Fotografía tomada en uno de los bares más famosos de la movida bohemia y cultural quiteña: Seseribó. Fotografia de Félix Albán.

Desde Quito con alcohol

¿Qué hacen los poetas en las noches quiteñas? ¿A qué horas los mandan a dormir? El poeta ecuatoriano Alfonso Espinosa pasa revista a los interesantes antídotos nocturnos contra la melancolía.

2011/05/03

Por Alfonso Espinosa

En el fondo de la discoteca hay un cuadro desde el que me miran unos personajes deformados, grotescos. Sé que no debía haber tomado esa pastilla, la mezcla con el alcohol me altera los sentidos, pero no deja de ser divertido ver danzar a las figuras dentro del cuadro, tocarse y seducirse. Esperaba ver por acá algunos artistas, hablar con el pintor Luigi Stornaiolo (autor del mural) o con su colega Marcelo Aguirre (que además es director del espacio Arte Actual). Ya sabía que sería imposible encontrarse acá con el anacoreta Miguel Varea, que vive mejor y más contento en su casa rural, afuera de Quito. Tampoco está Fabiano Kueva ni Ana Rodríguez ni nadie del Centro de artes Cero Inspiración.

 

Ninguno se asoma. Sí aparecen, espectros nocturnos adictos a todo, los poetas Andrés Villalba y Antonio Correa, en intergeneracional pareja de noctámbulos. El primero publicó hace poco un libro de poemas: textos largos en los que narra esa noche alcohólica y cocainómana y marihuanera que hoy me arrastró hasta acá. Correa vive en Quito, y está al frente de la Feria del Libro.

 

Estamos en el Seseribó: la salsoteca oficial de la ciudad, uno de sus antros cultural-intelectual-bohemio más conocidos. El Sese ha servido también de galería y ocasionalmente como sala de conciertos. Poca luz, poco espacio porque hay mucha gente. Y para alguien como yo, diestro bendecido con dos pies izquierdos para el baile, la opción es beber y esperar a que se me baje la pastilla.

 

Mi meditación, aferrado a una columna, es interrumpida. La españoleta que se me sumó en la búsqueda del grial hace unas horas me dice que si no sudo, no se me va a pasar. Hago el ridículo en la pista, pero soy festejado en mi heroísmo por unos jóvenes estudiantes de la Flacso, una de las dos Universidades dedicadas a los posgrados en Ciencias Sociales que tiene la franciscana Quito. La otra es la U. Andina. Durante cinco minutos intento seguir una discusión sobre política, pero es demasiado. Mejor tratar de ordenar las notas mentales de la noche.

 

Empezó cuando aún era una tarde perezosa, en La Estación, un barcito que administra un grupo de cantautores. Uno de ellos, Diego Cazar, me cuenta que dejará un trabajo en el sector público para dedicarse a la poesía, que es su pasión, y a la música, que es su enamorada. El bar le permite un ingreso alimenticio y, más importante, un espacio donde presentarse.

 

Esta noche se anuncia concierto en La Estación. Tocan los Perdido en mí, una banda nueva, sin disco aún. Los chicos son de provincia, y le apuestan a Quito como territorio para lanzar su trabajo. Vienen rodando hace un par de años en el underground, con una propuesta punk, poética e irreverente. El bar se va poblando de esa tribu veinteañera que se apropia, como puede y al apuro, de una estética punk.

 

Las chicas, especialmente, lucen sus botas de cuero o cinturones con puntas, algunas llevan el pelo pintado (parece estar de moda o en rebaja cierto tono de rojo); los chicos van de negro, los más rockers, o en jeans y con alguna camiseta colorida, los más alternativos. También hay nenas menos ásperas, pero las punketas Made in Quito copan la atención con su colorido.

 

La movida punk tiene este lado anarquista y otro, más bien facho, representado por algunos grupos de skinheads, pero no todos, porque hay “pelados” que van en buena onda. En ocasiones las facciones antagónicas han llegado a enfrentarse violentamente en plena vía, y hasta hubo un muerto en alguna riña. Esta noche no parece que vaya a haber bochinche.

 

En La Estación tienen a modo de decoración letreros viales imaginarios, que orientan al parroquiano despistado sobre dónde queda, por ejemplo, Mordor, o Macondo. Yo salí de La Estación y preferí apuntar en la caminata hacia el barrio de La Floresta, donde el objetivo era el bar El Pobre Diablo. O la sala de cinearte Ochoymedio, que queda a la vuelta.

 

Diez minutos más tarde, el jazz de John Coltrane suena en el fondo, tras una cortina de conversaciones animadas. Esta vieja fábrica de fideos es la actual localización de El Pobre Diablo, mítico antro de la cultura quiteña y del underground ecuatoriano (donde casi todo lo “cultural” es underground). Las mesas y las sillas son rústicas, una chimenea abriga el lugar en el que se puede dar con el fotógrafo Diego Cifuentes o, si está de visita por Quito, con el cantautor Hugo Hidrovo, que hace años se fue vivir a las Galápagos, pero se detiene en esta cantina bohemia cuando está en la capital.

 

Mientras el vodka se reduce en mi vaso, Jorge Espinoza, músico y artista conceptual, comenta que ve la cultura acá como un territorio hecho de proyectos. “Todos estamos en algo, tenemos algún proyecto. Pero a la hora del té no pasa nada”. Me respondo que como en Ecuador hay poco consumo cultural y prácticamente no hay industrias culturales, los creadores tocan las puertas de las instituciones para sacar adelante sus ideas, que por obra y gracia de la burocracia tienen que transformarse en proyectos.

 

Mientras veía pasar de todo, jóvenes académicos, una pareja de gringas, gente snob que se muestra, la nueva amiga me da la pastilla y la miro con expresión idiota. Da lo mismo, ya estoy algo borracho, entre las cuatro cervezas de La Estación y los dos vodkas que llevo acá, mi baja resistencia al trago ha sido vencida. Mejor la tangente química, me digo, y me dejo llevar por el vuelo. Quince minutos después no sé bien ni cómo me llamo. Mejor. Así cuando veo pasar a Paco Salazar, que hasta hace poco fue viceministro de Cultura, no me alcanza el aliento para preguntarle qué le falta a ese Ministerio para tener alguna incidencia en la vida del país.

 

El Ministerio es uno de los inventos de la Revolución Ciudadana. Primero planificaron lo invisible (¿se puede planificar y diseñar la cultura de un país?), luego hicieron un concurso de fondos concursables con unas bases tan laxas que estaban desde orquestas sinfónicas hasta el payasito Pin-pín. La sensación, con quien quiera que hablo en el mundo cultural, es que se prefieren proyectos de corte folclorista: si usted menciona a la Pacha Mama tiene más probabilidades de ser apoyado.

 

El tercer vodka lo apuré con una repentina sed química. No soporté más el encierro y ahí nos vinimos hacia el Seseribó, donde empezaba este cuento. Cruzo la pista en busca de la salida y de un poco de aire fresco. Villalba y Correa confabulan. Andrés, como todos los poetas, vive del cuento. Quiero decir que este es un país casi sin concursos, casi sin editoriales de verdad, sin políticas claras de auspicios, sin revistas y, peor que todo lo anterior, este es un país sin lectores. Nadie se plantea vivir de la poesía.

 

Villalba me dice que ha dejado abandonado al poeta Ernesto Carrión, que ha quedado varado al borde de su borrachera y de su pena de estar vivo, en algún lado. “Algún lado”, adivino, es el Este Café, otro antro culturoso de la ciudad. Nos vamos caminando hacia allá, y afuera mismo está Juan Rohn, productor audiovisual y gestor cultural. Con la paternidad reciente, este casi cuarentón busca cómo sentar cabeza. Lo del arte es lindo, pero necesita “un trabajo de verdad”.

 

Carrión está cabizbajo sobre un whisky, meditando sobre por qué no puede simplemente dedicarse a escribir. De nada vale que le digas que en ningún lugar hay en sueldo por ser poeta. Un porro a escondidas nos sintoniza mejor y Carrión sonríe al contarme por enésima vez que él gestionó la visita del delirante poeta español José María Panero a Ecuador.

 

Este retazo de suelo equinoccial es tierra de poetas. En las letras coloniales, se destaca ante todo un autor de versos, Juan Bautista Aguirre. En la República brilló un patriótico Olmedo y destelló, más tarde, Dolores Veintimilla. Con ella, trágicamente, se inicia un amorío entre poesía y suicidio que dura hasta nuestros días. Tanto se suicidaron los poetas de inicios del siglo XX, que el ensayista Raúl Andrade los bautizó como Generación Decapitada. Más tarde se suicidó David Ledesma, un poco por poeta, otro poco por revolucionario y otro poco por gay. Más acá, ayer no más, los poetas Cachivache (¿cómo se llamaba de verdad?) y Carolina Patiño decidieron irse no más pronto y por mano propia.

 

¿Será que los suicidas se dan cuenta de que acá, vivos, están condenados a ser fantasmas invisibles, mientras que muertos ganan una vida perdurable en congresos y antologías? Porque a los poetas muertos este país —necrófilo como toda Latinoamérica— les rinde especial culto y cuidado, no hay muerto malo, aunque haya escrito versos. El Consejo Nacional de Cultura edita la revista Ruido Blanco, dedicada a la poesía. Es muy buena, pero sale apenas dos veces al año, y es difícil conseguir una a las pocas semanas de editada. Faltan foros literarios, los poetas solo se ven entre ellos a medianoche, intercambian manuscritos y datos de concursos, sustancias y teléfonos de ex novias y de editores.

 

Y los recitales llegan por ráfagas. En un año hay 30, al siguiente ninguno. Todos los poetas del país se creen signados por el destino de las aves raras, pero juntos son tremenda bandada. Poetas, sobretodo, porque cuentistas se dan poco y mal en este árbol literario. Novelistas hay varios: Gabriela Alemán, Javier Vásconez, Francisco Proaño Arandi… Todos buscan lectores fuera, ser publicados en España es la quimera de todos los escritores ecuatorianos

 

?Si vamos a las estadísticas, lo que más se escribe en Ecuador son Ciencias Sociales. Historia, Antropología y Estudios culturales copan los catálogos de las editoriales universitarias. Los libros nacionales más vendidos son los de coyuntura, títulos de periodistas o experiodistas vs. Rafael Correa. Este campeón de la pantalla chica ha logrado convertir en best-sellers a libros como el de su opositor Carlos Vera o la investigación periodística El gran hermano, de Juan Carlos Calderón y Christian Zurita, ambos bajo el sello de Paradiso.

 

Salgo finalmente temprano, ?pues a las dos de la mañana todos a la cama, por ordenanza municipal. Miro por la ventana y la veo con ganas de más. Es mi novia de todas las noches: Quito, la inasible. Quito, esta alimaña que llevamos adherida en el alma: queremos parecernos a cualquier otro sitio, y en la plaza rehabilitada de la calle Foch ya no hay comercio sexual pero sí locales de franquicias internacionales y sillas estilo Ikea. Es decir, diseño desechable, pero europeo. Y con todo y ese esfuerzo por borrarse, es Quito. Siempre Quito.

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