El novelista bogotano Sergio Álvarez lanza en la Feria del Libro de Bogotá 35muertos.

35muertos

La literatura colombiana debe celebrar la publicación de dos novelas de formidable factura literaria: con su ritmo vertiginoso, 35muertos de Sergio Álvarez atrapará al lector desde la primera página. Y con su música contenida, El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, lo dejará inquieto y seducido. Desde orillas opuestas, ambas se preguntan por las consecuencias de la violencia que ha signado el destino de las últimas décadas de la historia nacional. ¿Quiénes son estos dos escritores de vidas paralelas, pero antagónico espíritu literario?

2011/05/03

Por Francisco Barrios

En 35muertos, su última novela, Sergio Álvarez cuenta su versión de la historia del país en un período que comprende entre 1964 y 1999. Está dedicada a “todos nosotros”, y empieza con una nota irónica en la que el autor aclara que “cualquier parecido con situaciones o personajes reales es pura, purita coincidencia”. Y lo que viene después son puritas coincidencias que sólo parecen repetir los peores lugares comunes sobre Colombia: aquel que reza que en este país “la policía no sirve sino para joder a los pobres”, que el narcotráfico es “el único trabajo que es rentable para un pobre” y que este es “un lugar lleno de gentes de buena voluntad, pero desorientadas por los líos y enredos de la supervivencia”. No es molesto que Álvarez (Bogotá, 1965) apele a estos lugares comunes en su novela. Lo que resulta molesto es que tanto su historia personal como las noticias de prensa parezcan confirmarlos todos.

 

Cuando lo conocí hace diez años en Barcelona, Sergio me dijo: “Colombia es como una botella de champaña. La gente es la champaña, y la clase dirigente es el corcho que no la deja salir.” Álvarez había llegado en 1998, después de gastarse el dinero que su madre le había dado para comprar un taxi, y venía cansado de sentirse como una de las burbujas de la champaña: “Tuve varios proyectos grandes con agencias de publicidad y medios de comunicación importantes, pero cuando llegaba a las reuniones definitivas, no se fijaban en las ideas ni en la solidez de las propuestas. Tan solo me miraban y decían, ‘Está muy bueno, ¿pero usted quién es? ¿De dónde salió?’”

 

Los abuelos de Sergio Álvarez fueron unos de los tantos desplazados que llegaron del campo a Bogotá por causa de la violencia partidista de los años cincuenta. Era gente acomodada, y su abuelo paterno, Damián Álvarez, abrió un depósito de materiales para construcción en la calle 8ª con carrera 16, un lugar que el autor recrea en la novela. Lucila Guarín, la madre de Álvarez, se fugó a los 16 años con Alfonso Álvarez, un bebedor consumado. “Yo nunca tuve una casa fija en la niñez. A los cinco años ya había vivido en por lo menos 20 casas”, recuerda Álvarez. Pero en algún momento, y ante la inestabilidad de su padre, la madre del novelista se decidió a terminar el bachillerato, para después empezar a trabajar como maestra de escuela. “Como la mamá de Pablo Escobar”, agrega Álvarez.

 

El personaje sobre el que gira la novela, cuyo nombre nunca sabemos, es sobrino de una maestra de escuela, quien lo adopta después de quedar huérfano. En los años setenta, el niño termina involucrado en las actividades de un partido obrero llamado el MOREI, y en la década siguiente conoce a una integrante de una guerrilla llamada el “Deme” (buena parte de cuyos miembros mueren en la toma del Palacio de Justicia). En la década de los noventa, el protagonista incumple la orden de un paramilitar de apellidos Castro Castaño, lo cual lo obliga a huir a España, donde se cruza, en el cambio de milenio, con los tentáculos del narcotráfico colombiano (pero también con una niña rica, que encarna la promesa de una reconciliación entre la Colombia de los ricos y la del protagonista, la de los pobres).

 

Hemingway decía que un escritor debe poner en su obra todo lo que sabe, y esto es lo que ha hecho Álvarez con 35muertos. Pero además de ponerlo todo en el libro, ha montado una página web (35muertos.com) y ha conseguido que su novela sea publicada en alemán, este año, y en italiano, francés y holandés el año que viene. A estos logros se suma lo que para mí representa el manifiesto del autor, un texto titulado “Una literatura sin traquetos”, que apareció en la revista Quimera en febrero del año pasado. En él, Álvarez afirma, entre otras cosas, que “la mayoría de escritores colombianos tienen un marcado espíritu mafioso, asumen que son superiores al común de los mortales”; que a los colombianos nos caracteriza “nuestra incapacidad de vernos y aceptarnos a nosotros mismos y de construir país a partir de lo que en verdad somos”; y que “si en la literatura colombiana el tema del narcotráfico y sus culturas conexas no ha encontrado un gran narrador es en buena medida por la forma ingenua como el país se ha enfrentado al problema”.

 

No sé si Álvarez sea ese gran narrador (y él tampoco lo confirmó cuando se lo pregunté), pero 35muertos sí es, de alguna forma, la recopilación de novelas como Rosario Tijeras, Líbranos del bien y Tres ataúdes blancos, series de televisión como Los Victorinos y Sin tetas no hay paraíso, la obra de teatro La Siempreviva y la película La Estrategia del caracol. “Yo creo en la comunicación multimedia,” afirma Álvarez, y esto no sólo se evidencia en la página web y en su blog (sergioalvarezguarin.blogspot.com), sino en sus proyectos a corto plazo. En este momento está trabajando con unos músicos en un CD que piensa lanzar con el nombre 14 éxitos de diciembre. Me dijo que si una de esas canciones triunfa y pone a bailar a Colombia, eso sería para él más importante que el éxito de la novela.

 

La importancia que Álvarez le da a la cultura popular es evidente en 35muertos. En cada capítulo, a manera de epígrafe, aparece un verso de alguna canción que sonó en la radio en la misma década en la que transcurre la acción. En su infancia, Álvarez leyó a Verne y Salgari, pero le da más relevancia a historias de colonización como Manuela de Eugenio Díaz Granados, Risaralda de Bernardo Arias y a libros de misterios esotéricos como El triángulo de Las Bermudas de Charles Berlitz. Durante años trabajó como guionista de cómics y libretista de series de televisión, pero después de ver cómo sus empleadores se llevaban la gran tajada de los contratos con los canales, se decidió a escribir su primera novela, Mapaná (2000), la cual se ha vendido muy bien en el nicho de mercado de literatura juvenil.

 

A su primera novela le siguió La lectora, un proyecto que, aunque simple en su concepción, es mucho más ambicioso: “Decidí hacer un ejercicio narrativo sencillo. Contar a mi manera una historia que me hubieran contado muchas veces. ¿Y cuál era esa historia? La historia de una maleta con plata”. Esta novela obtuvo el Premio Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón en 2002 y fue adaptada en Colombia como serie de televisión. ?La lectora empieza con una frase llamativa (“Me secuestraron para ponerme a leer una novela.”) y esta habilidad de Álvarez para el golpe de efecto en los inicios reluce en cada capítulo de 35muertos. En la novela, una versión costumbrista de la historia del país en la segunda mitad del siglo XX (costumbrista por la costumbre de matarnos), surgen la historia de un narcotraficante inmortal, la de una obra de títeres que hace eco de la trama de la novela, la de un asesino que encarga un cuadro gigantesco que reproduce el ojo de su primera víctima, y la de una pareja de campesinos que cree haber encontrado una guaca y persiste en engañarse a sí misma a sabiendas de que lo que ha encontrado es la fosa común de otros campesinos. Al final, uno de los responsables de estas fosas comunes le espeta al protagonista: “Usted llegó a viejo y no se dio cuenta de cómo funciona este país (….). Con muertos, hermano, en este país el que no ha matado o mandado a matar a alguien no progresa.” 

 

“Yo nunca pienso en chiquito”, afirma Álvarez y quizás el destino de su novela termine dándole la razón. Por lo pronto, la novela ya le ha acarreado alguna contrariedad: “Una de mis grandes frustraciones es la de no haber podido hacer una presentación de mi libro en el Nacional Restrepo Millán, el colegio donde hice el bachillerato, porque las editoriales no le prestan la misma atención a los colegios públicos que a los privados.” Aparentemente, los dos países que el narrador trata de conciliar siguen irreconciliables en la vida del autor, pero él agrega: “No me interesa explicarlo. Me interesa contar un país al que todavía quiero”.

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