidario para resolver y comprender sus dilemas.

 

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