La historiadora Diana Uribe.

Diana Uribe: ¿Qué podemos aprender de otros procesos de paz?

En el marco de la Feria del Libro de Bogotá , la historiadora y filósofa hizo un recorrido por los casos de algunos países que lograron superar sus conflictos de guerra y violencia. Un recuento.

2016/04/29

Por revistaarcadia.com

 “Un proceso de paz es un tema para toda la humanidad. La humanidad mejora cada vez que un proceso de paz es posible, porque es una lectura que se le brinda colectivamente a toda la especie. Cada proceso añade conocimiento sobre cómo convivir en condiciones históricas diferentes a la guerra y al conflicto. Llegará el día en que nosotros estemos enseñando cómo lo hicimos y seamos parte de esta gran lectura histórica y este nuevo cambio de la humanidad, de esa nueva espiritualidad que significa un proceso de paz…”, dijo la historiadora Diana Uribe durante su intervención en la Feria de Libro de Bogotá el jueves 28 de abril. 

¿Qué nos enseñan las experiencias de otros procesos de paz?

Chile, la utopía

Augusto Pinochet se había eternizado en el poder gracias a una serie de plebiscitos. La mayoría de la gente sentía que ya no valía la pena pensar en eso y no veía la consulta popular como una posibilidad de cambio luego de 15 años de dictadura. Al mismo tiempo, los que creían en que el fin de la dictadura era posible, no querían el derramamiento de sangre que implicaba una revolución o un golpe de estado. Ya había muerto demasiada gente.

“Entonces estas personas empiezan a analizar cómo hacer que los chilenos entendieran la idea de la democracia, de que pudieran entender que era “chévere” empezar a expresar las ideas, pensar y decir con libertad y en voz alta”, asegura Uribe. 

Son un grupo de publicistas los que comienzan a pensar cómo vender una nueva mirada, y crean una gran campaña que era difícil de llevar adelante porque los indicadores económicos estaban muy bien. Como había un modelo “exitoso” y el dinero fluía, muchos se preguntanban por qué necesitaban de una democracia.

Los publicistas empezaron a mostrarle a la gente lo que sería vivir fuera de la dictadura, libre de todos los aspectos de censura que implica. Construyeron un imaginario no vivido de la democracia para demostrarle a la gente que estaba en capacidad de hacerla realidad con su propia voluntad política a través de un referendo.

“Eso es una utopía y para eso sirve. Es la capacidad de soñar y de inventar lo que todavía no hay y es lo que hace que la humanidad avance. Las utopías nacen de los días más oscuros, no se hicieron para los días de fiesta y por eso son tan necesarias”.

“La enseñanza que deja la Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich y sus voces de Chernóbil, tiene que ver con la claridad sobre la cultura de la guerra. En Colombia, por ejemplo, hay una gran fatalidad colectiva, una idea de que no podemos hacer grandes transformaciones colectivas. Hay un imaginario devastador y una sensación de mutilación permanente que nos han dejado sucesos como la separación de Panamá y la Guerra de los mil días. Esa fatalidad colectiva se hereda de generación en generación y cala en los jóvenes que creen nacer en un país donde no hay esperanza y del que es mejor marcharse…”, dice la historiadora, antes de sentenciar: “El caso chileno muestra cómo una dictadura genera un escepticismo que se convierte en desesperanza hasta que alguien lo ve como una oportunidad. Lo primero que tiene que pasar para que un proceso de paz tenga la capacidad histórica de transforma un pueblo, es creerse el cuento. Lo que no se sueña, no se vive”. 

Sudáfrica, la dignidad

En el siglo XIX, el Reino Unido tomó posesión de Sudáfrica y decretó, en pos de su proyecto imperial, que los neerlandeses que no regresaran a Holanda ya no serían holandeses sino sudafricanos. Estos grupos, los llamados Bóers, llevaban 300 años asentados allí y se vieron inmersos en una  cruenta guerra contra los británicos. Finalmente crearon su propio idioma, el afrikáner, mezclando holandés, inglés y malayo y poco a poco, cuando el dominio Británico fue cediendo, empezaron a tomar posesión de Sudáfrica.

Una víctima puede convertirse en victimario y el salvador puede terminar siendo víctima o victimario. Los holandeses, que habían sufrido en carne propia la dominación británica, infligieron un dolor igual o peor al pueblo negro que era una gran mayoría a la que no se la podía exterminar, pero sí segregar.

El Apartheid que comenzó a regir desde 1948 no solo tenía leyes que clasificaba por razas a la población sino que buscaba la pobreza como arma de degradación. La total precariedad y el hacinamiento de los barrios negros no era producto de una desigualdad estructural sino que respondía a un plan que buscaba bajar la moral de una mayoría histórica.

En la cárcel, donde pasó 27 años de su vida, Nelsón Mandela decide que, de lograr que al menos uno de los guardianes comience a mirarlo como un ser humano y respete su dignidad, es posible la paz en Sudáfrica.

“Mi dignidad se verifica con la tuya, si yo lesiono tu dignidad, lesiono la mía propia”, decía. Su relación con el guardián, que representa al afrikáner y le enseña la forma de ser del hombre blanco, era la única forma de restaurar su propia dignidad y finalmente la de su pueblo. Cuando sale de la cárcel, las comunidades blancas se encuentran a la espera de una venganza del tamaño de la ofensa, el horror y la degradación que infligieron a los negros por años. Sienten el peso de sus propios actos como una amenaza real contra ellas. Al salir de la cárcel el mensaje del líder es: “los perdono y los necesito para crear la nueva Sudáfrica, vamos a hacer una nueva nación”.

Ruanda, el perdón

El Genocidio de Ruanda de 1994 significó la muerte de unas 870.000 personas asesinadas con machete. Una décima parte de la población desapareció en el intento de exterminio de los Hutus contra los Tutsies.

“Dar rienda suelta a una venganza del tamaño de un genocidio era una empresa que nunca iba a acabar. Los pueblos no pueden exterminarse por más empeño que le ponga, la gente sigue naciendo”. El país decidió detener la cadena de odio y optar por el desarrollo. “El mundo se globalizó, se volvió empresarial y nosotros nos ahogamos en sangre. Cambiaron armas por computadores, mandaron a sus jóvenes a aprender modelos de negocio, recibieron de la India toda la banda ancha necesaria para la conectividad y decidieron cambiar la imagen del genocidio por la de un pueblo que es capaz de cambiar unido…”, asegura Uribe. 

Luego, hacia al final, la historiadora argumenta: “Cuando una persona ha recibido una herida muy grande en su vida, ese dolor se convierte en un lugar al que el individuo vuelve una y otra vez. No tiene salida y no puede hacer nada más con su vida. El perdón puede ayudarlo a salir de ese lugar, a salir a buscar su vida, porque en el odio no hay proyecto. El perdón es una decisión tan irracional como el odio pero al menos presenta nuevas otras avenidas”.

Diana Uribe también habló del caso de Irlanda, del de Líbano, Ghana y del movimiento en contra de la guerra de Vietnam. La charla duró un poco más de una hora y la conclusión general, en la voz de John Lennon, se escuchó en todo el auditorio: "hay que darle una oportunidad a la paz".

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Revista Arcadia anuncia a sus lectores que nuestra versión impresa comenzará a pedirles que se registren en nuestra página web.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com